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Historia de un joven sastre

Su talento innato para confeccionar y modificar ropa lo hacen muy popular entre los jóvenes / Foto: Tania Pérez Molllinedo

Su talento innato para confeccionar y modificar ropa lo hacen muy popular entre los jóvenes / Foto: Tania Pérez Molllinedo

Jorge Eclat Galván es un joven de 30 años que se dedica a la sastrería, un oficio que ha perdido espacio en la actualidad.

En época tan lejana como el medioevo dicen que surgió la sastrería como tal, pero no llegó a Cuba hasta algunos siglos después, cuando en 1877 se registró en La Habana la actividad con alrededor de 100 sastres.

En Pinar del Río, aunque existen muchas personas que se dedican a la costura, muy pocos ejercen la sastrería. Jorge Eclat Galván es uno de ellos.

Conversamos en el patio interior de su casa. El trabajo allí no cesa; sin embargo, el silencio reina para no atrasar los pedidos, solo retumba el sonido del pedal a cada minuto.

Con un lenguaje pausado, como aquel que no tiene apuro, nos habla de la particular mezcla de su origen. «El apellido Eclat viene del francés. Mi padre es villaclareño y mi mamá habanera, ellos fueron a estudiar a la Unión Soviética, allá nací y me trajeron de meses para Cuba. Hasta 1997 viví en Caibarién, luego nos mudamos a Pinar del Río».

Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro INICIOS

Tal vez la costura la lleve en la sangre, pues como dicen algunos, con el arte se nace, y todos en su familia han hecho algo manual.

Su abuelo paterno era carpintero ebanista y creció viéndolo, el materno era pintor. Quizás por ahí venga la herencia.

«Cuando estaba en onceno grado me regalaron unas camisetas y un short, todo estaba inmenso, se lo llevé a la abuela de un amigo para que lo arreglara y quedó muy chapucero. Le pregunté por qué lo había hecho así y me dijo: ´Hazlo tú´, parece que tenía el día malo.

«Le zafé el dobladillo para hacerle la doble costura, que era lo que más feo se veía. Después otro pulóver que tenía lo convertí en desmangado. Así empecé. Fueron casi tres años desbaratándole la ropa a la gente.

«Yo estaba en la escuela de Informática e iba a coger Diseño, pero no quería seguir estudiando, realmente el diseño no me gusta, soy más de elaborar las cosas.

«Con las mismas amistades empecé a ´entubar´ los pantalones, cuando aquello se usaba un pulóver debajo de los uniformes, y me puse a inventar. Le dije a mi mamá, que también cose: ´Enséñame a coger el ritmo del pedaleo, a coser recto´, después miraba la ropa y le buscaba la lógica a cada pieza».

Tuvieron que pasar años para que se diera cuenta de que podía dedicarse a la sastrería.

«Detrás de los amigos comenzaron a venir otros menos cercanos. La mayoría de los que hasta ese entonces eran mis clientes de prueba siempre estaban en la calle y a ellos le preguntaban: ‘¿Quién te arregló la ropa?’, y así se fue corriendo la bola.

«También se usaba ponerle letreros a los pulóveres y Arquímedes Lores (Nelo) me ayudó con el tema de la pintura acrílica. Eso hizo que me conocieran más.

«Por el 2008 estaba la moda de las camisas sin mangas y poco a poco, haciendo inventos, fui mejorando y mis amigos sugirieron que me dedicara a coser».

EL OFICIO

Es inusual ver a un hombre detrás de una máquina de coser; no obstante, este joven nunca ha tenido complejo por eso, incluso, según su mamá, también borda.

«No me importa lo que piensen los demás. Lo hago porque me gusta. Todo lo que tiene que ver con las manualidades me interesa.

«Una camisa puede llevar mínimo hasta dos horas, y estar todo ese tiempo frente a la misma tela es aburrido. Cambiar de pieza me refresca. En dos horas puedes hacer varias cosas. Lo que realmente me gusta es arreglar».

Actualmente resulta complicado encontrar costureras que cosan bien, a un precio asequible y que entreguen el pedido en tiempo.

Conjugar esos tres factores no es difícil para Eclat, pues lo máximo que demora es una semana; los precios van en dependencia del arreglo, pero a diferencia de otras no cobra su esfuerzo físico. La calidad de sus piezas habla por sí sola.

«He escuchado que algunas piden un precio por el trabajo y otro por el tiempo empleado. A lo mejor lo que es muy difícil para unos yo lo hago rápido y no cobro el esfuerzo. Hay quienes zafan la pieza entera, yo no, solo veo por donde cortar y después armo.

«En un día suave el trabajo me ocupa 10 horas con intervalos. Descanso un rato, voy al gimnasio, paso tiempo con mi novia, regreso y sigo cosiendo».

Casi siempre en el mundo de la costura existen paradigmas y se vive pendiente del último grito de la moda, pero a este joven eso no le interesa en lo más mínimo.

«No me gusta parecerme a nadie ni ver programas de alta costura. Lo único que me he preguntado siempre es quién fue el sesudo que se dio cuenta de cómo hacer la ropa. Siempre busco cosas nuevas, tutoriales, patrones, para aprender, porque no pasé ningún curso».

Como en todos los servicios siempre hay inconformidades de los clientes, pero dice Eclat que en ocasiones son por capricho y desconocimiento.

«Muchos vienen con el eslogan de que el cliente tiene la razón y les digo que están equivocados. Esa frase la creó un italiano para atraer clientela, y ya no funciona.

«Algunos no están conformes porque quieren la ropa de una forma y trato de ayudarlos. Hay veces que te piden que algo quede de una manera, pero con el tipo de tela que traen es imposible.

«Hace algún tiempo se usaron unos pantalones marca KM y un día me trajeron dos idénticos, uno para estrechar y otro para short. Sin darme cuenta los invertí, la única diferencia era la talla. Al final les di el pedido a cada uno y les aclaré que no eran sus pantalones, pero al ser iguales se pudo salvar la situación».

ANHELOS

Quizás lo que más le quite el sueño en relación con el trabajo sea tener algo más profesional, pues las máquinas son muy costosas y difíciles de adquirir.

«Me gustaría tener todas las condiciones para facilitar el trabajo, hacer todo tipo de costura y darle un mejor acabado a las piezas».

Ante la interrogante de qué hubiera sido de no dedicarse a la costura, responde sin vacilar: «No tengo ni idea, tendría que ser algo manual que me interese o relacionado con la cultura física y el deporte.

Confiesa que le encanta el arte del tatuaje, incluso aprenderlo. Por eso trata de documentarse bien sobre el tema y sabe a quien darle su cuerpo para que se lo pinte.

Termina la entrevista. Antes de marcharnos aprovechamos para anunciarle que necesitamos algún que otro arreglo. Ya de salida miramos los cuadros del abuelo colgados en la pared... atrás va quedando el sonido del pedal y nos llevamos el sabor de que un oficio tan antiguo revive en unas manos jóvenes.

Escrito por: Dainarys Campos Montesino y Ernesto Amaya Esquivel

Sobre el Autor

Dainarys Campo Montesino

Dainarys Campo Montesino

Licenciada en Estudios Socioculturales. Ha trabajado como traductora de la versión en inglés del Periódico Guerrillero.

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