La Patria en pasteles
- Escrito por Yanetsy Ariste
Fotos: Januar Valdés Barrios.
Antonio Guerrero expone parte de su obra visual en la sede del Centro de Gestión Estratégica para el Desarrollo Local (Gedel), bajo el auspicio de la Empresa de Proyectos de Arquitectura e Ingeniería de Pinar del Río (Genésis).
¿Quién asegura que el autodidactismo no construye a un artista o que se necesitan academias para hacer germinar el talento?
Antonio (Tony) Guerrero es un ejemplo de creador autodidacta, cuya afición surgió sola dentro de circunstancias especiales: privado de libertad. El arte lo salvó de la soledad y creó un puente para interconectar a muchas personas con Los Cinco.
«Las 134 piezas incluidas en la muestra Pasteles, entre retratos, marinas, naturalezas muertas y desnudos femeninos, tienen un conglomerado de cuestiones internas», aseveró Tony.
«Cada vez que llegaba una obra a Cuba tenía el significado de una lucha. Muchas de ellas recorrieron Estados Unidos de un estado a otro. Nuestra batalla se trataba de llegar a la gente».
EL ENCUENTRO CON EL ARTE
«En el encierro las personas comienzan a conocerse a sí mismas.
«Sin contar con una preparación o formación nacieron en mí la poesía y la pintura. Todo es consecuencia de factores de la mente del propio ser humano y del medio que te rodea. La prisión no te da muchas opciones, pero algunas cuando llegan, si las puedes tomar, te abren una dimensión muy grande y eso sucedió conmigo».
Alcanzó la poesía gracias al apoyo de las personas sensibilizadas con su causa antiterrorista y el de sus hermanos (René, Gerardo, Fernando y Ramón) que lo impulsaban a crear. Para escribir necesitaba valentía y soltura. Cuando lo hacía pensaba en calmar a todos, por eso en sus versos habita la armonía, la paz y la esperanza.
Su acercamiento a la pintura ocurrió gracias a Andrés, un negro americano que luego se convertiría en su compañero de celda. Él lo conminó a hacer un retrato, dándole un pedazo de papel, goma y lápiz.
«Lo original tiene un valor muy grande, el arte también se cultiva y requiere estudio, aunque prevalece lo que está en el interior», dijo.
Esa ideología lo motivó a educarse en la métrica, los estilos de la poesía y la historia, así como en los tonos y las propiedades del color. En su opinión, cuando alguien es capaz de hacer algo que da luz, la gente lo respeta.
En uno de sus versos, contenido en el libro Poemas confidenciales, usted sentenció: «Voy a tu lado amor, con complacencia/ como un sentimental empedernido». ¿Se considera así de apasionado?
«Sí. El Che decía que un revolucionario sin sentimientos de amor no lo es. Para entender mejor este mundo, hay que sentir; eso significa que eres capaz de des-prenderte de ti mismo, de ver más allá de tu egoísmo y sentir lo ajeno como propio. Así vivo yo, o al menos, trato de vivir: siendo este sentimental».
En su incursión, primero trabajó el grafito, luego la acuarela y después el pastel. ¿Qué distingue esta técnica en particular?
«El pastel es impresionante. Tiene la capacidad de mostrar una brillantez extraordinaria sobre el papel. Contiene el color en su pureza, porque es el polvo o tinte con el que se fabrican los materiales para una acuarela o un óleo, los cuales cuando se procesan sí van perdiendo su naturaleza original.
«Mi aproximación a él nace de un hecho casuístico: Un recluso llegó a la prisión de máxima seguridad donde estábamos y los traía. Él nos enseñó a un grupito de tres o cuatro presos. No era algo popular. Ellos más bien se dedicaban a crear postales y retratos para vender. Eso era lo opuesto a lo que hacíamos, porque nunca usamos el arte como medio de enriquecimiento.
«Sí puedo decir que el pastel constituyó la técnica que me ayudó a salvar momentos muy complicados, cuando debía permanecer en la celda un día tras otro».
¿Por qué el género predominante en su producción visual es el retrato?

«En el retrato nace lo que yo hacía», dijo.
Su carrera de Ingeniero Civil adiestró el trabajo de la línea. Con Andrés aprendió a emplear el sistema de cuadrículas sobre el papel de acetato, que luego ampliaba a otra escala. Más adelante, en la escuela de la prisión, agrandaba las imágenes en la fotocopiadora y por detrás calcaba el rostro de la silueta exacta.
«Sobre la taquilla de mi celda había un mural de madera (quizás de corcho), en el que tenía una foto de un cuadro del Che que Aleidita, su hija, me mandó. Ese fue mi primer retrato al pastel».
¿Era difícil acceder a los materiales en ese contexto y luego enviar los trabajos a Cuba?
«La prisión daba ciertas posibilidades de acceso. Si venía por un departamento de recreación con un catálogo, el material se admitía mientras no fuera peligroso y no estuviera limitado. Era posible adquirirlo si tenías el dinero. El papel sí lo tenía que poner la institución.
«Los trabajos los enviábamos a través de la Sección de Intereses de Cuba en Estados Unidos. Había que llenar un formulario, eran sometidos a un chequeo. La Sección de Intereses nuestra (hoy embajada) los enviaba a Cuba y ya en el país llegaban a las manos de los familiares. Aquí siempre tuvieron un destino» (en instituciones como la biblioteca Rubén Martínez Villena o para figuras como Eusebio Leal).
PROYECTOS
Desde su arribo a la Isla, Antonio no ha escrito ni ha pintado más, por razones de tiempo. No obstante, afirma:
«Tengo proyectado con el Museo Nacional de Historia hacer unas acuarelas sobre los murciélagos a partir de una investigación que admiro mucho. Es un compromiso en mi interior. Creo que van a venir por sí solas al tomar el caballete. Eso sí, me concibo creando algo distinto de lo que hacía en la prisión».
VALORES
Antonio Guerrero es uno de cinco hombres que esquivaron la ignominia del imperio y como Martí se multiplicó en todas partes. Por eso no me extrañó que al preguntarle si tuvo la certeza de que volvería a su Patria cuando Fidel lo aseveró, respondiera:
«Se trata de una resolución personal. Siempre estuvimos presentes, porque andábamos por Cuba, por el mundo. Uno no tiene que estar físicamente para estar presente y el regreso de Los Cinco se produce cuando él dijo ‘Volverán’. Lo demás consistía en ver pasar el tiempo, saliésemos o no, aunque tuviéramos que morirnos allí».
Este cubano insiste en que su vocación artística es un misterio. Es casi una excepción, porque su producción creativa no existe antes o después del presidio; sin embargo, tiene talento de sobra, aunque es modesto para agenciárselo.
Como hombre sensible, reconoce que el legado más importante de un ser humano son las obras, el resto es transitorio.