Actualizado 13 / 12 / 2019

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A emociones compartidas, homenajes merecidos

Iván

Foto: Vania López Díaz.

Iván ha recorrido los ocho kilómetros que separan su hogar del consultorio 51 en el poblado de Las Ovas, alrededor de 576 veces en los últimos dos años. El transporte es pésimo pero su aspecto impecable, su bata blanquísima y su semblante siempre apacible a pesar de las dificultades. Los vecinos le saludan con la familiaridad que el roce diario brinda a quienes ya no le sienten como un extraño, pues ponen en manos de este médico, toda la confianza.

A sus casi 25 años de servicio no recuerda bien porqué quiso estudiar Medicina, tal vez porque la Defectología se le haría un tanto difícil de aprender si la impartían en ruso. Lo importante es que resultó ser excelente en su labor. Las dotes de buen comunicador y el carisma que le caracteriza no se los enseñaron en la Facultad, esos le abren caminos y corazones agradecidos.

Su trabajo de médico de la familia no termina cuando regresa a casa. Entonces empieza otra faena paralela de llamadas telefónicas para dar seguimiento a algún enfermo o embarazada que fue remitida al hospital. Solo un pequeño que nació pretérmino consta entre las cifras que demuestran su constante preocupación por las gestantes y sus hijos.

Los pacientes saben que no pueden escapar al buen doctor con sus pesquisas para saber sobre posibles fiebres, sus órdenes de análisis complementarios y las orientaciones a mujeres en edad fértil. Pero toda esta labor es normativa de sus funciones en la comunidad. Es el amor con que trata a la gente lo que despierta la admiración de quienes asisten a su consulta.

Y cómo no hacerlo con su propio pueblo si en su haber figura la atención a pacientes en comunidades indígenas de Guatemala y en ciudades de Venezuela. Cómo no velar por la salud de los suyos. Los años afuera no le hicieron olvidar de dónde vino, para trazarse como objetivo ser el mejor médico posible para los cubanos.

Cuenta que no fueron peores las experiencias en Angola que las vividas en las selvas centroamericanas, donde los niños morían por falta de atenciones primarias de salud. Recuerda que tra-bajaba 15 días y descansaba solo cuatro en un lugar ubicado en la ciudad, pero que ninguna adversidad pudo restarle ternura a su trabajo, como aquel en que asistió el parto de una jovencita que, agradecida, decidió llamar a su bebé como él o Cristina como la doctora, según el sexo. Fue una niña, sana y salva, y le puso Cristina.

Admite que el mayor reto de su trabajo es tener contacto constante con personas de la tercera edad, cuyas dolencias y actitudes ante la vida le sorprenden con cada caso que recibe en consulta. Sin embargo, se las ingenia para tener fascinados a todos los ancianos del barrio, con un trato respetuoso y responsable que les lleva a confiar en sus diagnósticos y contar con su opinión en vez de actuar de forma incauta ante cualquier situación que se les presente.

Ellos, sus pacientes más viejos, han pedido este pequeño homenaje para él. Es curioso cómo la gratitud enaltece hasta el más ineludible de los deberes.

Sobre el Autor

Vania López Diaz

Vania López Diaz

Periodista y fotorreportera del Periódico Guerrillero.

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