La belleza que se perdió en Barbados
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
El piloto de aviación Wilfredo Pérez Pérez no estuvo el día que nacieron sus nietas jimaguas Ana Celia y Ana Laura, no pudo observar sus cuerpecitos rosados dormidos sobre las cunas ni sus llantos ni sus primeros pasos ni sus risas ni la fiesta de 15 años…
La grabación de la caja negra del avión cubano saboteado el seis de octubre de 1976 es el recuerdo más vivo que las muchachas tienen de su abuelo. En ella se le escucha intercambiar con el controlador de tráfico aéreo del aeropuerto de Barbados describiendo la tensa situación a bordo.
Su voz se muestra firme a pesar de la angustia que debió experimentar en aquel momento. Conocedor de que el final era inminente, Wilfredo hizo girar la aeronave evitando así que cayera sobre la playa cobrando más vidas humanas.
Duros, muy duros debieron ser aquellos minutos de incertidumbre para los pasajeros, entre ellos 11 jóvenes guyaneses que viajaban con la meta de hacerse médicos en la Isla. En el vuelo venían además cinco enviados culturales de la República Popular Democrática de Corea y 24 atletas del equipo juvenil de esgrima de Cuba. Llevaban el corazón alegre por haber conquistado todas las medallas de oro en el Campeonato Centroamericano y del Caribe de ese deporte realizado en Venezuela y ansiaban aterrizar en su tierra para compartir el triunfo con sus seres queridos.
Mirtha nunca más fue la misma desde aquel día horrendo. No pudo adaptarse a la ausencia de su hermano mayor, el entrenador de esgrima Santiago Edenio Hayes. Solo el abrazo protector de aquel muchacho la había animado de niña, cuando quedó huérfana de madre. Él era su refugio, su confesor y su consejero. Siempre la alentó a ser buena persona y a andar por caminos rectos.
La atleta Nancy Uranga, oriunda de Orozco, en Bahía Honda, era una rubita de 22 años muy querida por todas sus compañeras de estudio debido a su carácter desenfado y cortés. Al momento de su muerte llevaba un ser en sus entrañas. A sus 17 años la floretista santiaguera Virgen María Felizola era una esperanza de la esgrima cubana, con amplias posibilidades de integrar la selección nacional a las próximas olimpiadas. Aquel acto terrorista le arrebató todo: la oportunidad de convertirse en adulta, la simpleza de un amanecer, el primer beso de amor...
El despachador de vuelos Carlos Cremata Trujillo viajaba en el CU-455 de Cubana de Aviación que fue reducido a puros escombros y cenizas por dos bombas descritas como dinamita o explosivo C-4. Su hijo Tin Cremata, director de la compañía de teatro infantil La Colmenita, lo evoca como un ser divertido y apasionado que hacía mejor la vida de todos a su alrededor. Era fanático a cantar y a montar representaciones escénicas en su centro laboral y, a veces, se ponía a cocinar con patas de rana y una careta para hacer reír a sus hijos.

El crimen de Barbados destruyó muchas vidas valiosas como la de este hombre peculiar, mató muchos sueños y mucha belleza.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.




