Un
héroe de verdad
Autor: Licenciado Fidel Guillermo Duarte González, UNHIC
En
las nuevas batallas que vive nuestra Patria no está ajeno
el homenaje a la memoria de cientos de pinareños, y entre
ellos el recuerdo inolvidable de Orlando Nodarse Verde.
En
en su ausencia física imaginamos tal vez cuántas cosas
buenas a favor de la Revolución hubiese hecho Orlando Nodarse
después del alba del primero de enero de 1959.
La
vida de este hombre, que no sobrepasaba los 25 años de edad
al morir, fue hasta 1952 como la de cualquier joven cubano: llena
de aspiraciones, sueños, alegrías, deseos de vivir.
Pero el artero golpe de estado del 10 de marzo con el que Fulgencio
Batista dio inicio a siete años de una de las dictaduras
más sangrientas de la historia de Nuestra América,
derribaría todas estas ilusiones, y Orlando sentiría
desde entonces los deseos de destronar al tirano que desde el cuartel
de Columbia llenaría de oprobio e ignominia a la Patria.
Cuenta
Francisco Vega (Paquito), amigo y compañero de lucha en entrevista
realizada después del triunfo de la Revolución a la
revista Bohemia: "Los más cercanos a él vimos
que su ansiedad de lucha tomó cauce después del asalto
al Cuartel Moncada, cuando decía que Fidel era el hombre
que iba a liberar a Cuba y que las armas eran la única vía
por la que se iba a sacar a Batista. Tenía una frase que
a nosotros nos provocaba algunas veces un poco de risa por la forma
en que lo decía: A tiro limpio contra el tirano, cuando se
fundó el Movimiento 26 de Julio el fue uno de los primeros
en enrolarse".
Orlando
Nodarse fue de aquellos jóvenes que al igual que los de la
Generación del Centenario, juró derrocar al tirano
para obtener la libertad o hallar la muerte en su empeño.
Agustín
Navarrete, miembro de la dirección del 26 de Julio en Santiago
de Cuba expresa lo siguiente: "Cuando fuimos a ver al encargado
de conseguir las armas que se iban a mandar para la Sierra Maestra
desde La Habana, nos preocupamos un poco, al ver lo joven que era
para esa responsabilidad, pero después nos tranquilizamos
al ver su madurez y responsabilidad para el trabajo, sus ideales
tan puros, que pronto sentimos no sólo identificación
con él, sino hasta respeto y cariño".
Con
el transcurso de los meses de lucha Orlando se ganó los grados
de comandante del 26 de Julio y ya había sufrido en carne
propia los horrores de las más terribles torturas que puede
soportar un ser humano en los calabozos de las estaciones de la
policía batistiana, sin que de sus labios pudieran sacar
palabra alguna sus captores. Sin embargo, ya estaba fichado por
las hordas sangrientas de Batista y el sanguinario coronel Esteban
Ventura, conocido como el Chacal de La Habana, lo tenía "atravesado"
y le había firmado su sentencia de muerte.
Ángela
Alonso González, conocida cariñosamente por Lila,
quien fuera su compañera de lucha y sentimental, narra después
de los primeros meses de 1959 los últimos momentos en la
vida de este abnegado hombre: "Después de envenenar
las raciones de carne que iban con destino a la finca Ku-quine,
propiedad de Batista, y a otros lugares comerciales con pastillas
toxicas, él agarró varias de estas pastillas y las
guardó en el bolsillo de su jaket y me dijo: Lila, estas
son para mi, ningún esbirro me va a volver a poner las manos
encima y mucho menos va a intentar hacerme hablar".
Transcurre
la mañana del 20 de enero de 1958 y Lila le pide a Orlando
almorzar juntos en su casa e invitar a Agustín Navarrete
y su esposa antes de que estos fueran con él a recoger algunos
pertrechos que iban a enviar a la Sierra Maestra (pistolas, medicinas,
ropas, botas, etc.). No se habían dado cuenta que Orlando
había sido objeto de una delación y en instantes la
policía batistiana rodearía la casa de Lila, sita
en la calle O’Farril #213.
Así
narra Navarrete el desenlace fatal: "Sentimos un toque mesurado
casi familiar, entonces Lila le dice a su niña Elenita que
abra la puerta, y cuando la niña abrió resultaron
ser los esbirros que venían por Orlando y gritaron ¡date
preso Nodarse!, yo traté de sacar mi pistola y él
me dijo en tono bajo que no y después se dirigió al
jefe de los esbirros (más tarde supe que era el asesino coronel
Carratalá) que nosotros (mi esposa y yo) éramos vecinos
y que no teníamos nada que ver con aquello, y lo dijo tan
sereno que los matones aquellos se lo creyeron, luego sacó
suavemente su pistola y la puso sobre la mesa. El jefe de los sicarios
le puso una mano sobre los hombros y le dice: Ya tú sabes
lo que te espera, y él con una sonrisa serena que a mi me
puso los pelos de punta, (pues ya habíamos conversado sobre
su próxima captura y su decisión) le responde: Eso
te crees tú".
Asombra
la entereza con que Orlando decidió poner fin a su vida antes
de rendirse a los sicarios del régimen dictatorial. Delante
de sus captores y de forma tranquila sacó las pastillas del
bolsillo de su jaket y le dijo a los esbirros en forma pausada que
dejaran a su compañera Lila que le alcanzara un vaso de agua
para tomarse unas pastillas para el dolor de cabeza, pues le dolía
un poco, cuenta ella "que se le pusieron los pelos de punta
y las piernas le temblaron, pero él con tono suave pero enérgico
a la vez le dijo: Es una orden Lila, no me falles".
Así
delante de sus captores, inútiles y miopes ante tanta grandeza,
puso fin a su vida este joven revolucionario. Han pasado más
de 40 años de esta lamentable pérdida no sólo
para las tierras pinareñas, sino para Cuba, pues de vivir
sus servicios a la Patria hubiesen sido muy valiosos. Nos queda
como consuelo evocar su memoria y su digna labor en beneficio de
la Patria agradecida y recordar las palabras de nuestro Apóstol
José Martí: "De los hombres buenos y dignos,
tenemos la obligación de recordar todo, y no tanto la forma
en que mueren, sino la forma en que viven y perduran para siempre".
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