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Escoltando a Camilo

Erasmo Rodríguez Rivera / Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro

Erasmo Rodríguez Rivera / Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro

Erasmo Rodríguez Rivera conoció a Camilo de cerca y guarda memorias inéditas de aquel tiempo. Hoy las comparte con Guerrillero a propósito de los 60 años de la desaparición física del Señor de la Vanguardia.

Los primeros días de enero de 1959, la rubia Cuquina, jefa de una de las células del Movimiento 26 de Julio en Pinar del Río, le entregó al joven Erasmo un revólver de juguete con el que debía desarmar a dos guardias de la recién derrotada dictadura que todavía se hallaban custodiando las puertas de la emisora CMAB en la calle Maceo.

El muchacho estaba un poco nervioso, pero reunió el coraje para pegar la boca de su falso revólver al estómago de uno de los guardias y lograr de este modo su rendición.

«Fue pan comido», evoca Erasmo. «Le ordené que pusiera el fusil en el piso y obedeció. Su compañero lo imitó y finalmente ambos salieron corriendo de aquel lugar».

Uno de los fusiles recuperados se lo entregó a Cuquina, el otro lo acompañaría durante su viaje hasta la fortaleza militar de Columbia, otrora madriguera de los batistianos, donde se personó pocos días después para brindar sus servicios al Ejército Rebelde.

«En Columbia me confiaron la tarea cuidar de la ropa del comandante Camilo Cienfuegos. Debía transportarla hasta la tintorería y recogerla una vez que estuviera lista. Ese fue mi primer acercamiento con él. Luego pasé a formar parte de su escolta personal y ahí sí pude conocerlo mejor», explica Erasmo y continúa narrando:

camilo cienfuegos fpt2«Camilo tiraba a alto y delgado y tenía unos dientes blancos y parejos con los que reía mucho; a la vez era exigente en el trabajo y le gustaba que las cosas se hicieran bien.

«Recuerdo un día que llegó al campamento acompañado por la periodista Violeta Casal. Hacía un frío descomunal y yo estaba mal abrigado. Caminó recto hasta mí y al verme temblando se quitó el sobretodo que traía puesto y me lo obsequió. Era un abrigo verde y pelú', de esos que usaban antes los guardias de Batista.

-Comandante, ¿y usted?, me preocupé.

-Ya me las arreglaré, muchachón, respondió él con su eterna sonrisa. Acto seguido se volteó para el comandante Antonio Sánchez Díaz (Pinares) y le indicó que gestionara cuanto antes ropa y abrigos para todos nosotros.

«La sensibilidad era uno de sus rasgos más lindos. Su naturaleza era la de hacer el bien a los demás. Un día llegamos muertos de cansancio de una actividad militar y Osmany Fernández, secretario de Camilo, sin hallar donde dormir, se recostó en el catre de su jefe. Rato después Camilo entró al cuarto a tientas y chocó con Osmany.

-Disculpe Comandante, estaba cansado y me quedé dormido en su catre, le dijo.

-Descuida Osmany, quédese ahí tranquilo que yo estoy acostumbrado a dormir hasta en la yerba, le respondió Camilo al tiempo que se acomodaba en el suelo.

«Muchas anécdotas atesoro del tiempo que conviví con aquel ser divertido y generoso. Siempre que entraba a la oficina de Fidel, le robaba uno o dos tabacos y Fidel no le decía nada porque lo quería bien.

«Acostumbraba a llamar a Celia Sánchez a cualquier hora de la noche: ‘Celia, tienes batido de frutabomba?’, preguntaba, porque ese era su delirio y Celia lo complacía. ¿Quién podía decirle que no a Camilo?

«Era muy martiano. Siempre andaba mentando a Martí en todas sus cosas. A las escuelas no podíamos llegar porque los niños se ´arreguindaban´ a él y tenía que cargarlos y pasearlos a todos. Luego no querían dejarlo ir.

«Todo el mundo lo adoraba. No conozco una sola gente que no lo quisiera. La experiencia de haber estado con él, fue la vida mía, me educó más que cualquier universidad. Aprendí lo que era el compañerismo, la solidaridad, la disciplina y el compromiso.

«Pasaba un curso de superación cultural, enfermería e inteligencia militar en la escuela Julián Alemán de Rancho Boyeros cuando supe de su accidente aéreo. Sentí un dolor grande, de esos que te aprietan el pecho y te aflojan las piernas. Luego difundieron la falsa noticia de que vivía y todos nos volvimos locos de contentos y disparamos tiros al aire... No queríamos creer que alguien tan vivo estuviera muerto».

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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