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La vida clandestina de “La Gatica”

Combatiente clandestina pinareña

Foto: Alejandro Rosales

Blanca podría escribir un libro con sus memorias o llenar esta página de periódico con los nombres y apellidos de personas que conoció en el pasado, cuando iba de clandestina por la vida, con una blusa de guinga, la falda larga ajustada a la cintura y un monedero para esconder su revólver.

Con 14 años fue mascota del Movimiento de Renovación Tabacalera. Teodomiro Valdés, antaño guiterista, redactaba discursos que ella repetía de memoria por la emisora radial CMAB. “El programa comenzaba con un pensamiento: ´Jamás el silbido de la serpiente ha podido variar en lo más mínimo la ruta de las águilas´”, recuerda Blanca. “Teodomiro visitaba mi domicilio en Río Sequito, donde mamá tenía una mesa de afiliaciones al Partido Ortodoxo. Vivíamos en la finca La Reunión, propiedad de un millonario que nos cobraba una renta de 60 pesos anuales. Mucho bregaron mis padres para matar el hambre de sus 10 hijos. “Los domingos, a las ocho y media de la noche, los campesinos se reunían en mi casa, en torno al único radio que había en la zona, para escuchar a Eduardo Chibás arremeter contra los políticos corruptos de la época. Cuando ya no pudo más, disparó contra su propio cuerpo. ´Pueblo de Cuba, levántate y anda. Pueblo de Cuba, ¡despierta! Este es mi último aldabonazo”´, Blanca imita la voz de Chibás.

Es una voz altísima y clara, que se deja oír en cada rincón de su casa de la calle Capitán San Luis, donde conversamos las dos. “Mi padre vendió los enseres de labranza, reunió un buen dinero y nos trajo con él a la ciudad. Se metió en el negocio de vender cochinos y alquiló una casa en Antonio Tarafa (Galiano). Nos quedamos en la ruina total. Mi hermano Ismael se puso a trabajar en la planta de asfalto de Antonio María Pino y mi otro hermano, retrasado mental, se aplicó de peón de albañil y ganaba un peso diario. Con ese dinero se hacía la comida por la noche. Comprábamos un medio de picadillo, otro de especias, una cajita de cigarros Partagás para la vieja y tres libras de arroz. Almuerzo no había nunca”. LA GATICA Por esa época, Teodomiro presenta a la muchacha con varios compañeros del Movimiento 26 de Julio y estos comienzan a llamarla para que colaborara en algunos trabajos. Le decían La Gatica, por los ojos azules e insondables. “Una vez colocamos una bomba en la gasolinera de Celestino, ubicada en la calle Máximo Gómez. Alejandro Rojas Machín fabricó el explosivo con una caja de tabacos, cabezas de clavos españoles, fragmentos de granada, dinamita y un reloj que haría detonar el artefacto a las nueve en punto. Nuestro objetivo era alertar a la policía por teléfono y causarle muchas bajas cuando vinieran a inspeccionar en los almacenes de Celestino; pero aquella noche solo murió un sereno. ¿Qué misión le asignaron a usted?

“Tenía que permanecer en el Hospital, con el falso pretexto de una visita a mi madre enferma y cuantificar los fallecidos de aquella acción para notificarlo luego al Movimiento. “¡Son muchas anécdotas!”, advierte y narra una más: “Mi hermano Carlos *´El Gatico´ y yo, nos fuimos en las navidades del 56 para la casa de Juan Hernández Moseguí, en Las Pozas, cerca de Bahía Honda. Blanco, mi novio, viajó con nosotros en aquella ocasión. “El 25 de diciembre los muchachos se pasaron el día, martillo en mano, doblando grampas para interrumpir el tráfico. En la noche, me vestí de hombre como ellos y salimos a quemar el puente de San Miguel y la casa de tabaco de un esbirro del gobierno. La candela alcanzó además la vivienda familiar, la enramada para el baile, el chiquero... “Regamos alcayata desde Mar Bajita hasta Bahía Honda. Las botas mías hacían fuaca, fuaca, fuaca del sudor; a pesar del aire frío que soplaba en las lomas. Pretendíamos desviar un poco la atención de los batistianos, ensañados contra los expedicionarios del yate Granma allá en Oriente. Fue la manera que encontramos de ayudar. “Pasamos la noche en los corrales de Querer García, un colaborador nuestro. Yo parecía una hoja temblando. Le rasqué la barriga a una puerca recién parida y me recosté a ella para sentir su calorcito. Me quedé dormida de tanto cansancio”. Cuénteme del tiempo que estuvo clandestina en La Habana, la incito. “Mi nombre de guerra en la capital fue Olga. Trabajé con Jorge o comandante Dionisio, como le decían. Él era el encargado de distribuir la propaganda de los periódicos Sierra Maestra, Vanguardia Obrera y otro más que se vendían por 10 centavos. Se envolvían en la clínica La Covadonga, con papel de regalo muy bello y se colocaban en el maletero del Chevrolet de Dionisio. A mí me tocaba bajarme a preguntar por los contactos y entregarles el paquete: ´¿Usted es fulano? ¡Ah, mucho gusto! Me disculpo porque no pude asistir al cumpleaños de su señora; pero aquí tengo un presente para ella´. “Si el hombre era dependiente, ponía el regalo debajo del entrepaño. Yo viraba la espalda y caminaba hasta la esquina próxima donde me esperaba la máquina. Eso lo hacíamos como medida de seguridad. En caso de que me detuvieran por una delación no cogían a Dionisio. “Una vez, los muchachos del Movimiento se reunieron por Marianao. Allí estaban Nogueira, uno de mis jefes; Rafael Ferro; Manolo Rodríguez (Bola Prieta), entre otros. A Ferrito le orientan ir para Pinar del Río como jefe de acción y sabotaje y a mí me mandan de vuelta con él”. Antes de partir, La Gatica debía recoger a Estaban Domínguez, alias Pepito el habanero, que había llegado recientemente de Estados Unidos con un trasiego de armas y era perseguido por el SIM. PEPITO “Nogueira me describe todas las señas personales de Pepito: chofer de guaguas, hablaba arrastrando la lengua y era incapaz de pronunciar la r. Decía poblema, en vez de problema. ¡Era guapo el hombre! Cuentan que cuando la huelga del nueve de abril, empujó a la calle a decenas de choferes. “Salí en su busca acompañada por Lázaro, el hermano de Nogueira, y notamos que varias perseguidoras se habían tirado en la casa donde se hospedaba el compañero. En balde rastrearon por todas partes los guardias del asesino Ventura Novo, el guagüero ya se había escapado por los tejados. “Esa misma tarde agarré un tren lechero e hice un viaje lento hasta el paradero de Pinar del Río. Llegué entre dos luces y caminé hasta la calle Antonio Tarafa camuflada detrás de mi pañuelo y mis gafas calobares. En lo posterior, tanto Ferrito como yo, anduvimos de casa en casa, evitando permanecer demasiado tiempo en un sitio fijo. “Un día pasamos por el apartamento de Marina Azcuy, en los altos de ´La Mía´. Aquel lugar era un verdadero cuartel del Movimiento 26 de Julio, donde se juntaban los dirigentes principales de la lucha clandestina: los perseguidos. Allí tenían preso a un tal Esteban Domínguez, que llegó donde Marina como ‘Bartolo, el que se presenta solo’, creando desconfianza en el grupo”. -Blanca, ese tipo dice que es de La Habana, que se le escapó a Ventura Novo y que una muchacha pinareña se retrasó y no lo recogió, ¿tú oíste decir algo cuando estuviste por allá?, me preguntó Marina. -¿Lo puedo ver?, indagué. -Claro, dijo la dueña de la casa y me llevó con el cautivo. Lo habían amarrado en uno de los cuartos y de un momento a otro pensaban trasladarlo al Frente Guerrillero de la Sierra de los Órganos para ahorcarlo. ¡Era Pepito el habanero!, estaba angustiado cuando me presenté. -¿Tú eres Olga?, dijo sobrecogido -¡No sabes lo que sufrí!
-¡Y usted no imagina cuánto lo busqué!, le expliqué yo.
Todos le dieron la mano y le pidieron disculpas.
-Mira Ferrito, ahora puedes utilizar a Pepe porque no está quemado aquí en Pinar, advertí a mi jefe y este asintió con la cabeza. EL ÚLTIMO DÍA DE FERRITO Usted acompañaba a Rafael Ferro cuando lo asesinaron, ¿cómo aconteció su muerte? “A las tres de la tarde estaba prevista una reunión entre Ferrito y el cabo César Rodríguez, supuesto colaborador que iba a entregar armas al Movimiento. Rigo Valdés Sánchez era el enlace entre Ferrito y el cabo, y esa tarde nos condujo en su auto hasta el lugar del encuentro, el bar Izquierdo. “Entramos al último reservado, donde había cuatro desteñidos taburetes y una mesa pequeña. Aquel era un bar para parejas y fui acompañando a Ferrito para no levantar sospechas”. -Hoy no pude traer las armas porque me están siguiendo, alegó el cabo. - ¿En qué te basas para decir eso?, inquirió Ferrito. -No lo sé. Tengo esa impresión. Bueno y ¿por qué usted no me da los contactos para la Sierra? Tan pronto pueda, robo seis ametralladoras y algunas cajas de granadas del cuartel, me voy a la Sierra en un yipe y luego quemo el auto. -Yo soy el que tiene que llevar esas armas y no usted, le replicó Ferrito. -Oye, vámonos ya –indiqué a mi compañero. -A las cinco ponen el registro en el chalet de los Benítez y va a ser complicado salir más tarde. -Sí, Blanca, nos vamos. Ustedes salen primero -ordenó a Rigo y al cabo. Rigo tomó el volante, a su lado se sentó César. Ferrito me abrió la puerta de atrás y cuando fue a montar él, lo sacudió una ráfaga de ametralladora. Los vidrios de la máquina me cayeron encima. Cuando me incorporé vi a César y a Rigo parados en el camino con las manos detrás de la nuca sin que nadie les hubiera ordenado salir del auto. Ferrito iba dando tumbos ya. Logré correr hasta el reservado. Me acosté y pegué la cara al piso. Las balas chocaban contra el piso y sacaban candela: ‘Gatica, sabemos que estás ahí‘, gritaron los guardias. No tenían cómo saber que era yo. Lógico, Rigo y César nos habían traicionado. “Tenía un revólver dentro del monedero, pero nada podía hacer contra aquella jauría. Salí con las manos en alto. Apreté fuerte los dientes para recibir el impacto de la ametralladora, que Alfonso Cordero palanqueó sobre mi estómago por el costado derecho: ‘A esta cabrona la voy a partir al medio‘, dijo el muy bestia. ‘No le tires, que me interesa viva‘, ordenó el jefe del SIM. “Daba un paso y disparaban un tiro en dirección a mis zapatos, sin tocarlos, para asustar. Llegué a la perseguidora y Rigo y César estaban sentados atrás”. -¿Qué habrá pasado?, fingió el cabo. -No lo sé, dije yo. -¿Usted conoce el contacto con la Sierra?, insistió. Descubrí que incluso allí estaba tratando de sacarme información. “En el despacho del jefe me entraron a puntapiés por el fondillo. Me pegaron en las costillas con la culata de una Thompson. Y yo, aferrada: ‘A mí me citó el cabo para el bar porque es mi novio‘. Y ellos: ‘Tú estás en la danza junto con Ferrito. No te hagas la boba‘. “Querían que les develara los contactos para la Sierra. Me estaba muriendo del miedo, pero hay emociones más fuertes que el miedo dentro de una, cosas como la ideología o la fe. No me sacaron una sola palabra”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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