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Dolor que no termina

Dolor que no termina

Foto: Ronald Suárez Rivas

El pasado día 17 Nancy Uranga Romagoza, una de las víctimas del horrendo sabotaje contra un avión civil cubano en 1976, cumpliría 65 años. Entre las cosas que más nos duele, es que el imperialismo protegió a los autores principales que murieron jactándose de lo que hicieron, asegura quien entonces fuera su esposo y el padre del que pudo ser su primer hijo.

Antonio Garcés comienza a hablar y los recuerdos lo devuelven de pronto a aquellos trágicos días de 1976 en que la vida le cambió para siempre.

Estamos sentados frente a frente, pero no me mira; su vista se mantiene fija en un pedazo de pared de la habitación, como si tratara de huir del dolor y la nostalgia.

«El tiempo vuela —me dice. A uno le da la impresión de que fue ayer y pronto serán 43 años».

La entrevista surgió por casualidad. «Profesor, ¿cuál es su equipo?», le había preguntado, sin imaginar su respuesta. «Yo soy de Camagüey, vivo en La Habana, y estuve casado con una pinareña. La facultad de cultura física que está allá atrás lleva su nombre: Nancy Uranga Romagoza».

Hasta ese momento, desconocía que al directivo de la Comisión Nacional a cargo de la III Liga Nacional de Fútbol, con sede en Pinar del Río, lo unía a esta provincia un vínculo mucho más fuerte que cualquier torneo deportivo.

El crimen horrendo contra un avión civil cubano que viajaba de Barbados hacia La Habana, con 73 personas a bordo, le había arrebatado a su esposa de 22 años y, probablemente, a su primer hijo.

Cuenta que se habían conocido cinco años atrás, en la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) nacional. Él era atleta de fútbol. Ella entrenaba esgrima.

Él estudiaba la licenciatura en Cultura Física. Ella se preparaba para ser bióloga marina.

«Cuando hablé por primera vez, se encontraba de guardia en la entrada principal de la escuela. Me le acerqué, le dije que tenía unos ojos bonitos y ahí comenzó nuestro romance».

De la ESPA Nacional pasarían a la Escuela de Formación de Atletas de Alto Rendimiento Cerro Pelado.

«Cada uno vivía en su albergue, pero nos veíamos todos los días, después de los entrenamientos».

El 31 de diciembre de 1975, al cabo de varios años de noviazgo, Nancy y Antonio se casaron en Camagüey, y esa misma noche volaron a la capital del país para su luna de miel.

«Las cosas nos iban bien. Nunca tuvimos problemas», dice.

Además de sobresalir en la esgrima, asegura que Nancy era una excelente estudiante.

«Era muy sencilla y jovial. Le gustaba sonreír siempre. Por eso tenía buenas relaciones con todo el mundo».

Garcés recuerda con especial cariño los Juegos Olímpicos de Montreal, en el verano de 1976, la única competencia a la que ambos tuvieron la oportunidad de asistir juntos.

Poco después, él partiría a Villa Clara para jugar el Campeonato Nacional de Fútbol, mientras la joven esgrimista viajaría junto a su equipo a un torneo centro-americano que se disputaría en Venezuela.

«Aquel viaje tuvo muchos problemas. Primero hicieron escala en Jamaica y regresaron para Cuba. Creo que la tercera vez que salieron, fue que pudieron llegar.

«En ese intervalo me llamó a Villa Clara, me dijo que estaba preocupada, que tenía el presentimiento de que no me volvería a ver.

«Yo le respondí que no pensara en eso, que las cosas saldrían bien, pero ya sabemos el desenlace que tuvieron».

El seis de octubre, sobre las cinco de la tarde, Garcés notó algo raro cuando llegó al «Cerro Pelado» para bañarse, comer y salir hacia el aeropuerto a recibir a su esposa.

«Las compañeras de la puerta me saludaron de una manera extraña, y hubo un amigo que vino a darme un abrazo. Ya todos se habían enterado del desastre, pero ninguno se atrevió a decirme nada».

Solo cuando arribó al aeropuerto y comenzó a indagar sobre el vuelo procedente de Barbados, supo de la terrible noticia.

«Me explicaron que había ocurrido un sabotaje contra el avión. Pregunté por los sobrevivientes y me contestaron que hasta ese momento no se conocía de ninguno».

Lo que vendría después no hay manera de describirlo.

«Es prácticamente imposible explicar lo que uno siente. Tener un ser querido y perderlo de esa forma. Saber que no lo verás más. Quedamos destrozados, porque fue algo muy grande», dice sin apartar la vista de la pared.

Al día siguiente se le uniría la familia de ella. «Muchos compañeros venían a darnos las condolencias, a abrazarnos. Fueron momentos muy duros que a uno siempre le duele recordar».

Así transcurrieron varias jornadas, hasta que Fidel despidiera el duelo en una Plaza de la Revolución colmada de pueblo.

«Tengo la impresión de que fue el momento en que más gente ha acudido a la Plaza. Aquello era indescriptible. El discurso del Comandante fue muy profundo y sentido».

El monstruoso atentado había terminado con la vida de su esposa, y quizás con el que sería su primer hijo.

Garcés afirma que en sus últimas conversaciones con Nancy, ella nunca le habló de que sintiera algún síntoma de embarazo. Sin embargo, no descarta que haya podido suceder.

«Nuestro embajador en aquel país ha dicho que desde que llegó, estuvo vomitando, que daba la impresión de que estaba en estado y desde entonces se ha hablado de otro pasajero en aquel vuelo, el número 74.

En aquella época las comunicaciones no eran como en la actualidad. Cuando salíamos de Cuba con nuestros equipos no teníamos más noticias uno del otro hasta que regresábamos».

Aunque la vida continúa, confiesa que hay heridas que nunca se borran del todo.

«Estamos hablando de un crimen horrendo, contra civiles. Eso solo lo pueden hacer gentes sin almas. De las cosas que más a uno le duele, es el hecho de que el imperialismo protegió, a los autores principales y murieron jactándose de lo que hicieron».

Dos años después del atentado contra el avión de Barbados, Garcés puso punto final a su carrera como atleta y comenzó a laborar como entrenador.

Desde entonces, se ha mantenido trabajando por el desarrollo del deporte cubano. Esa ha sido su manera de defender el legado de Nancy y del resto de las personas que desaparecieron en uno de los actos más dolorosos y sangrientos que se hayan cometido contra nuestro país.

Varias veces le ha tocado volver a Pinar del Río, y a los terrenos de la escuela que lleva el nombre de Nancy Uranga Romagoza. «Hay mucha gente que no conoce nuestra historia y se sorprende.

«Por eso, regresar a este lugar a uno siempre le despierta los recuerdos y la sensación de que ella otra vez está aquí».

Sobre el Autor

Ronald Suárez Rivas

Ronald Suárez Rivas

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