«Soy instructor antes que todo»

Las vegas de tabaco y las casas campesinas de Barbacoa y El Corojo, en San Luis, constituyeron el paisaje de la infancia de Duniesky Jo Quintana, instructor de arte, dramaturgo y director artístico de reconocida trayectoria.

De niño solía estar muy apegado a su madre, subdirectora de actividades de la casa de cultura municipal. Muchos eventos se celebraban en horario nocturno y Duniesky  participaba en todos con tal de acompañarla. De vuelta a su hogar, ambos cantaban en voz alta para espantar el miedo a la oscuridad y engañar a un posible asaltante de los caminos, haciéndole creer que iban confiados o que su grupo era más numeroso. 

El pequeño asumía esa rutina como un divertimento. La casa de cultura sanluiseña era el sitio donde más a gusto se sentía. Allí descubrió la libertad que el arte ofrece a quienes lo cultivan y resolvió dedicarle su vida.

Inicialmente quiso ser actor. Llegó a presentarse a las pruebas de aptitud para la Escuela Nacional de Arte (ENA) pero no quedó entre los finalistas. Sin estar muy convencido, matriculó entonces en Economía en la Universidad de Pinar del Río; pero pronto lo alcanzó el aburrimiento y pidió una licencia tras otra, hasta que dejó la carrera.

«Corría el año 1997 y muchos trabajadores comenzaron a abandonar sus puestos en las casas de cultura, pues el salario que devengaban no les alcanzaba para vivir. Quedaron vacantes varias plazas y se dio la posibilidad a personas que tuvieran inclinación por las artes de entrar a trabajar como instructores no graduados. Esa fue mi oportunidad», rememora el artista y prosigue:

«Empecé a enseñar teatro a los aficionados de San Juan y Martínez y a la par aprendía el oficio. Todos los días agarraba mi bicicleta y mi pozuelo con el almuerzo y daba pedales hasta ese municipio con un entusiasmo tremendo, porque adoraba el trabajo. Al poco tiempo queda disponible un puesto similar en San Luis y lo tomé enseguida para acercarme a mi casa.

«Sin ninguna noción de dramaturgia, empecé a escribir argumentos de obras teatrales y a montarlas con mis alumnos, que eran la recepcionista de la casa de cultura, un trabajador de Comercio, una instructora de música y Judith, una muchacha que laboraba en una escogida de tabaco. Entonces nació la idea de un colectivo teatral al que le pusimos Casandra.

TEATRO CASANDRA

«Nuestro primer montaje se llamó Sentencia del verde y tocaba el tema del periodo especial y de esas jóvenes de los pueblos de campo que dejaban su hogar para buscar fortuna en la capital y que al final entraban al mundo de la prostitución. Luego montamos la obra Los herederos, con la cual nos presentamos en el festival de teatro de aficionados Olga Alonso, realizado en Sancti Spíritus en el 2002.

«Estos guajiritos que no conocían nada más allá de su San Luis natal, se alzaron con el primer premio de puesta en escena y Judith fue la mejor actriz femenina del evento. A partir de ese momento comenzamos a plantearnos más seriamente el trabajo del grupo. Ensayábamos como si fuéramos profesionales. Hace poco me encontré entre las hojas de un viejo guion un papelito que decía: ‘Ensayo de nueve a 12 meridiano, de dos a cinco de la tarde y de nueve de la noche hasta que salga el sol’.

«Teníamos un local pequeño en la casa de cultura donde guardábamos los medios. Sacábamos las cosas por la noche –luces, vestuarios, escenografía…– y cuando acababa el ensayo a la una o a las dos de la madrugada, lo devolvíamos todo a su puesto en el aulita.

«Ninguno de nuestros artistas tenía estudios académicos, eran gente empírica que –en el caso de las mujeres– dejaban a los hijos al cuidado de los padres y ponían en riesgo sus trabajos y sus relaciones con tal de llevar adelante su pasión. Judith, por ejemplo, bajó su rendimiento en la escogida y dejó de cobrar la divisa muchos meses. Se generaron conflictos con el esposo, la madre, la hija chiquita  y las exigencias de su oficio; pero ella supo conjugar todo. Era una gente orgánica y muy buena para el teatro.

«Un día el esposo fue a verla a un festival tabacalero donde ella se alzó con el gran premio. Le obsequiaron una comida en un restaurante importante, una botella de vino, entre otras cosas y él estaba orgulloso. ‘¡Que viva el teatro!’, le dijo a su mujer y la apoyó en su sueño de hacerse instructora de arte. Aquella procesadora de tabaco es actualmente la jefa del departamento de teatro de San Luis y dirige su propia agrupación, de categoría nacional.

«Por Casandra pasaron muchos jóvenes que luego se convirtieron en actores profesionales y en maestros de arte. Los sanluiseños se identificaban con nuestro quehacer, abarrotaban la casa de cultura cuando dábamos función y nos ayudaban a construir las escenografías. Recuerdo al administrador de una tienda de ropa reciclada que nos llamaba a menudo: `Oigan, pasen por aquí que les tengo unos sacos y unos vestidos`. Eran cosas que nadie compraba pero que nos venían muy bien.

«La persistencia nos permitió aumentar la calidad y fuimos seleccionados por la Asociación Internacional de Teatro de Aficionados (AITA), para participar en eventos como un intercambio cultural en Bélgica y en el congreso de la organización, celebrado en Noruega en el 2011.

«Por mediación de la Dirección Provincial de Cultura, un día nos visitaron en nuestra sede varios actores de Sevilla. Querían ver una obra y lo único que teníamos listo en ese momento era Bodas de sangre. Presentar eso a unos españoles era como bailar en casa del trompo, pero nos atrevimos.

«Teníamos apenas tres cajones en escena y nos alumbrábamos con unos  spotlights que se activaban pegando dos alambritos; pero ello no importó a aquellos extranjeros. A través de lágrimas y aplausos mostraron la emoción que les provocó la presentación. Al año siguiente nos invitaron a su tierra, donde llevamos un repertorio lindo y serio».

EL RETO DE DIRIGIR TEATRO MUSICAL

Casandra se consolidaba cada día más y Duniesky combinaba su dirección con los estudios en la Universidad de las Artes  (ISA), donde fue admitido para cursar dramaturgia. Se capacitó a la par como instructor de arte y fue profesor de sus compañeros en esta segunda carrera.

«Después de eso llegaron las misiones. Fui a Venezuela,  muchos de mis actores emigraron hacia diferentes sitios, crearon sus familias, siguieron otras metas profesionales y el trabajo del grupo se detuvo, pero la historia de Casandra marcó nuestras vidas definitivamente», asevera mi entrevistado, con quien dialogo en el patio del Centro Provincial de Casas de Cultura, a la sombra de un árbol de mango.

Es la primera vez que dialogamos pero me parece haberlo tratado de toda la vida por su carácter campechano y su desenvoltura. Mientras conversa, mueve sus manos inquietas y los ojos le brillan con destellos pardos y amarillos en el rostro.

«A mi regreso al país me mudé para Pinar del Río. Aliosha, uno de mis alumnos, me comentó que en la unidad docente de la compañía lírica Ernesto Lecuona hacía falta un maestro de Historia del Teatro y me presenté. Un año estuve al frente de esta disciplina y al cabo de ese tiempo me llama Francisco Alonso, director de la institución:

-¿Te interesaría dirigir una puesta nuestra? – indagó.

-Qué va, si yo respeto mucho el trabajo de ustedes, pero mi formación no es musical. No soy capaz de dirigir a personas que cantan. Mi respuesta fue terminante.

-Yo no necesito a un músico, Duniesky, sino a una gente loca, con la mente muy fresca y con deseos de hacer cosas diferentes –insistió y no pude negarme.

«La primero que dirigí para ellos fue El secreto de Susana,  espectáculo con el que se recibiría del ISA la solista de la compañía Silenia Ponjuán. Era una opereta en italiano de arriba abajo, con una pianista acompañante en vivo en el escenario. Articular todo eso fue arduo pero finalmente lo conseguimos y la cantante se gradúo con cinco puntos y felicitaciones.

«Más tarde me enfrenté a otros montajes como La corte del faraón, A mucha honra, Parece blanca y Los herederos, entre otras, que han constituido un verdadero aprendizaje para mí.

«Ahora mismo estamos pensando llevar a escena Réquiem por Yarini, obra dramática a la que queremos incorporar música original; así como el cuento infantil Alas para un amor de trapo,  del escritor pinareño Nelson Simón, a la que agregaremos poemas musicalizados de su propio autor.

«Trabajar en el Lírico ha venido a ser la continuación de mi labor como docente. A veces siento la necesidad de detener un ensayo para explicarles a los muchachos porqué en ese momento ocurre una transición, porqué hay un obstáculo para determinado personaje, qué es un punto de giro… Bien sé que mi trabajo es dirigir la proyección de los actores sobre escena; pero cuando alguien pregunta a qué me dedico, siempre digo que soy instructor antes que todo».