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De cuando Cuba se empina por sus hijos

De cuando Cuba se empina por sus hijos

Por estos días de medidas de contingencia y crisis, vienen a mi memoria aquellas palabras de Pepe Alejandro en Juventud Rebelde cuando unificara las vicisitudes y el sacrificio de toda una nación en Cuba de la Caridad, una mujer-país que nunca abandonaba a sus hijos, sufría junto a ellos todo cuanto acontecía y se reponía cada amanecer por amor y porque cuando la tormenta arrecia no queda más que hacerle frente hasta que el cielo esté despejado nuevamente.

Si damos vuelta a lo vivido, no ha sido fácil echar a andar un país a fuerza de espíritu Quienes construyeron sus vidas en tiempos de escaseces lo saben bien. Otros, como los de mi generación, hijos del periodo especial que tienen remembranzas constantes de lo sucedido porque la memoria colectiva no se permite olvidar, recrean una y otra vez las odiseas de los padres como épicas batallas que ninguno quisiera librar.

Pero la realidad es que ya nuestros padres están viejos y, como Cuba de la Caridad, nos han dado todo cuanto podían y creían que era mejor para nosotros. Unas veces les ha salido bien y otras no tanto; quizás porque las decisiones no han sido las más acertadas o las condiciones no han ayudado a salir adelante como previeron.

Es tiempo de cuestionamientos constructivos con soluciones a mano. Ahora, la mayoría de nosotros es la madre o el padre de alguien, a quien de seguro no vamos a dejar incomodidades en el camino, para que tenga una vida aún más placentera que la nuestra. Estamos aquí, la hora es esta para nosotros como lo fue hace casi tres décadas atrás para las generaciones jóvenes que determinaron no parar y echaron mano a los más ingeniosos recursos.

Transitamos por tiempos difíciles y aunque de momento solo respondan a condiciones específicas, se necesita de todas las manos trabajando juntas, a pesar de cualquier diferencia, para sortear los obstáculos que se pudieran presentar. Para pensar y actuar como país hay que desempolvar la conciencia (quien la guardaba en el ropero), hay que reajustar la vida y centrarnos en salir adelante ilesos, por nuestros hijos y por la Isla que nos ha visto crecer.

Cuba de la Caridad no cree en riñas entre hermanos, ella los ha parido a todos, cubanísimos, los ha cobijado y aunque intenta renovarse cada día para ayudarlos, necesita de la asistencia oportuna que cada uno puede ofrecer para el bien común.

No requiere ni acepta discursos panfletarios en el que primen las terceras personas para referirse al problema como si lo sufriera alguien más y no nosotros, pues solo quien pueda ponerse los zapatos de otro y mirar todos los hombros al mismo nivel, sería el líder que se necesita. Admira a los que emprenden y está abierta a las ideas que allanen el camino para que sus hijos anden seguros.

Nuestra Cuba de la Caridad tiene memoria. Recuerda su bicicleta, sus chismosas para que los niños hicieran las tareas, su fogón rústico, sus estrellas en el cielo alumbrando más porque no había otra luz que les hiciera la competencia. No rememora aquella etapa con anhelos, pero tampoco con odio. Fue un momento de la vida que ya pasó y aunque la idea de regresar a él la estremece, sus hijos pueden sobreponerse, eso la reconforta.

Sobre el Autor

Vania López Diaz

Vania López Diaz

Periodista y fotorreportera del Periódico Guerrillero.

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