Cuando regresar trae consigo dolor
- Escrito por Heidy Pérez Barrera
Foto: Cortesía del entrevistado.
Raúl Daniel Lagar Martínez, máster en Atención al Niño, formó parte de la brigada médica cubana en Bolivia que retornó a la Patria tras el golpe de Estado, luego de brindar asistencia médica, pediátrica y neonatal.
Para una pequeña niña boliviana, hija de padres adolescentes, fueron un día al hospital de Llallagua perteneciente al estado de Potosí sin dinero para pagar, pero sabían que allí trabajaban médicos cubanos, que no se irían sin un diagnóstico al menos.
«Llegó con una insuficiencia respiratoria grave. En el centro no teníamos terapia pediátrica, logramos entubarla, estabilizarla y trasladarla durante cinco horas en una ambulancia hasta Potosí, porque fue el único hospital que me la quiso recibir. La madre lloraba y preguntaba si su niña se salvaría, pero dependía de la respuesta y del tratamiento, yo solo la llevé hasta donde existía la esperanza de sobrevivir.
«Después me vieron en la calle y no te puedo contar, me abrazaban, fue tanto el llanto que pensé que la niña había muerto, hasta que me dicen: ´No murió, está viva médico, un día se la vamos a llevar´».
Y allí estaba Raúl Daniel Lagar Martínez, un médico pediatra, cubano, de Pinar del Río, posando para la foto con aquella pequeña en brazos que fue a visitarlo nuevamente, pero en señal de agradecimiento, total-mente sana.
Igual de satisfecha estuvo una adolescente de 13 años, quien cargaba en su espalda el dolor de perder a su abuelo, la persona que la había criado durante toda su vida. Ella, por el simple hecho de tener esa edad, quedaba en el olvido de la atención médica de aquel altiplano boliviano.
A la mamá le dijeron que había un pediatra cubano en el hospital Madre Obrera, que si iba a verlo él no le diría que no y así lo hizo. Lo buscó y tuvo certeza, coordinó cita para el día siguiente sin hacer cola, rápido, seguro. La muchacha fue atendida por tener una salmonelosis, enfermedad infecciosa asociada a un cuadro diarreico, se le puso tratamiento y mejoró.
Pero el doctor Lagar no prescribió solo esto: la joven, quien quedaba fuera de la edad pediátrica, pero también de la edad clínica para adultos porque comienza a los 19, presentaba además una reacción situacional ante el duelo por la muerte de un ser querido, en tanto este pediatra tuvo que combinar su profesión con sesiones psicológicas y la ayuda de un clínico también cubano, «por supuesto que a escondidas, pues no contábamos en el hospital con un especialista para estas cuestiones. Hoy ella es otra persona, hicimos que saliera del bache».
LA CRUDA REALIDAD QUE SE LES VINO ENCIMA
Las historias se repiten. Algunas guardan emoción, pequeños suspiros, otras son contadas con un nudo en la garganta porque los finales no fueron felices, pero estas son páginas comunes que escriben nuestros médicos cuando cumplen misión internacionalista.
Las memorias de Lagar son únicas para él, pero a pesar de tener experiencia como colaborador, –en tanto estuvo anterior-mente 10 años en Venezuela, en donde vivió cerca de 10 elecciones– nunca se había enfrentado a un golpe de Estado.
En Bolivia, en seis meses apenas logró muchísimo, a una altura de casi 4 000 metros sobre el nivel del mar; pero desde el pasado 20 de octubre, ante la relección de Evo Morales como presidente, la situación cambió, los opositores tomaron represalias contra ellos, sin importar siquiera de que en determinadas ocasiones fueran sus pacientes: estaban cumpliendo órdenes.
Aquel hospital general de segundo nivel contaba con una terapia intensiva mane-jada completamente por los cubanos, pues no había intensivistas, ahora está cerrada; tampoco tenían cirujanos ni anestesistas ni imagenólogos. «Nosotros formamos clínicos, pediatras, ginecólogos, médicos y cirujanos. A partir de ahora no se sabe lo que sucederá, todo quedó en el aire», me dice.
Una noche a la una de la madrugada, él y 23 compañeros fueron sorprendidos por la Interpol en la casa en la que estaban. Los montaron en un camión pequeño y se los llevaron a la estación de la policía de Oruro, la ciudad más cercana. «Nos tildaban de violadores, terroristas y militares, cuando en realidad la única arma que poseíamos en la mano era el esteto y nuestro objetivo era mejorar la salud al pueblo que más lo necesitaba.
«Hubo un instante en que pude revisar el celular, vi conectada a Sunilda Veiga, la periodista de Tele Pinar. Le escribí y le dije que le comunicara al mundo que a la brigada médica de Llallagua se la llevan detenida y borré inmediatamente el mensaje, buscaba por lo menos el apoyo.
«Al acceder nuevamente al móvil tenía, en apenas una hora y media, más de 70 llamadas perdidas de mi esposa y de mi hermana, únicas personas que estaban al tanto de lo que sucedía. Las llamé y no pude hablar, la voz no salía, la incertidumbre era más grande que el propio temor. A mi mamá le escondí muchas cosas, a mis hijos casi todo, cuando me llamaban trataba de sonreír, aunque las ganas de llorar fueran mayores.
«Nos maltrataron de palabra y trataron como a animales; nos quitaron el equipa-je, el dinero; pasamos frío; las mujeres lloraban y ellos solo las mandaban a callar, les gritaban, hasta que llegó el coronel y el fiscal que gestionó la liberación. A los que quedaron los retuvieron en la propia casa, les quitaron celulares, identificaciones, quedaron indocumentados.
«Fue lamentable la interrupción de la misión cuando lo único que hacíamos era brindar solidaridad y salud al pueblo con el humanismo propio del cubano».
LO QUE QUEDABA ATRÁS
Al hospital, ubicado en un pueblo caracterizado por las minas de estaño, llegaban las embarazadas con apenas 32 semanas y muy mal atendidas, bajo situaciones complejas para el parto, daban a luz a un bajo peso crítico con apenas 800 gramos y lo llevaban a los 3 000 solo a base de lactancia materna.
La brigada de 11 cubanos, lidereada por este único pinareño, se enfrentó a niños que nacían deprimidos, prematuros, por lo que tenían que utilizar métodos de terapia intensiva neonatal para salvarlos, pues venían al mundo con múltiples enfermedades como el chaga*, las lesiones en la piel e infecciones respiratorias graves, principalmente neumonía, por las bajas temperaturas que oscilaban alrededor de los cero grados.
El doctor detalla que vio mucho maltrato infantil. «Me tuve que enfrentar a la condilomatosis, una enfermedad de transmisión sexual, debido a que los padres abusaban de ellos, los tocaban, los violaban; a la sífilis congénita; al sida en niños recién nacidos y lactantes. Eso nos chocaba porque en Cuba no se ve.
«Las indígenas, pacientes más asiduas a las consultas cubanas, sentían de corazón el agradecimiento hacia nosotros, por su calidez, sensibilidad, cariño, lecciones aprendidas en las aulas de esta Isla. Ellas, las cholas (le dicen así porque usan la pollera –saya– , el sombrero, la trenza larga, el poncho y que hablan el quechua), no entendían que esos doctores examinaban a sus hijos, los tocaban, cargaban, jugaban juntos. Allá nunca fue así, los médicos bolivianos solo preguntan y después ponían el tratamiento, no existía el contacto físico entre uno y otro».
Lo anterior, en ocasiones llevó hasta al celo profesional, porque después no querían verse con nadie que no fueran los cubanos. «Nosotros dábamos con el diagnóstico más fácil, rápido, poníamos el tratamiento oportuno, ellos necesitaban de complementarios y nosotros lo evitábamos para que no les cobraran».
Los dialectos chocaban con el castellano; los estilos de vida basados en alcanzar la mayor reproducción con el objetivo de salvar alguno de los muchachos, abismaban a estos galenos; tampoco entendían el hecho de dejar solos a los enfermos en el hospital para irse a cuidar al resto de los hijos.
Para el choquito, (hombre blanco, rubio) como le llamaban al doctor Lagar, aquello fue triste. Dejó atrás su equipaje, incluso la camisa que guardaba para ocasiones especiales por tratarse de un regalo de Irene Álvarez, su esposa. Llegó a Cuba con apenas unas monedas en el bolsillo, pues su cuenta también fue confiscada, pero lo más importante era llegar con vida. Dolían los miedos, los días sin dormir por el frío y la preocupación, pero todo se anulaba ante la seguridad del abrazo de quienes más amaba.
No obstante, nada los detuvo: continua-ron su trabajo hasta el pasado 11 de noviembre, pero escondidos, hasta que de una vez mermaron aquellas intenciones y hubo que regresar a la Patria.
La despedida también dolió, el más afectado iba a ser aquel pueblo más al sur y el país entero, que tiraba por la borda 13 años de misión por el bien de su gente. La paciente de 13 años lloró, lo abrazó, pues su trata-miento, sin remedio, quedaba inconcluso, aunque eran notables los avances.
El avión fue la puerta de salida, el boleto a esta tierra caribeña que siempre le dio, más que el hogar, la seguridad de vivir en un país libre, solidario y exclusivo. Aquí, en este Vueltabajo, lo esperaba su familia, amigos, vecinos, colegas y yo, esta eterna paciente que aún con 28 años lo considera su pediatra para siempre.
* La enfermedad o mal de chagas es provocada por el parásito Tripanosoma cruzi. Se propaga por la picadura de los insectos redúvidos, o triatominos (chin-ches) y es uno de los mayores problemas de salud en Sudamérica.
Sobre el Autor
Heidy Pérez Barrera
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.




