El diálogo colectivo actual de cada mañana suma un nuevo tópico. Además del saludo habitual en los trayectos al trabajo o la escuela, en la bodega o la cola del Banco, se habla poco de los apagones. Ya son cosa del pasado, o de un presente tan usual que se han convertido en el “pan” nuestro de cada día, remplazando al que se hace de harina de trigo y toca por la libreta.
La nueva comidilla mañanera trae siempre un delito en cuestión: “Anoche le robaron los paneles solares a Fulano, la estación a Mengano, la vaca a Chicho…”
Los ejemplos son disímiles, algunos, lamentablemente, incluyen desenlaces fatales, difíciles de recrear en estas líneas.
No hay que ser experto en ninguna ciencia para darse cuenta del alto índice de delincuencia que levita sobre Cuba. Más allá de lo que digan las estadísticas, lo preocupante es el saldo negativo que traen consigo el robo, las drogas, la violencia…
Habrá quien diga que los tiempos de crisis hacen que todos esos males salgan a flote; quizás algunos defiendan el criterio de que siempre han existido, pero como no contábamos con las redes sociales, poco se sabía.
Y hasta cierto punto es esa una realidad; sin embargo, no por eso debe verse como una consecuencia inherente de etapas tan complejas y tristes como la que vive el pueblo hoy. Mucho menos asumirse como hechos normales que ocurren cuando “la cosa se pone mala”.
La situación económica, la emigración, el indetenible avance de las tecnologías y un sinnúmero de factores desencadenan en comportamientos y tendencias nocivas para la sociedad, las familias y el ser humano en general. No obstante, no puede convertirse en una tipicidad de la Cuba de hoy.
¿Es acaso normal que un adolescente se crea con derecho a quebrar la seguridad de un hogar para extraer un equipo electrodoméstico? ¿Tiene alguna justificación apropiarse del ganado ajeno y, sin ningún tipo de escrúpulos, acabar con la vida de una persona? ¿Saben acaso los padres lo que consumen o hacen sus hijos cuando se reúnen en ciertas casas de “fiesta”?
El hurto y sacrificio de ganado, el robo con violencia y el consumo de drogas no son cosa de Tras la huella, bien lo saben las víctimas que han perdido todo, bien lo saben las familias que quedaron privadas de un ser querido.
Dirían los más viejos que se ha perdido la noción del peligro, pues irrumpir en una vivienda a plena luz del día, o ir dispuesto a asesinar a alguien por tal de llevarse unas reses, un tanque de agua o un panel solar no es sinónimo de desesperación para quien lo hace o la última alternativa para alimentar a sus hijos.
Es real que la vida está dura y que los salarios son ínfimos en correspondencia con el aumento progresivo de los precios y la devaluación del peso cubano, pero nada de eso es excusa para robar, violentar, agredir, matar.
Adónde va a parar entonces el esfuerzo del campesino que despierta en la madrugada a trabajar su tierra para sustentar a los suyos y que ni siquiera puede descansar en la noche por la inseguridad de que le roben.
Cuántos no llevan meses ahorrando cada centavo para tener algo de comodidad antes los interminables apagones, incluso, cuántos familiares no trabajan más de 24 horas en otros países para enviarles algo de alivio a sus hijos, a sus viejos.
Y al final, todo se pierde, hasta lo más preciado que es la vida, solo porque a un par de vagos se les ocurre asumir la delincuencia como estilo de vida. Un comportamiento que llaman “invento”, “lucha”, y que se normaliza por el simple hecho de que la crisis lo provoca.
Esa no es la sociedad de la que ha presumido Cuba por más de 60 años, ni la tranquilidad ciudadana que soñaron los que forjaron la Revolución.
Y sí, la responsabilidad es colectiva porque nace desde la familia y la creación de valores, que parece discurso trillado, pero no lo es. Pasa por la escuela e involucra a todos.
Hoy más que nunca urge la reactivación de organizaciones de masa como los CDR, la FMC, los sectores de la PNR en cada circunscripción, en cada barrio. Urge una transformación en el sistema penal que castigue severamente, que destierre contemplaciones y buenas voluntades.
No podemos acostumbrarnos a vivir en tal inseguridad, no podemos verlo como algo sin remedio que tenemos que enfrentar o asumir como la realidad que nos toca. Esa debería ser la excepción y no la regla.
