Manos laboriosas con el hilo y la aguja
- Escrito por Ana María Sabat González
Fotos: Jaliosky Ajete Rabeiro.
A veces, cuando vemos a un médico con una bata blanca, no nos acordamos que detrás de la confección de estas prendas de vestir están las manos de costureras, cuya labor consiste en estar horas y horas delante de una máquina de coser.
Así encontramos a las trabajadoras en una reciente visita al taller 102 Julián Alemán de la Empresa de Confecciones Alba: unas ponían cuellos, otras bolsillos… y así de forma sucesiva hasta completar la pieza. Ellas laboran en serie y se especializan en determinadas tareas.
El salón es amplio y claro, con muy buenas condiciones constructivas y agradable a la vista, muy distinto al recuerdo que guardábamos de años atrás. Lástima que al pasar la mirada de forma general, el visitante puede apreciar que varias máquinas están vacías.
Por eso, al preguntar a Miriam Ramírez Cabrera, administradora del taller, sobre las principales dificultades que afrontaban en la producción, habló de la falta de costureras.
Explicó que al estar tan bajos los salarios –el básico es de 260 pesos– y que con el perfeccionamiento suben a 335, casi todas se fueron en busca de otras opciones de trabajo por cuenta propia mejor remuneradas.
La producción depende de lo que las mujeres hagan y las normas –que no son baja– se ajustan a la operación que realice cada una; además, las tasas de pago tampoco son altas.
«No obstante, todos los meses hemos cumplido las metas diarias», afirmó la administradora, quien nos dijo que en estos momentos en el taller laboran 46 obreros, de ellos 20 costureras y 13 desempeñan trabajos manuales como planchadoras, cortadoras de hilo y demás.
La fábrica tiene capacidad para aproximadamente 100 trabajadores, por lo que funcionan en estos momentos con menos del 50 por ciento de la fuerza laboral, lo que incide en que no haya sobrecumplimiento de los planes, porque repercute en la cantidad de producciones y por tanto, en los bolsillos de los empleados.
LO POCO SE CONVIRTIÓ EN MUCHO
Sin embargo, el taller salió por varios medios de difusión masiva en los meses de verano porque se reconoció que fueron de los que contribuyeron a que el primer día de clases –en el mes de septiembre– niños, adolescentes y jóvenes asistieran a sus escuelas con uniformes.
«Día y noche laboraron sin descanso, hasta los de las oficinas administrativas cooperamos, incluso la familia. Fue un esfuerzo extraordinario», nos comentó Ramírez Cabrera.
Según las cifras, confeccionaron alrededor de 28 000 blusas de uniforme de Primaria en los meses de junio y julio. Además, durante el año realizaron otras producciones como pijamas para mujer, jabas, camisas y blusas de uniforme para secundaria, blusas y camisas para politécnicos, paños de mano y batas para médicos.
¿Problemas con la materia prima?, preguntamos a la administradora.
«No, nada más tuvimos problemas una semana del mes de mayo y la cogimos de vacaciones».
¿Y la tecnología?
«Es vieja, pero los mecánicos siempre buscan las alternativas».
También nos comentó que capacitan a muchachas en la tarea. En estos momentos hay cuatro en el curso, pero casi siempre, una vez que terminan, se van por la cuestión del salario.
Para el almuerzo pagan a las trabajadoras 60 centavos en CUC diarios, ellas traen los alimentos de la casa y en el taller existen las condiciones creadas para que lo calienten, y tienen garantizada el agua fría.
LES ENCANTA EL TALLER
Para Digna Fajardo Pereda asistir todos los días al taller es algo bueno en su vida y así lo confesó. «Me encanta venir para acá, porque es un colectivo magnífico, nos llevamos muy bien, las condiciones de trabajo son buenas.
«Mi preocupación es el salario que es ínfimo, las normas son altas y las tasas bajas, las cuales se pusieron hace muchos años y hoy se mantienen. Ahora también con estas medidas perdemos dos horas de trabajo, que nos las pagan por tarifa, pero no producimos».
Digna es de las más «largas» en el trabajo y su salario es de un poco más de 400 pesos, aunque en los meses de maratón fue de alrededor de 500 pesos.
A pesar de ello, a Digna no le gusta el trabajo por cuenta propia, prefiere este taller y su colectivo de compañeras.
La joven Mileidys Sánchez Montelongo lleva dos años en esta tarea de costurera, ahora mismo realiza los dobladillos de las mangas.
«Me gusta lo que hago, aunque tengo las mismas preocupaciones de mis compañeras, lo que más disfruto es que nos llevamos todas superbién y así se puede trabajar.
«Todos los años nos dan uniformes y zapatos, aunque a algunas no les sirven».
La labor que realizan estas trabajadoras textiles es útil; hilos, agujas y tejidos forman parte de su vida cotidiana y de sus manos salen prendas de vestir que tienen un objeto social y contribuyen a la sustitución de importaciones; por eso en estos últimos meses estas mujeres, al igual que las de los demás talleres de Confecciones Alba, fueron las responsables de que hoy los estudiantes asistan uniformados a las escuelas, para todas ellas nuestro reconocimiento.
Solo faltaría hacer un estudio de lo que preocupa en estos momentos a estas obreras y analizar las causas –que son evidentes– que provocan el éxodo de las costureras hacia ofertas privadas, y no solo eso, sino pensar en cómo resolver la situación. La industria textil lo necesita.


Sobre el Autor
Ana María Sabat González
Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.




