Grillín
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
Cuando cesó el ajetreo de su primer día como marinero, Santo Sergio Naveda Villegas se aproximó a la proa del barco y miró por un rato el mar, de un azul insondable como sus ojos, llenos de curiosidad y asombro.
Añoraba ver cosas bellas, grades ciudades, otras culturas... De niño se había prometido a sí mismo que tendría una vida llena de aventuras, diferente a la de todo lo que conocía en el poblado campesino de Viñales, en el cual nació el primero de noviembre de 1927, de madre criolla y padre español.
Sus viajes por distintos parajes del mundo lo dotaron de sabiduría y desenvolvimiento. Solía narrarle a sus conocidos, pasajes de su estancia de seis meses en Norteamérica, donde vio actuar, con el pecho apretado por la emoción, a la vedette cubana Rosita Fornés:
“La mujer más linda del mundo”, según le pareció.
También estuvo en Haití y trajo de allá la fórmula de una galleta de espuma que hizo de él un hombre próspero y famoso en todo Vueltabajo. Un haitiano generoso le enseñó cómo hacerlas, o al menos eso fue lo que contó.
Comenzó a fabricarlas hacia 1955 en la zona de Puerto Esperanza y dos años después trasladó el negocio para Viñales. Casa, horno y familia fundó en este sitio, donde nacería el mito de las Galletas Grillín, cuya receta nunca compartió, o acaso lo hizo, pero la gente prefiere creer que el viejo murió con el secreto. Lo cierto es que nadie ha podido igualar la calidad de su masa.
“Eran crujientes y saladitas. Se desbarataban solas entre las manos y en la boca. La verdad no las he vuelto a comer tan ricas”, describe María Antonia Suárez, vecina del pueblo.
Ricardo Álvarez Pérez, historiador de Viñales, refiere que los combatientes del Frente Guerrillero de Pinar del Río recibieron en contadas ocasiones surtidos del panadero.
“De un confín a otro confín todos comen galletas Grillín”, mandó a que anunciaran por la radio y de a poco el sello de sus producciones terminó por identificarlo a él. Le venía justo el mote, pues Santo Sergio andaba ligero y contento como un grillo pequeño y delgado.
Claro que no siempre fue así. Hubo momentos de fragilidad, días en que anduvo perdido de sí mismo y se aficionó a lanzarse desde las alturas. Una vez cayó de la tercera planta de un edificio y solo se fracturó un brazo; en otra ocasión se lanzó desde un balcón del Hospital Naval de la Habana, pero su pijama quedó prendido de una cerca, lo que le salvó el pellejo. La vida lo amaba de veras.
Grillín sobrepasó aquella fase y descubrió la felicidad en otras actividades, como custodiar el panteón de los héroes en el cementerio municipal o conducir, micrófono en mano, los festejos locales. “El Nave animando y el pueblo bailando”, decía en sus alocuciones.
Tres perros lo acompañaban en su vejez a todas partes y lo defendían celosamente cuando alguien se acercaba a conversar. Bastaba una palabra de su dueño para que los animales pararan de ladrar.
Los viñaleros evocan todavía sucesos protagonizados por este personaje popular, como el diálogo que sostuvo una mañana con el bodeguero Roberto Pino:
–Roberto, chico, respóndeme algo: ¿El día que yo me muera tú me vas a poner una corona? –indagó.
–Claro Grillín, eso dalo por hecho –le contestó su amigo.
–Entonces adelántame los 20 pesos, anda, – le sugirió el muy pícaro y se salió con las suyas.
Ese era Grillín. Una no, decenas de coronas adornaron su sepelio y un mar de pueblo lo acompañó en su último trayecto hasta el cementerio de Viñales. Eran cientos de personas congregadas para honrar la memoria de un ser tan divertido y peculiar.
Quizá no tal como la imaginó, pero Santo Sergio Naveda tuvo la vida que deseó en su infancia. Recorrió océanos, pasó horas incontables frente al calor de su horno, creó un producto reconocido por su calidad dentro y fuera de Pinar del Río, tuvo tres niñitas ojiazules a las que amó con locura, y nos dejó a todos una lección: Vive a tu manera y has feliz a los otros, porque el que mueve la risa de alguien, jamás tendrá su olvido.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.




