Foto Radio Rebelde
El dolor del parto, un verdadero dolor de parto, no tiene comparación, puede que pase la escala de 10 en intensidad. El cuerpo de la madre sufre, le parece que se le rompen 20 huesos a la vez y que las fuerzas la abandonan, pero…
Una vez que nace el hijo es como si el pasado se borrara en un instante o la lluvia barriera por completo con los malos momentos y pensamientos, y solo importara, desde ya, el llanto o la pequeña sonrisa de ese nuevo ser que trajo a la vida.
El acto de parir es uno de los más sublimes que acompaña al ser humano y, por supuesto, cada madre tiene sus historias que contar, por eso casi todas hablan de los dolores pasados o de su cesárea como algo traumático, pero lo hacen con un orgullo intrínseco, y son muchas las que vuelven a repetir la experiencia y tienen dos o más hijos. Así son ellas, y gracias a su valentía suprema continúa la especie humana.
“Una vez que se pare no hay descanso jamás”, así aseguran las ancianas, y tienen razón, hay un antes y un después en la vida de una mujer, y es como si con la primera mirada del recién nacido firmaran un contrato, no legal, sino de sangre.
Y con él comienzan los desvelos cotidianos, las ojeras reveladoras, las constantes preocupaciones, el velar sin descanso cuando están enfermos, el consejo oportuno, la guía necesaria, y hasta el pelear con uñas y dientes para que puedan tener una mejor vida.
Por eso una madre es para siempre, más allá de la vida o la muerte. Porque son las que definen el sabor de la existencia, y con su afán protector, casi en exceso en el caso de las cubanas, constituyen el refugio seguro de cada hijo.
Las de nuestra tierra son “tigresas” que crían a su prole en medio de carencias, que buscan constantes soluciones para lograr sustentarlos para que se hagan hombres y mujeres de bien. Ellas no creen en “no hay”, “no es posible”, “no se puede”, ellas obran, buscan, horadan, y aún en estos tiempos más que difíciles son heroínas de carne y hueso.
No hay un acto humano que no sean capaz de hacer por sus hijos, porque no importa la edad que tengan, ellos siempre serán sus pequeños, y entonces en medio de sacrificios personales cada progenitora se convierte en escudo, cuidadora perenne, enfermera improvisada, confidente de secretos y en cocinera de sabrosos platos con sabor a inventos, a picadillo MDM, a carbón vegetal y con el amor como ingrediente principal.
No hay mejor alfombra que el regazo maternal, ni consuelo que las caricias de sus manos. En la actualidad son las madres cubanas las que defienden con uñas y dientes el futuro de sus hijos, y las que hacen malabares a diario para llevarles un plato de comida a la mesa, o para que tengan la medicina cuando están enfermos. Ellas se merecen nuestro honor.
Son las que cargan en sus hombros la historia de un país, las que crían a sangre y fuego, y las que enseñan a su descendencia a ser dignos y fuertes.
“No cree el hombre de veras en la muerte hasta que su madre no se le va de entre los brazos. La madre, esté lejos o cerca de nosotros, es el sostén de nuestra vida. Algo nos guía y nos ampara mientras ella no muere”, así dijo José Martí, y resumió de forma magistral el significado de ellas en nuestra existencia: únicas e insustituibles.
