Desde hace algunos días vengo pensando en cómo enfocar la conversación de esta semana. Las líneas se hacen esquivas para lograr explicar un fenómeno que como sociedad nos está pasando factura.
Y no me refiero a la macrosociedad. Es mucho más cerca, tan cerca que lo tenemos ahí, justo frente a nuestras propias narices y no lo notamos, o quizás sí, pero preferimos obviarlo so pena de conciencia.
Comencemos deslindando el terreno, exponiendo para ello dos verdades crudas.
La primera: ni para usted, ni para mí, ni para nadie es un secreto que en la Cuba actual hace mucho tiempo dejó de funcionar el tema del igualitarismo. Vaya, que ya todos no somos verdes como dijera el famoso cuento de la guagua.
Ahora ya podemos distinguirnos entre verdes claritos y verdes oscuros. Y no, no se asuste ni se lleve las manos a la cabeza.
Este es un fenómeno que estaba destinado a suceder en algún momento, pues, aunque no lo asimilemos de forma normal y algunos todavía lo vean como un escándalo debido a la crianza y a la formación que tenemos los más contemporáneos, no hay país que escape de esta brecha.
Obsérvese para los puristas, para poner siempre el parche, el no equivocar igualitarismo con equidad, pues bajo esta última sí actuamos acorde a los preceptos martianos.
Por otra parte, no me dejará mentir usted al decir que la situación cada vez está más preocupante, compleja… y cuanto adjetivo le quiera sumar de su parte. Sobrevivir se ha vuelto una carrera de fondo. Pasar los días es hoy un campo minado de obstáculos.
“Ni en el periodo especial las cosas estaban tan malas como ahora”, pudiera decir usted sin despeinarse. “Todo vale una millonada y los salarios permanecen iguales”, dirían otros; e incluso, “poco nos falta para volver a la comunidad primitiva”, asegurarían los más acérrimos.
Ahora bien, ya roto el hielo, y el miedo de llamar a cielo abierto a las cosas por su nombre, y a que no todos tenemos ni lo mismo ni somos iguales, acrecentando las escalas y posiciones, vayamos a lo que le proponía.
Quizás, solo quizás, de forma satírica, casi que sí, que vivimos en la comunidad primitiva. Pocas horas de electricidad al día, escasez extrema de agua potable, debemos campear con los pocos alimentos que podemos acaparar para los nuestros, y otras tantas cosas.
Todo esto sabemos a consecuencia de qué y de quién es. Pero dejemos ese tema a un lado, solo por esta vez.
Quisiera hacer énfasis, precisamente en esa ironía, sí, en la comunidad primitiva en la que todo era de todos, todos trabajaban por el bien común y, como su nombre lo indicaba, era una comunidad en la que todos se ayudaban.
Pero al parecer, a conveniencia de muchos, esto es solo de boca para afuera, pues lejos de ese epíteto, donde realmente estamos viviendo hoy día es en una jungla. En una pecera donde el pez grande se come al pequeño.
Personalmente he visto y sido testigo, como también lo habrá sido usted en no pocas ocasiones, cómo muchos lucran a costa de las necesidades ajenas.
He visto y escuchado casos de quienes cobran por cargar lámparas y celulares. Me han abordado lectores, como usted, para hablarme de quienes cobran por encender un cigarro, o de forma atroz, de quienes venden agua de pozos a sus prójimos próximos.
Eso sin mencionar que, esa misma agua, convertida en hielo por quienes también tienen fuentes renovables de energía en sus hogares, expenden a cientos de pesos para aquellos que buscan enfriar un jugo para un enfermo, o simplemente, para “desatarugarse” el arroz seco de quizás la única comida del día.
Es cierto, ya lo hablábamos líneas arriba: la situación económica del país, a camisa quitada, es casi un caos, un desastre… pero al mismo paso, no lo dude usted, van también nuestros valores más autóctonos como la camaradería, el compañerismo, la solidaridad y la civilidad en sentido general.
No digo que cada quien no busque su forma de “escape” y no “luche su yuca”, pero cuando ese sustento depende de la tristeza, la miseria o el dolor ajeno, debería pensarse un poco más.
Resumiendo: quizás de cierta forma vayamos rumbo a esa comunidad primitiva de la que algunos hablan de forma malintencionada, pero si caer en ella para levantarnos más fuertes que nunca es la solución, hagámoslo entonces con dignidad, apoyándonos y despojados de intenciones viles y avaricias de sacos rotos.
Recuerde, solo recuerde aquella famosa fábula del León y el Ratón, pues, nunca se sabe, seamos buenos solo porque sí, como dijera nuestra Apóstol. Si usted, yo y él nos lo proponemos verá el lugar maravilloso al que llegamos.
