
En el valle El Silencio no hay ausencia de sonido, se escucha a la naturaleza y los ruidos de una vida sencilla; el trino de los pájaros armoniza con la percusión del pilón de café; el suave ondular de las ramas de los árboles mecidas por el viento amplifica las voces de mando para la yunta de bueyes; el cacarear de las gallinas acalla el chisporroteo del carbón… y se crea una mezcla dulce que genera paz, sosiego, y aunque de vez en cuando el relincho de un caballo crea un breve sobresalto, la risa y la cotidianidad devuelven en segundos la calma.
No sorprende que Nerys Esperón Martínez se proclame como una mujer feliz viviendo en esos parajes, enclavados en el barrio conocido como El Capón, en Viñales. Llegó ahí cuando se casó, pues antes residía en la comunidad Laguna de Piedra.
El próximo 24 de mayo cumplirá 73 años, pero la vitalidad de esa señora se empeña en desmentir al calendario: “Por la mañana me levanto primero que nadie; hago el café; después le echo comida a los pollos, al cochinito; barro los patios; limpio la casa; preparo el almuerzo. Al mediodía, a veces, me acuesto un rato, juego dominó con los “muchachos” y luego hago la comida, a mí me va bien”.
LA FAMILIA
Viuda y madre de tres hijos que residen en el poblado de Viñales, es insistentemente motivada por ellos a mudarse hacia cualquiera de sus casas, pero asegura “me gusta más esto aquí, estoy más tranquila, trabajando siempre…”, por las noches se rotan para acompañarla y que no esté sola.
Presume de su habilidad para ensartar tabaco, “hago hasta 30 cujes”, y confiesa que no le preocupa que se pierda ninguna tradición familiar, “me quedé aquí para enseñarlos, después que mi esposo falleció ellos han seguido llevando la vega, igualito, juntos tratamos que siempre ellos fueran por buen camino”.
Desmiente la creencia de que quien no tenga hijas hembras carecerá de cuidadores: “Mis hijos son buenísimos, las nueras también, los nietos y hasta el bisnieto”, el pequeño llegó a la casa y fue directo a buscarla. Con una agilidad impropia para sus años, Nerys lo cargó y sostuvo en sus brazos, junto a ella vence el miedo a los pollos y comparte el tiempo de alimentarlos.
Aunque en su infancia no tenían conciencia de los valores naturales y paisajísticos de Viñales, sí recuerda el desvelo por el cuidado de la tierra de sus padres “mi madre hasta la tierrita que salía de barrer el patio la echaba para la vega, que ella le decía el batey”.
La anciana, con 103 años, reside en el barrio Las Maravillas, vive con una de sus hijas, y hasta allá va todos los fines de semana Nerys para contribuir a su cuidado, durante esos días, Alexis, “uno de los muchachos”, cincuentenario, se queda en la casa familiar con la esposa, la hija, el nieto y el yerno.
LOS TIEMPOS
Reconoce que son tiempos duros. La ausencia de turistas internacionales en Viñales se hace sentir en todos los que habían creado emprendimientos, lo que les aportaba a sus economías; no obstante, precisa “con turistas o sin turistas, aquí no nos morimos de hambre, se siembra, se cría. Lo que nos hace falta es que llueva”.
Entre las satisfacciones personales están las matas de naranja que posee, “las siembro yo misma”, precisa, además, cuida del jardín, y el rosal florecido le alimenta la vanidad. Diseminadas por el patio, plantas medicinales y ornamentales comparten el espacio, al fondo de la finca se erige un mogote, que en el levantamiento toponímico carecía de nombre y lo bautizaron como el “Lele”, apelativo por el que era conocido su esposo, y también la finca es identificada así en la zona.
El panel solar que cuenta con 20 años de explotación, ya no guarda por mucho tiempo la carga, “eso fue una gran ayuda que nos dieron los compañeros del Citma, (la dirección del Parque Nacional Viñales), y ahora queremos cambiarlo, con el dinerito del tabaco, pero no nos alcanza todavía, son caros.
“Aquí por la noche no hace falta ventilador, ¡corre una brisa!, ni mosquitos siquiera, pongo el mosquitero por las ranas, de esas sí hay bastante, no les tengo miedo, hasta las cojo para sacarlas, pero no me gusta que me caigan arriba”.
Nerys da fe de que no es la primera vez que atraviesan tiempos difíciles y que siempre han salido a flote, quizás entre otras muchas razones, porque la vida sencilla y alejada del lujo, no le genera grandes necesidades, también porque producen la mayor parte de los alimentos para el sustento y la comercialización.
TRADICIONES
“Esta es una de las zonas con menor impacto de la antropización”, puntualiza el máster en Ciencias Ricardo Romero Miranda, subdirector del Parque Nacional, Geoparque Viñales, y destaca la construcción de las viviendas típicas de madera y guano, la preservación de tradiciones como el uso del pilón para el café, los cultivos y crías de animales enfocados en el autoconsumo y la economía familiar.
La belleza del entorno lo hizo un destino para los visitantes foráneos, varias instalaciones ahora vacías, así lo confirman. Paseos a caballo y otros atractivos atraían a los turistas.
En el valle El Silencio hay ausencia del ruido de la modernidad, es un área en la que la naturaleza lleva la voz cantante y le hacen coro los hombres y mujeres que por décadas han aprendido a vivir amigablemente con ella. Ahí, Nerys es feliz junto a su familia.

