Un apellido y cien lunas de miel

Iván Varela no tiene la destreza de su abuelo Fisco, el recio campesino de Guanahacabibes que en la década de 1980’ protagonizó reportajes y documentales, inspirados en su  capacidad extraordinaria para lidiar con las abejas.

A pesar de que ha pasado la vida entre colmenas, él mismo se sorprende cada vez que ve las imágenes del hombre agarrando “a mano pelada” los puñados de insectos, pasándoselos por el rostro, y afirmando que si usted las trata con ternura, las abejas no lo pican.

A Iván sí lo han aguijoneado muchas veces, sin embargo, al igual que su padre y que su abuelo, tampoco concibe la vida lejos de ellas.

“Esto es algo que se extraña. Si no vengo a verlas todos los días, no estoy bien”, dice el actual presidente de la UBPC encargada de la producción de miel, cera y propóleos, en esta remota porción del occidente cubano.

Recién llegado de España cien años atrás, en 1919, su bisabuelo Santiago fue el iniciador de la apicultura en Guanahacabibes. Desde entonces, siempre ha habido un Varela al frente de la cría de abejas en la península.

Más que una cuestión de apellido, se trata de una pasión común por una actividad que han tenido que reconstruir varias veces, luego del azote de los huracanes y las plagas.

Primero la impulsaron de manera familiar. Luego, al triunfo de la Revolución, decidieron entregarle voluntariamente al Estado las 200 colmenas que poseían, para apoyar la fundación de un plan apícola, cuyo núcleo estaría en la zona de La Jaula.

En 1964, ese sería el escenario de la primera Reunión Nacional de Apicultores, y se reconocería a La Jaula como el primer poblado apícola de Cuba.

Cuentan que en varias oportunidades, el Comandante en Jefe Fidel Castro recorrió el lugar, interesado en el desarrollo de la producción de miel, y que en la casa de los Varela conversarían largo y tendido sobre las interioridades y las perspectivas de la actividad.

Como resultado de aquellas visitas, se iniciaría un proceso de modernización, que incluiría el mejoramiento genético, la introducción de técnicas más eficientes y de medios y equipos para humanizar el trabajo e incrementar los rendimientos.

En 1982, con más de 5000 colmenas, se lograría el récord productivo que se mantiene hasta hoy, de 402 toneladas de miel.

De los encuentros del líder de la Revolución con Fisco Varela, abundan las anécdotas, y también de la humildad proverbial de aquel campesino analfabeto, pero de un enorme talento natural, que durante décadas dirigió la cría de abejas en el extremo occidental de Cuba.

El jeep Waz que todavía tiene la UBPC, por ejemplo, fue un obsequio personal del Comandante, que Fisco nunca quiso registrar a su nombre.

Luego le entregaron un Niva y renunció a él para dárselo al consultorio de la comunidad. Por último le dieron la oportunidad de comprar un Moskovich, y se lo cedió al trabajador más destacado bajo su mando.

Al igual que en el resto de la economía de la Isla, la llegada del periodo especial a principio de los años 90’, impactaría con fuerza  en la apicultura de la península. A ello se sumaría en 1996, los estragos de la varroa, un ácaro altamente dañino introducido como parte de la guerra biológica de los Estados Unidos contra nuestro país, que provocó la muerte de más del 60% de las colmenas.

Como si fuera poco, el paso sucesivo de varios huracanes también tendría un efecto demoledor en la región. Primero, en el 2002, la azotarían Isidore y Lili. Luego, en el 2004, con vientos de más de 200 kilómetros por hora, lo haría Iván.

Roberto Varela, especialista principal del Parque Nacional Guanahacabibes en la provincia Pinar del Río , recuerda que el saldo de este último ciclón fue terrible: De más 800 colmenas, quedaron alrededor de 150, y de 200 núcleos para la reproducción de abejas reinas, se perdieron las dos terceras partes.

“Solo el amor por las abejas, el tesón y el sacrificio, hicieron posible que la actividad no desapareciera”, afirma Roberto.

Iván, por su parte, recuerda que fue preciso mudar lo poco que quedó para una zona apartada, entre los municipios de Mantua y Minas de Matahambre, hasta que al cabo de dos años, la vegetación de la península volvió a florecer, y se pudieron traer las abejas de vuelta.

Con más 2900 colmenas, y un centro genético de reinas de 550 núcleos, en la actualidad la apicultura resurge en esta franja de tierra casi virgen, donde las voluntad de una familia ha sido decisiva para preservarla, a pesar de las tormentas y las plagas.

Además de Iván, actualmente en la cooperativa laboran también Reinaldo, Liván, Raico, Orlando, Rodolfo y Sixto, todos integrantes de una cuarta generación de Varelas que sigue apegada a las abejas.

“Para nosotros constituye un orgullo –asegura el presidente de la UBPC. A mucha gente le sorprende, y nos preguntan cómo aguantamos eso de que nos piquen y de echarnos las colmenas encima para trasladarlas de un lado a otro. Y es verdad que es un trabajo duro, pero también muy bonito, que hace que uno se enamore de él.

“Por eso, estoy seguro que dentro de 100 años, seguirá habiendo abejas en Guanahacabibes, y un Varela fomentando la producción de miel. La tradición que iniciaron nuestros abuelos y bisabuelos, perdurará”.