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Perros amores

Perros amores

Fotos: Yolanda Molina Pérez.

Dicen que no debo llorarte, incluso aseguran que esas lágrimas atraen la mala suerte; pero no puedo contenerlas. La voz se quiebra si intento mencionarte, los recuerdos tan hermosos que atesoro de tu compañía, afloran a cada instante, por cualquier motivo y duele saberlos solo retazos de pasado, porque la muerte es irreversible.

Extraño tus pasos, sigo cerrando las puertas con cuidado por si vienes detrás, añoro que me persigas por la casa a las horas de comida como sombra cosida a mis pies, preparo nuestros alimentos y cada vez, pienso en el gusto con que la devorarías, recogiendo hasta las últimas migajas, “pescando” algún resto salido del plato, porque si algo siempre te caracterizó fue el excelente apetito.

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Repaso las decisiones tomadas en los últimos días que estuviste y cuestiono cada acto, pensando en cómo pude haber evitado el desenlace fatal; pero no tengo el don de la clarividencia y siempre parecieron las mejores opciones, cada una respaldada por infinito amor, acompañada de cuidados y mimos, para lograr tu recuperación. La inutilidad de tanto desvelo se convierte inevitablemente en frustración y dolor.

Ver a otros sobrevivir en condiciones adversas, incrementa la sensación de impotencia. Aun te siento en mis brazos, cuando tomé tu cuerpo inerte para amortajarte en una sábana, ya otros, también cargados de ternura, habían cepillado tu pelaje para no darte sepultura con restos de suciedad, esa que acumulaste en las últimas horas de existencia cuando intentamos reanimarte de las más diversas maneras, desfalleciste en un regazo de cariño.

Cuatro pares de manos te sostuvieron a cada instante, pasamos noches en vela para no perder un minuto la evolución de tu estado, los conocimientos de los especialistas y las constantes visitas en busca de asesoramiento no lograron el milagro, y cada indicación fue cumplida al pie de la letra.
Dicen que no debo llorarte, porque tu inexplicable muerte, cuando estabas lleno de vida puede ser expresión de que nos protegiste de algo, pero eso ya lo sabía, desde que llegaste a nuestras vidas fuiste un talismán. Nos diste dicha y algo más importante, contigo aprendimos una nueva manera de querer.

Y es que no éramos de esas familias acostumbradas a tener mascotas, tampoco ahora, lo que si acogemos a cada uno de sus miembros con pasión; te vimos y sentimos como parte del clan, más de una vez reajustamos planes en aras de tu bienestar, aprendimos a mirar el mundo pensando en ti, la necesidad de incluirte y crear servicios que garanticen cuidado y atención para los de tu especie y otros similares.

A pesar de andar en cuatro patas, de tener tu cuerpo lleno de pelos, de comunicarte con ladridos, saltos y “ojitos”, nada pudo evitar que fueras el bebé de la casa. Te extraño tanto que echo de menos encontrar esas bolas lanudas en cualquier parte, que me acompañes en mis amaneceres tempranos, exigiendo que abriera la puerta de la terraza, añoro que los cojines de casa huelan a ti, aunque no siempre fuera el más grato olor. Rompiste todas las barreras, entre ellas la de limitarte espacios, claro tuviste dos excelentes cómplices, mis hijas; lucharon por ti hasta coronarte y convertirnos a nosotros, los humanos, en tus súbditos.

Faltan tus ronquidos, esas poses en que dormías que cuatro años no alcanzaron para darlas a conocer todas y nos sorprendías una vez más con las dotes de contorsionista, la carrera apresurada cuando llegaba quien estaba fuera para atrapar el primer saludo, el ladrido vigilante para anunciar la presencia de extraños, tu calma, el toque de esas patitas sobre las rodillas, tus temblores ante tormentas eléctricas o fuegos artificiales… Dicen que no debo llorarte, ¿y qué hago con este dolor?; porque el cariño que me inspiraste no pude sepultarlo con tu cuerpo, ese que depositamos junto a un ramo de rosas rojas, en un recóndito paraje, no sobre la tumba, sino junto a ti, para que la suavidad de los pétalos te acompañe por siempre como lo hicieron nuestras caricias.

No pude dejar de darte de darte las gracias entre sollozos y es que las cosas buenas hay que saber apreciarlas, y con 41 años aprendí que hay otros tipos de afectos, relaciones en las que recibes un amor incondicional a cambio de muy poco, nos hiciste mejores personas y familia, ni siquiera un mal recuerdo ensombrece el evocarte, porque tu independencia e indiferencia a ciertas órdenes no fueron más que expresiones de dignidad, eso siempre se respeta y admira.

Desoigo las voces que recomiendan no llorarte, este llanto es por la pérdida de un ser querido, ¿qué importa que el cariño lo inspirara un perro? ¿Es por eso menos legítimo el sentimiento, la pena? Frodo, fue el nombre que recibiste para este breve paso de cuatro años y dos días por la vida, y fue ideal, porque como el personaje de la película que lo inspiró, eras un elegido, tu misión: Agrandar corazones, sin dudas, triunfaste.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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