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La fecunda vida de Francisco Romero Ríos

Francisco Romero Ríos.

Francisco Romero Ríos. / Fotos: Susana Rodríguez Ortega.

Vamos a hacerlo más fácil para ti: escribes en ese reportaje que tengo 78 años y que todavía trabajo», me dijo Francisco Romero Ríos sonriente, procurando sintetizar, sin lograrlo, su prolífica vida.

«Hace 18 años pedí la jubilación, pero no consigo dejar la universidad, así que calcula tú cuánto me gusta la docencia», expresó este doctor en Ciencias, quien ostenta también las categorías docentes de Profesor Titular y Consultante. Siguió hablando al tiempo que revolvía sus viejos papeles frente a mí:

«Ahí guardo 20 medallas, 20 diplomas, 48 reconocimientos y unas 30 certificaciones. Hay tres premios que me gustan mucho: uno consistió en un viaje de estímulo a la URSS con un acompañante y todos los gastos pagados; el otro fue la medalla Hazaña Laboral que otorga el Consejo de Estado y tengo el Escudo Pinareño, la más alta condecoración que confiere la Asamblea Provincial del Poder Popular».

Francisco Romero Ríos 1

El pasado mes de mayo lo honraron además, con el título de Profesor Emérito de la Universidad de Pinar del Río. Esa fue la razón por la cual lo visité hace poco en su casa, ansiosa más de escuchar anécdotas de su vida que la relación de sus merecidos lauros.

«Provengo de una familia muy pobre. A los tres años quedé huérfano de padre y la miseria se agudizó en el hogar. Desde muy niño tuve que asumir la crianza de mis hermanos pequeños para que mi madre pudiera irse a trabajar al hospital, donde se ocupaba de limpiar los implementos médicos y los salones de operaciones», relató.

«Yo hacía el almuerzo y la comida con mi hermanito El Moro cargado. Luego me dediqué a aprender un oficio y empecé a trabajar en un taller de mecánica y refrigeración encorchando los aparatos de tres puertas que se usaban en las carnicerías.

«A la par del trabajo llevaba los estudios, pues matriculé en la Escuela de Artes y Oficios y más tarde en el Instituto de Segunda Enseñanza».

¿Cómo lo aceptaron en el Instituto? Tengo entendido que este era un centro para jóvenes adinerados, le comenté.

«Es verdad. Para que me acogieran en este sitio tuve que vencer exámenes rigurosos y llevar un certificado de muerto de hambre que expedía la Policía.

«Me sentía como un grano de frijol en un saco de arroz a causa de la discriminación tan terrible que imperaba en la época. Debía esforzarme el triple que mis compañeros, ya que no tenía dinero para comprar los libros y me veía forzado a aprenderme los contenidos de memoria en la biblioteca.

«Hasta me metí en un culto allá por la calle Virtudes. No me interesaba la religión ni un comino, pero quería acercarme a la profesora Barba que era devota, para que me prestara los cuadernos de su asignatura.

«Por entonces algunos muchachos de mi generación murieron en manos de la dictadura y aquello me conmovió tanto, que me enrolé en el movimiento de las huelgas y comencé a gritar contra Batista».

Luego del triunfo de la Revolución, Francisco se incorporó a las filas del Ejército Rebelde y tomó parte en diversas misiones a lo largo de la Isla como la lucha contra bandidos. Le encomendaron además la capacitación de varios combatientes de la Marina de Guerra y de la Fuerza Aérea Revolucionaria.

«Una vez me tocó adiestrar a guerrilleros guatemaltecos en la zona de San Andrés», relata. «Les enseñaba el arme y desarme de un fusil, medidas de seguridad, el modo de conducirse en el monte y cómo debían meterse en el río, entre otras cuestiones.

«Descubrí que algu-nos de ellos eran traidores y olvidaban a propósito sus carnés del Partido Guatemalteco del Trabajo en los caminos y los troncos de los árboles, para atraer de ese modo a los bandidos hacia nosotros.

«Un día empecé a dar tiros al aire y los amenacé con matarlos si seguían con esas patrañas. Mi salud se deterioró en medio de aquella lucha y los jefes tramitaron mi desmovilización inmediata del Ejército.

«Me mandaron entonces para el Ministerio de Industrias y luego para Educación. Fui director de una secundaria en Minas de Matahambre, del Regional Guane-Mantua, de la Escuela Provincial de Iniciación Deportiva Escolar, del instituto preuniversitario Hermanos Saíz Montes de Oca -mi antigua escuela en el capitalismo- y del instituto preuniversitario Eduardo García Lavandero, en Arte-misa».

Asumió posteriormente la jefatura del Departamento de Marxismo-Leninismo del Instituto Superior Pedagógico Rafael María de Mendive y el decanato de la Facultad de Español Historia e Idiomas extranjeros de esta misma sede.

Hizo mucho más. Aprendió inglés, portugués e idioma ruso; estuvo en África cumpliendo misión internacionalista y escribió materiales de apoyo a la docencia así como volúmenes y artículos entre los que destacan su Folleto de aproximación a los problemas sociales de la ciencia y la tecnología y la Historia del movimiento obrero pinareño. Es a su vez uno de los coautores del libro Síntesis histórica de Pinar del Río.

Sobre su vida personal, comenta que es padre orgulloso de cinco hijos, porque a los tres propios les suma los dos retoños de su esposa Amada.

«Los momentos más felices de mi vida los he vivido junto a esta mujer», refirió mi entrevistado y agregó que la conoció cuando era apenas una niña, en la secundaria donde él enseñaba. Años después fue su alumna en el Pedagógico, pero entonces no tenía ojos para las muchachas bonitas, solo para su trabajo.

«Yo lo trataba con respeto, aunque no te niego que me atraía mucho su forma de ser, su estatura, su sonrisa», confesó Amada, quien estuvo presente mientras duró nuestra entrevista.

«Pasó el tiempo, cada cual hizo su vida y un día me lo encontré de nuevo en el parque. Yo iba pasando y el profe estaba sentado allí con una amiga mía. Entonces me llamó:

-¡Hey, Amada!, ¿dónde estás metida?, ¿qué es de ti?

-Yo bien profe, me jubilé hace poco.

-¿No me digas? Oye y de casualidad sabes dónde venden café en polvo por aquí cerca.

-Claro, al doblar la esquina hay un puesto.

-¿Quieres acompañarme un momento?, digo, si no te perjudico.

-Para nada profe, si caminar a su lado es un orgullo muy grande - le respondí y esa frase marcó el inicio de nuestra relación, porque a partir de ahí nos veríamos muy a menudo, hasta que al final fraguó aquel romance.

«Mi vida dio un vuelco completo cuando Francisco entró en ella. Es el mejor compañero que alguien puede pedir», concluyó la otrora maestra.

Después de dialogar por un buen tiempo con ambos, me acompañaron hasta la salida. Francisco nos superaba en tamaño a su esposa y a mí. Animado y familiar extendió un brazo sobre mi hombro y me dijo:

«Ves ese jardín, yo mismo lo chapeo. Tengo ánimo de hacer cosas todavía, periodista, quiero vivir».

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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