Mayo llega otra vez con flores, mensajes hermosos, canciones repetidas y fotografías familiares que intentan decir, en un día, todo lo que muchas veces callamos durante el año.
El Día de las Madres tiene esa virtud: nos detiene, nos obliga a mirar hacia el centro de la casa, hacia esa mujer que tantas veces ha sostenido la vida sin pedir aplausos. Pero también nos coloca frente a una verdad que duele: en demasiados hogares cubanos la celebración llega incompleta, con sillas vacías, llamadas desde lejos, abrazos pendientes y madres que sonríen mientras cargan más de lo que deberían.
En una ciudad pinareña vive Teresa. En su apartamento conviven cuatro mujeres, cuatro edades y cuatro maneras distintas de resistir. Hasta hace poco, también convivían cuatro silencios. Cada una resolvía su pequeño pedazo de vida, guardaba lo poco que conseguía y comía desde su propia orilla. Compartían el techo, pero no siempre compartían la mesa. Y en estos tiempos, cuando casi todo falta, dejar de compartir la mesa es, igualmente, una forma dolorosa de perder familia.
Teresa limpia una casa ajena para sostenerse. Su hermana vende ropa usada en la calle. La sobrina, con apenas 19 años, cuida a la abuela mientras busca algo que vender. La abuela tiene 82 años, casi no habla, pero mira, y a veces una mirada dice más que cualquier discurso.
En aquella vivienda faltaba comida, descanso, dinero y tranquilidad. Pero lo más triste era que empezaba a faltar cuidado. Cada una protegía lo suyo: un huevo, un poco de arroz, una cucharada de aceite. La escasez había entrado por la puerta y se había sentado en medio de la casa, pero la familia ya no se sentaba junta.
Hasta que un día habló la abuela, la que casi siempre callaba, la que parecía mirar la vida desde una esquina del cuarto. Les dijo que vivían como si ella ya estuviera muerta. Aquella frase dolió más que el hambre, porque era cierta.
Desde entonces, cuentan, en esa casa se cocina en una sola hornilla. Lo poco que aparece se reparte: el huevo que una consigue alcanza para la sopa de todas, la leche en polvo que mandó una prima lejana empieza por el vaso de la abuela. No tienen más que antes, pero ahora comen juntas y eso, en estos tiempos, también es una forma de victoria.
Historias como esa abundan en Cuba. Familias que duermen cerca y viven lejos. Personas que comparten paredes, pero no siempre comparten la carga. Madres que sostienen casas enteras con salarios insuficientes, con colas interminables, con preocupaciones por los hijos que emigraron, con duelos que no terminan y con una paciencia que muchas veces ya no les cabe en el cuerpo. Porque la vida se ha puesto dura de más, y sobre los hombros de muchas madres cae una parte inmensa de esa dureza.
También están las madres ausentes. Las que se fueron físicamente de este mundo y dejaron un vacío que mayo agranda. Para ellas no hay llamada posible, ni videollamada, ni audio de madrugada.
Quedan sus fotos, sus recetas, sus frases repetidas, sus regaños que ahora se extrañan, su manera de hacer rendir lo que parecía imposible. Cada Día de las Madres trae de vuelta esa memoria, y entonces la celebración se mezcla con gratitud, tristeza y una pregunta que llega tarde: ¿Les dijimos todo lo que merecían escuchar?
Y están las madres separadas por la migración. Las que viven en otro país para ayudar a los suyos. Las que se quedaron en Cuba mirando el teléfono, esperando una llamada que compense un abrazo imposible. Las que crían nietos porque sus hijos tuvieron que irse. Las que felicitan o son felicitadas desde una pantalla.
La migración no solo mueve personas, parte mesas, aplaza celebraciones y deja a muchas familias aprendiendo a quererse a distancia. Una remesa puede aliviar una necesidad, pero no sustituye la mano de una madre, ni el olor de la comida compartida, ni la presencia de los hijos entrando por la puerta.
Por eso, el Día de las Madres no puede reducirse a una flor, a una foto o a una frase bonita en las redes sociales. Claro que ellas merecen flores; claro que merecen canciones, besos, llamadas y celebraciones. Pero merecen mucho más que un domingo de mayo. Merecen respeto en enero, compañía en febrero, paciencia en marzo, ayuda en abril, ternura en mayo y cuidado durante todos los meses que siguen.
Una madre no es madre solo cuando el calendario lo recuerda. Es madre todos los días, incluso, cuando está cansada, cuando calla, cuando espera, cuando perdona, cuando resuelve lo que nadie ve.
Hay madres que reciben felicitaciones hermosas y al día siguiente vuelven a quedarse solas con todo. Hay madres a quienes se les agradece públicamente, pero se les carga en privado con responsabilidades que no deberían llevar sin apoyo.
Hay madres que reciben flores, pero necesitan descanso. Hay madres que escuchan “felicidades”, cuando en realidad necesitan que alguien lave un plato, acompañe una consulta, compre una medicina, haga una llamada sin prisa o pregunte de verdad cómo están.
Honrar a una madre es aliviarle la vida. Es no gritarle. Es no ignorarla. Es no usar su sacrificio como si fuera una obligación natural. Es reconocer que también se cansa, sueña, que tiene derecho a ser cuidada. Honrarla es sentarse a su lado, escucharla sin apuro, compartir sus pesos y no esperar a que falte para entender todo lo que sostuvo.
Este mayo, mes internacional de las familias, debería dejarnos una tarea más profunda que comprar un regalo. Debería obligarnos a mirar la casa por dentro y preguntarnos qué hemos dejado de compartir, qué silencio dejamos crecer, qué madre necesita hoy menos palabras bonitas y más compañía verdadera.
Debería recordarnos que la familia no puede convertirse en un archipiélago de egoísmos, que lo poco se multiplica cuando se comparte y que nadie debería sentirse solo teniendo a los suyos cerca.
Quizás no podamos llenar la despensa de golpe, ni resolver de una vez todas las heridas que la economía, la migración y el cansancio han abierto en la vida cubana. Pero sí podemos decidir que en nuestras casas no haya más islas. Podemos decidir que la olla vuelva a ser una sola, que el dolor no se llore en soledad, que las madres no carguen solas lo que pertenece a todos. Al final, una madre no necesita que la conviertan en símbolo una vez al año. Necesita que la acompañen, que la respeten, que la quieran con hechos y no solo con palabras. Porque mayo pasa, las flores se marchitan y los mensajes se olvidan, pero el amor verdadero debe quedarse trabajando, silencioso y firme todos los días. Y porque en un país donde casi todo falta, lo único que no debería escasear es la voluntad de cuidar a quienes nos han cuidado siempre.
