Isabel
Rubio, La Capitana de Occidente
Por
Olga Crespo Porbén
De
ojos y cabellos negrísimos, aquella mujer de familia adinerada
abrió desde siempre las puertas de su casona en Paso Real
de Guane a cuantos necesitaban alivio a sus penurias, medicina gratuita
y hasta un lugar en la mesa.
Cuentan
que desde los seis años, edad en que pierde a su madre, llevaba
en las manos un pañuelito blanco que nunca nadie lo vio usar
para secar una lágrima, y eso que mucho sufrió.
Padeció
la muerte de Joaquín Cecilio, el menor de sus hijos, y sobrevivió
a Ana María, la mayor, y a la más pequeña,
quien murió de parto. De los descendientes de ambas se hizo
cargo.
Pero
también penó por la Patria y a pesar de tanto dolor
quedó espacio en su pecho para dedicar a esa causa sus conocimientos
farmacéuticos, sus bienes y propiedades y finalmente, con
ese desprendimiento que caracteriza a los héroes, su vida.
Ya
en la Guerra Grande tenía ascendencia sobre los cubanos,
pero fue en la década de los 80 del siglo XIX, etapa en la
cual los aires conspiradores contra la metrópoli española
inundaban la zona que baña el Cuyaguateje, que su incansable
labor de propaganda y proselitismo la distinguen como abanderada
de esa lucha.
En
aquella época estrecha las relaciones con la emigración
cubana en los Estados Unidos. En Nueva York se encuentra con Martí,
Maceo y Gómez, quienes a ella confían la organización
y dirección de los grupos independentistas en el extremo
oeste de la Isla.
María
Isabel del Rosario Díaz, según fe bautismal, capitana
Isabel Rubio, por orden del Mayor General Antonio Maceo, con agilidad
inusual para sus 58 años salió al encuentro del Titán
de Bronce al arribo de la columna invasora a Paso Real de Guane,
y tras el saludo, marchó al frente del escuadrón de
caballería que días antes se había alzado en
el lugar.
Maceo
conocía de la incansable actividad de Isabelita, quien corriendo
toda clase de riesgos ultimó los detalles en la zona en vísperas
del 24 de febrero de 1895 y convirtió su casa en centro conspirativo.
Todos
recordaban que cuando en abril de ese año fue detenido su
hijo Modesto junto a otros compañeros, acusados por conspirar
contra el gobierno español, al ser liberados ella les dijo:
"Muéranse
antes de dejar de volver a dejarse aprisionar". Así
era la estirpe de Mariana de esta pinareña, que como madre
y abuela abrigó en su hogar al inicio de la Guerra Necesaria
a más de 100 huérfanos y cuando fue necesario partir
a la manigua, la acompañaron su hijo y nieto.
Llegó
el momento de dejar la farmacia, la casa de todos y con cuanto útil
pudo cargar para salvar vidas, instaló un hospital de campaña
en el occidente de la provincia, y como Capitana de Sanidad del
Ejército Libertador cumplió luego la orden de trasladarlo
al centro de ese territorio.
En
el trayecto curó a numerosos heridos, caminaba tras la tropa
y cuando se acababan las vendas acudía a sus vestidos, mientras
con la utilización de hierbas medicinales mitigaba los dolores.
Nadie vio más su pañuelito blanco.
El
12 de febrero de 1898 fue descubierto el campamento mambí
y al salir a la puerta del bohío devenido en hospital para
conminar al enemigo a no disparar porque dentro solo había
mujeres, enfermos y niños, una descarga de fusiles la hirió
en una pierna.
Como prisionera de guerra fue trasladada a la población más
cercana, donde la cura recibida no pudo impedir la infección,
y de ahí al hospital San Isidro, de la cabecera provincial,
sitio en el que la gangrena y la fiebre acabaron con su vida tres
días después.
Pero
ese no fue el final, pues Isabelita está presente cuando
su dulce mirada acaricia toda causa noble que defienden los cubanos
de hoy. |