El día que la Revolución reanudó su marcha
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
La frustración y miseria del pueblo cubano alcanzaron su máxima expresión tras el golpe de estado orquestado por Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952. Una verdadera película de terror vivía la Isla bajo el régimen cruento de esa dictadura que aplastaba la libertad y dignidad de sus hijos.
Romper su yugo devino el sueño de un grupo de jóvenes guiados por el abogado Fidel Castro Ruz. Provenían de distintos estratos sociales, pero eran en su mayoría trabajadores pobres y explotados por el régimen al que tanto deseaban combatir.
En secreto conspiraron para lograr su meta y consolidaron así un movimiento fuerte que se extendió a lo largo del país. En la madrugada del 26 de julio de 1953 esos valientes hombres emprendieron simultáneamente el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en las ciudades de Santiago de Cuba y Bayamo, respectivamente.
Las acciones combativas se frustraron ante un enemigo superior en armas y hombres, atrincherado en bastiones que le ofrecían seguridad y ventaja.
En los días posteriores los esbirros de la tiranía persiguieron y masacraron a varios de los asaltantes sobrevivientes, obedeciendo la orden de matar a 10 por cada guardia caído.
El profesor e investigador José María Sánchez apunta en su libro Síntesis histórica de Pinar del Río que el contingente de vueltabajeros que tomó lugar en estas acciones estaba en el orden del 20 por ciento del total. «De los 61 caídos, 16 eran pinareños», sostiene el historiador.
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Pocos días antes de los sucesos relatados, Juan Domínguez Díaz le comunicó a su madre que partía rumbo a unas fiestas en Varadero. Ella le creyó al verlo tan bonito, vestido con su traje blanco y aquella corbata roja que le asentaba muy bien.
«¿No vas a darme un beso antes de irme?, vieja», le dijo él mimoso, cosa a la que no acostumbraba, pues era más bien sobrio de carácter.
«¿Es que no vas a volver?», contestó su madre en broma sin sospechar que aquel era el último cariño que recibiría de su Juanito.
Natural del central Merceditas, en Bahía Honda, este joven curtió sus manos en las duras faenas del campo y conoció la incertidumbre de los tiempos muertos.
Más adelante trabajaría como mensajero en una farmacia de La Habana y de mimbrero en una fábrica de muebles de Lawton.
En la capital se identificó con las inquietudes políticas de la juventud ortodoxa y compartió los ideales revolucionarios de la generación del centenario del Apóstol. Nada se supo de él hasta que apareció en la relación de asaltantes muertos aquel 26 de julio. Se presume que fue hecho prisionero y asesinado posteriormente.
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Gregorio Careaga Medina cayó en un sueño hondo después de haber enfrentado fieramente a los soldados del «Moncada», segunda fortaleza militar en importancia del país. Cuando los jefes ordenaron la retirada, logró replegarse y abordar una rastra hasta Maffo.
En las afueras del pueblo los vecinos dispusieron un garaje para que aquel hombre extenuado pasara la noche; pero fue sorprendido rápidamente por la guardia rural que no dudó en torturarlo y arrebatarle su preciosa vida.
Como si no bastara matarlo una vez, ataron luego su cadáver a una palma en un sitio conocido por Biajaca, donde lo acribillaron a balazos.
Gregorio era hasta entonces un hombre normal que se ganaba la vida vendiendo periódicos, construyendo casas o haciendo trabajos funerarios en su natal Artemisa; pero acababa de convertirse en un mártir.
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El lunes 27 de julio el cuerpo sin vida de Luciano González Camejo apareció junto al de otros dos compañeros en la finca Ceja de Limones. Lo habían matado por su participación en el asalto al cuartel de Bayamo, sin embargo, nadie supo con certeza las circunstancias y momento exacto de su muerte.
Lo cierto es que Luciano tenía 40 años, una mujer adorable, Barbina, y dos niñas que eran la luz de sus ojos.
Una vez le encomendaron colocar en la torre más alta del central Merceditas, lugar donde vivía con su familia, una consigna política de la época que rezaba: «Muchacho, dile a tus padres que Batista es el hombre».
Luciano puso el cartel, solo que la «o» de hombre la sustituyó por la «a» de hambre, lo que le trajo serios problemas, al punto que tuvo que alejarse por un buen tiempo de este sitio.
Cuentan que la partida de este pinareño hacia Santiago de Cuba se produjo bajo la más absoluta discreción. A diferencia del resto de los comba-tientes, él no había participado en prácticas de tiro ni actividades de comando. Desnudo de experiencias fue al combate. Todo lo que llevaba consigo era su profundo valor.
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A pesar de constituir un fracaso militar, el «Moncada» sentó las pautas para un cambio histórico que desmoronó las bases de la tiranía hasta quebrarla definitivamente.
Este hecho se caracterizó por su marcado carácter popular, pues sus protagonistas fueron en su mayoría trabajadores humildes.
Quedó demostrado que la continuidad de la Revolución era posible, y que había heroicidad en la sangre de los hijos de Cuba.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.