Los
mártires de La Palma
Vivos junto a este pueblo
El
aserrío de Flores Cruz, en las cercanías del poblado
de La Palma, era el lugar escogido para que se escondieran los miembros
del 26 de Julio en su tránsito hacia las montañas.
El día 7 de diciembre de 1958 llegaban hasta allí
cuatro compañeros, para al día siguiente partir con
el guía.
José
A. Arteaga (Pitute) y Pablo Fernández Alegre, pinareños,
y Otto Barroso y Luis Gonzáles Pardo, habaneros, esperaban,
cuando el sargento del puesto ubicado en el central Niágara,
hoy Sanguily, acompañado de un casquito llegaban a “cobrar
“ su parte del negocio el día 8.
El
casquito reconoce a Pitute, por ser también pinareño,
e intenta detenerlo, tras lo que comienza un tiroteo en el que sale
herido de gravedad Otto, quien busca ayuda en los alrededores y
los otros tres llegan a la sierra.
Aunque
el sargento sólo recibió un tiro a sedal exageró
y puso el hecho como un combate con los rebeldes, en el que había
hecho siete bajas. Ya se encargaría de buscar los muertos
para que se creyera la mentira.
En
el cuartel de La Palma pusieron una posta y detuvieron a unos cien
“sospechosos”, entre los que se escogieron algunas de
las víctimas: Sergio Dopico y Pedro Zamora, fueron las primeras,
ambos trabajadores del aserrío; también Joaquín
Pérez, yerno de Flores, vinculado a las actividades revolucionarias
y Leoncio Sánchez, quien vivía en La Habana, pero
visitaba la casa de sus padres.
Ambrosio
y Francisco Cruz Caballero, dos hermanos que abrazaron el Movimiento
26 de Julio, al primero lo detuvieron cuando intentaba llegar a
las lomas y al segundo, cuando junto a su ayudante Angel Ramírez
regresaba de alertar a Flores para que no fuera por el lugar.
Todos
fueron torturados y sus cuerpos enterrados en el patio del cuartel
en un primer momento, pero después sacados y tirados en una
alcantarilla en las afueras de La Palma y vueltos a ocultar en un
sitio cercano al aserrío, para que no se conociera del crimen
ante la inminencia de la caída del régimen.
Veinte
días después también allí era sepultado
Otto Barroso, el joven miembro de la Marina de Guerra, descubierto
y vilmente asesinados.
De
aquellos hombres sencillos y valientes hoy se nutre este pueblo
que no olvida, para luchar por que nunca regrese aquel pasado.
Blanchie Sartorio |