El Día Mundial del Medio Ambiente no debería llegar así sin más, cual jornada hecha para repetir consignas que luego se olvidan entre papeles, nailon, escombros y desperdicios acumulados en una esquina cualquiera.
En Cuba, y también en Pinar del Río, hablar hoy de medio ambiente exige mirar de frente una realidad incómoda, pues no es un secreto para nadie que nuestras calles, barrios, escuelas y espacios públicos muestran señales visibles de una crisis que no depende únicamente de la falta de combustible, de la escasez de recursos o de las limitaciones materiales que atraviesa el país.
Es cierto que la situación económica golpea con fuerza, lo es que no siempre hay petróleo suficiente para garantizar la recogida sistemática de desechos, así como la práctica reiterada de que los carros de basura no pasan con la frecuencia necesaria (o no pasan) y que muchas comunidades sienten el peso de una acumulación que daña la higiene, la salud y la imagen de los lugares donde vivimos. Pero también es cierto que ninguna crisis justifica convertir la calle en vertedero, lanzar una bolsa por la ventana, dejar residuos frente a una escuela o asumir que lo público no le pertenece a nadie.
Tal vez en esta falta de responsabilidad con los espacios colectivos comienza uno de los problemas más profundos, revertidos, en la actualidad, en la pérdida de una cultura del cuidado.
Nos hemos acostumbrado, demasiadas veces, a explicar la suciedad solo desde lo que falta: transporte, combustible, organización, capacidad de respuesta institucional. Todo eso cuenta, sin duda, pero, igualmente, falta responsabilidad individual, disciplina social y sentido de pertenencia, porque cuando alguien arroja basura en una esquina ya sucia, no está resolviendo un problema doméstico, sino que está ampliando un problema de todos.
El medio ambiente no se defiende únicamente sembrando árboles o celebrando matutinos. Se defiende en la casa, cuando se separan los residuos posibles; en la escuela, cuando el aula se mantiene limpia y se educa con el ejemplo; en el barrio, cuando los vecinos acuerdan un punto común para depositar los desechos y no cualquier portal, cuneta o solar abandonado; en los centros de trabajo, cuando se evita que los residuos terminen donde no deben.
En medio de las limitaciones actuales, urge pensar soluciones más cercanas, más comunitarias y más permanentes. El Estado, los gobiernos locales, las cooperativas, los trabajadores por cuenta propia y las organizaciones de masas podrían articular iniciativas concretas para la gestión de residuos. No todo tiene que depender de un camión de gran porte ni de combustible importado. En zonas rurales, consejos populares y determinados barrios periféricos pudiera valorarse la recogida con tracción animal, organizada mediante cooperativas o formas de gestión local, con rutas, horarios y responsabilidades claras.
Asimismo, podrían convocarse trabajadores por cuenta propia vinculados al transporte, la jardinería, la reparación, el reciclaje o los servicios comunitarios para que participen en acciones sostenidas de recogida, clasificación y aprovechamiento de residuales. No se trata de improvisar una movilización de un día, sino de crear mecanismos estables, quizás, pequeños puntos de acopio, pagos o incentivos por servicios, recuperación de materias primas y limpieza sistemática de áreas vulnerables.
Las escuelas, por su parte, tienen un papel decisivo. Si un aula está sucia, no basta con culpar al personal de limpieza. La higiene escolar educa. Un niño que aprende a cuidar su pupitre, su patio y su aula, difícilmente verá normal lanzar basura a la calle. Cada centro educativo pudiera organizar brigadas ambientales permanentes, no como castigo ni como formalidad, sino como parte de una formación ciudadana que enseñe a respetar el espacio común.
En las casas, por su parte, hay mucho por hacer. Reutilizar envases, evitar sacar la basura fuera de horario, no abandonar escombros en cualquier sitio y conversar con los más jóvenes sobre cómo estas prácticas son acciones simples, pero necesarias. La solución no llegará solo desde arriba ni desde una institución, llegará cuando cada familia entienda que la basura que se tira en la calle regresa después en forma de fetidez, enfermedades, indisciplina y deterioro de la convivencia.
Claro que se necesitan políticas públicas, recursos, organización y control, pero también se requiere vergüenza ciudadana, pues no podemos escudarnos eternamente en que “no pasa el carro” para seguir creando basureros. Es hora de concientizar que la calle es de todos, aunque a veces parezca de nadie y, precisamente por ser de todos, exige más cuidado, no menos.
La basura acumulada en nuestras calles habla de carencias materiales, sí, pero igual habla de hábitos, de indiferencias y de responsabilidades compartidas. Cuba atraviesa tiempos difíciles y, justamente, por eso no puede darse el lujo de perder la cultura del cuidado.
Cuidar el medio ambiente, hoy, es cuidar la salud, la dignidad y la esperanza de la comunidad donde vivimos. La responsabilidad no exime al Estado y al Gobierno, pero tampoco a todos y cada uno de los que se excusan en la “pésima preocupación estatal” para justificar sus prácticas de aventar basura sin el menor escrúpulo.
