Una
semana que aún conmueve
Por Blanchie Sartorio
Las
montañas, esa columna vertebral hecha como para articular
un extremo con el otro de la Isla cuando de movimientos libertarios
se trata, estaban llenas del rojinegro movimiento, mientras el llano
y las ciudades temblaban ante tanto odio y muerte.
Por
oriente el Ejército Rebelde había derrotado la última
gran ofensiva de las tropas batistianas; en el centro el Che y Camilo
alimentaban la historia con su ejemplo y en el occidente las sierras
de Guaniguanico crecían con el Frente Guerrillero.
Era
octubre de 1958, y el golpe dado a la Patria cinco años atrás
dolía como nunca, ante la sed de sangre que el oprobioso
régimen saciaba desesperadamente y ya era habitual que por
cada batistiano ajusticiado se multiplicara el número de
víctimas civiles, no importaba filiación.
Nada
se respetaba y ser joven era un delito. Calle arriba y calle abajo
de la ciudad capital de Pinar del Río paseaba el miedo de
uniforme, viendo enemigos hasta en los maniquíes de las vidrieras,
con la pistola presta al disparo para después preguntar y
buscar la próxima víctima en el que no dijera lo que
se quería escuchar.
SE
BUSCAN VÍCTIMAS
No
era un anuncio clasificado sino la orden dada para vengar el ajusticiamiento
de un policía y las señas eran pocas, algo así
como, rubio y joven. Entonces, como perros de presa, salía
la jauría humana, a cazar. No se descartaría ningún
trigueño sospechoso.
A José
Antonio le iba bien por La Habana y venía a darle una vuelta
a los viejos y a los hermanos. Era el día 21, aproximadamente
las 12 del día, cuando pasa por la vidriera ubicada en la
esquina de las calles Manuel Landa y Antonio Rubio, en la ciudad
pinareña, para reunirse con sus hermanos Gilberto, que allí
trabajaba, y Enrique, quien, aunque estudiaba por la noche, por
las mañanas daba una mano.
Los
hermanos Barcón no sabían que se reunían por
última vez, que los padres no volverían a verlos con
vida. Mientras conversaban esperando el carro que los llevaría
para El Cangre, a encontrarse con el resto de la familia, no pudieron
entender que ser rubios y jóvenes fuera en esos momentos
el peor de los delitos. José Antonio 29 años, Enrique
27 y Gilberto 18, fueron detenidos y golpeados en el lugar, los
subieron a un auto y los trasladaron hasta el 11 de la carretera
a Luis Lazo. Allí, uno a uno fueron balaceados y tirados
en la cuneta.
Los
galleguitos, como les conocían, cerraron la vidriera el nueve
de abril, simpatizaban con los del 26 para los que vendieron bonos
y su procedencia humilde avaló la sanción del sangriento
tribunal.
UN
DÍA DE CUMPLEAÑOS
Pedro
Raúl Sánchez, Laíto, nació en La Palma.
Hijo del campo, su familia buscó en la capital pinareña
un refugio contra la miseria y la situación del campesinado,
y al conocer a jóvenes revolucionarios se planta entre los
primeros para combatir la dictadura impuesta.
Cuando
el 30 de noviembre de 1956, con solo 14 años se disponía
a apoyar el desembarco del Granma, es detenido y maltratado junto
a otros compañeros. Mientras torturaban a los que le acompañaban,
mostraba su espalda golpeada y los conminaba a no hablar. Al llegar
la madre ante el Jefe del Escuadrón 61 de la Guardia Rural
para reclamarlo, esta le dice “Es un niño” y
el capitán le riposta: “Un niño que hace revolución”.
Durante
la huelga del nueve de abril de 1958 abandonó el trabajo
por lo que quedó desempleado e hizo patente su decisión
de luchar; muchos ojos seguían detrás del muchacho
para por su vía llegar a los demás compañeros.
Sabe escabullirse, distribuir propaganda, trasladar y poner bombas
y petardos.
Junto
a su jefe, Rafael Ferro, realiza un atentado a un “chivato”
y hacen otro fallido, en el que solo logran herir al sujeto y aumenta
la persecución. De casa en casa tiene que trasladarse, perseguido
de cerca, y el 23 de octubre de 1958, justo el día en que
cumplía 16 años, cae mortalmente herido en una casa
cercana al Centro Médico.
EL
DIA 24 CONTINUÓ LA SANGRE
La
ciudad hervía ante los recientes crímenes, las represalias
contra los inocentes crecían y el Movimiento continuaba sus
acciones en la clandestinidad. Lázaro Acosta Paulín,
el Pandeao, siempre estaba en la vanguardia, sin miedo ante el peligro
y por ello debió subir a la sierra, donde se incorpora a
la columna guerrillera comandada por Dermidio Escalona.
Por
causas similares Carlos Hidalgo Díaz, El Gatico, llega a
las montañas.
Pronto
adquiere los grados de teniente y se le orienta bajar para reorganizar
las milicias del Movimiento 26 de Julio.
Para
cumplir distintas misiones ambos coinciden en la capital pinareña.
En homenaje a Los Galleguitos, el Pandeao coloca tres bombas en
la ciudad y mientras se oculta sufre un accidente de bala que lo
hiere en la pierna. Al enterarse, el Gatico acude en su ayuda junto
al estudiante de quinto año de Medicina, Justo Legón
Padilla, llamado por el Movimiento para brindarle atención
médica, de nuevo la traición engendró el crimen
en el entonces reparto Mijares, el día 24.
POR
EL SALTO DEL VENADO
La
matanza no se limitó a la ciudad cabecera de Pinar del Río,
a Los Palacios y sus alrededores llegaban los zarpazos de la fiera
en sus estertores, y el día 21 de octubre cuatro valientes
hombres eran masacrados por las tropas al servicio del régimen:
Pedro Hernández Camejo, Luis Cardoso, Patricio Páez
y Martín González Márquez.
Todos
colaboraban de alguna forma con el Frente Guerrillero. Participan
en acciones revolucionarias, sirven de enlace, suben alimentos y
ropas y se entregan a la lucha por sacar al país de tanta
miseria y abuso, sobre todo entre los humildes como ellos.
Pedro
nació en Caimito del Guayabal y se dedicaba a labores en
la caña, desde donde desarrollaba sus tareas como revolucionario
y allí van a buscarlo los esbirros tras dar fuego a su casa.
Torturado por los tristemente célebres Ventura y Menocal,
en La Habana y San Cristóbal, respectivamente, los secuaces
del último lo llevan para el lugar conocido como Salto del
Venado, en la Sierra del Rosario, donde lo matan, sin que se escucharan
palabras de delación o de clemencia.
Luis
era artemiseño, pero vivía en Los Palacios y con 20
años se dedicaba al trasiego de carbón de las lomas
al llano, lo que le permitió servir de guía a la guerrilla
y sacarlos de un cerco. Detectado por un chivato lo conminan a servir
de práctico para encontrar a los rebeldes y los lleva en
sentido contrario. Cuando se percatan de la treta, lo golpean y
disparan.
Patricio
y Martín veían en las montañas el futuro para
salir de tanta miseria. Patricio, sanluiseño de origen, busca
en Los Palacios un mejor lugar, pero poco es el cambio para la familia;
cuando el mayor de sus 10 hijos se alza, crece el acoso. En varias
ocasiones es detenido por sospecha y el 20 de octubre es obligado
a subir a las lomas para delatar a los rebeldes.
A Martín,
incorporado a la lucha clandestina desde los inicios, lo detienen
el 21 en su casa en Los Palacios y en presencia de su madre lo sacan
y conducen al Salto del Venado, donde lo torturan y atan de pies
y manos de la misma forma que a Patricio, y así, sin poder
defenderse, son asesinados.
La
delación se unió a la cobardía, a la búsqueda
demencial de revolucionarios, y 11 valiosas vidas fueron segadas
por manos asesinas en aquella semana sangrienta que aún conmueve
y trasciende, como un legado a las generaciones actuales para que
no olviden, para que se encuentren y comprendan, en las mismas calles,
en los mismos campos que hoy son otros, porque ellos lo quisieron,
al nutrir con su sangre la esperanza.
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