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Invento en «El Infernal»

Piscina en una carreta

Fotos: Yurina Piñeiro Jiménez.

El ingenio y la creatividad de los padres no tienen límites cuando de complacer a los hijos se trata; nadie me lo contó, lo comprobé con mis propios ojos.

Un jolgorio irrumpió en la quietud peculiar de mi barrio días atrás, y toda la familia que estaba reunida en la sala salió al portal para ver de qué se trataba.

«¡Ñooo, apretaron. Tremendo invento!», decían unos. Otros solo miraban y sonreían. Y no faltaron los que se sumaron a aquella fiesta sobre cuatro ruedas.

Hasta entonces los vecinos de El Infernal -así se llama mi barrio- no habíamos visto convertirse la carreta de un tractor en una piscina andante para el disfrute, sobre todo, de los más pequeños.

Mariset y Yamiani fueron los de la idea, quienes además donaron el agua de su cisterna. Rebeca intercedió ante su esposo Osniel, -el tractorista- para que diera la vuelta por la vecindad. Alguien prestó una lona impermeable, la que utilizaron para forrar la carreta. Entonces mandaron aviso a los muchachos más cercanos y en «un dos por tres», el carruaje se llenó y recorrió el camino principal.

Mientras el tractor desplazaba a los bañistas por el vecindario para que otros chiquillos se sumaran, los pasajeros salpicaban a todos los conocidos que encontraban en su trayectoria, al tiempo que los contagiaban de alegrías y motivaciones.

piscina en una carreta 2

El recorrido concluyó en casa de los autores del invento. Allí rellenaron el estanque y la celebración continuó. Ante ciertas travesuras, los padres presentes plantearon reglas para poder entrar y permanecer en la «piscina»: «Nada de juegos pesados, hay que lavarse pies y manos, cero alimentos y bebidas alcohólicas, cada niño con un acompañante que lo cuide»…

Como faltaron algunos pequeños de la comarca, alguien preguntó cómo funcionaría aquello en los días venideros. Los organizadores dijeron que la carreta permanecería en aquel lugar cada día hasta que la cooperativa necesitara transportar algo en ella. ¡Qué buena noticia! Todos los niños del barrio tendrían la oportunidad de bañarse en la piscina móvil.

Con pocos recursos, estos soñadores alegraron a sus hijos, que lamentablemente no cuentan con opciones recreativas asequibles. El campismo Cueva de Los Portales les queda a varios kilómetros. En la zona donde viven no existe un parque infantil. Tampoco las instituciones de Cultura y de Deporte del territorio les ofrecen actividades recreativas. Y ni siquiera las tiendas recaudadoras de divisas y centros gastronómicos del consejo popular comercializan un alimento tan deseado por los niños como el helado.

No sorprende entonces que los progenitores de los infantes de «El Infernal» busquen alternativas para proporcionarles a sus retoños un espacio de diversión. La necesidad los ha obligado a apelar a la invención. Por ello es que Yosniel le construyó a Gabriela una casita en un árbol, que Cary se auxilió de una receta casera para hacerle helado a su nieto y que unos padres como Mariset y Yamiani, -con la ayuda de sus familiares y amigos- convirtieron una carreta de tractor en un gran jacuzzi andante.

Y así, mientras unos se lamentan por el fatalismo geográfico, las condiciones materiales desfavorables o las carencias económicas, hay quienes simplemente deciden ser felices con lo que son y lo que tienen, y por amor a sus seres queridos echan a volar su imaginación y logran inventos tan fascinantes como una piscina móvil.

No obstante, a la capacidad de invención y creatividad de los padres de estos niños, debe sumarse la ayuda de las autoridades locales y demás instituciones estatales de la comunidad. Un apoyo que se materialice a través de proyectos socioculturales e inversiones económicas para crear espacios de sano esparcimiento y recreación.

Junto a la familia, la sociedad tiene también la responsabilidad de contribuir al óptimo desarrollo y bienestar de aquellos a los que Martí llamó «la esperanza del mundo».

Sobre el Autor

Yurina Piñeiro Jiménez

Yurina Piñeiro Jiménez

Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz de Pinar del Río, Cuba

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