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Fernando: un hombre de bien

Fernando Quiñones

Fernando Quiñones. / Foto: María Isabel Perdigón.

Para los trabajadores de Guerrillero, Fernando, fue como el árbol del patio que existía cuando naciste; a su sombra jugabas con amigos, robaste el primer beso y fue el tronco donde recostarte a tomar aliento. Das por sentado que siempre va a estar porque forma parte de la casa, retiene en sus ramas las tempestades y en días de intenso sol ofrece la frescura.

El “Ferna”, era la mesura hecha persona, y en eso estaba su trascendencia, siempre de maneras correctas, servicial, educado, eficiente y conocedor de su oficio.

Su sentido del humor era peculiar, con una ironía refinada para provocar la sonrisa. Absolutamente siempre, portador de buen ánimo; incluso cuando el cuerpo comenzó a traicionarlo, y su delgada figura coronada por la palidez vaticinaban fragilidad y cansancio, en sus palabras o modo de proceder, no hubo nada que dejara entrever el dolor.

Se nos fue alguien a quien el amor por la profesión lo llevó de la barra de plomo hasta la era digital: “Llama a Fernando, para que él te diga”; esa era invariablemente la respuesta ante cualquier duda sobre la extensión de un trabajo, esas veces que no sabíamos cómo ajustar el espacio para lograr la cantidad idónea de palabras e imágenes.

No solo nos decía, sino que ofrecía alternativas: “Si pones dos fotos verticales ganas 10 líneas”, “Con una sola foto horizontal tienes 20 más”, “Con tres fotos y 100 líneas ya está la página”, “Lo ideal son fotos verticales y horizontales para mover el diseño”. Si tenías o no lo necesario, ya era otra cosa, pero él te daba ideas, un genuino solucionador.

Más de una vez nos puso a salvo de publicar erratas o barbaridades escritas con premura, desde el anonimato, como una roca a la que pensamos que el tiempo no haría desgaste.

Su jubilación fue breve, pronto estuvo reincorporado y creció la confianza en su permanencia.

Sabíamos que estaba enfermo, pero a su alma no le hizo mella el mal del cuerpo y siguió ahí, hasta sus últimos días, dando forma a las páginas que llegarían hasta los lectores.

Ese es el Fernando nuestro, el otro, es el apegado a la bicicleta y a su familia, orgulloso de la belleza de su esposa, compañera de vida por medio siglo y depositaria de los cuidados y mimos que solo se prodigan al amparo de la pasión.

Más de una vez los guasones trataron de sacarlo de paso por su constante desvelo por ella, pero siempre sorteaba las bromas con las maneras de caballero. Quizás por los años que juntó palabras aprendió a usarlas con acierto y tenía la capacidad de la sentencia, frases cortas, juiciosas, donde iba la sapiencia de los años y zanjaba así cualquier situación.

Hay muchos espacios donde queda un vacío con su partida, pero sin duda perdurarán sus huellas, los buenos recuerdos que construyó durante su vida en la de los otros, como amigo, esposo, padre, abuelo, hombre de bien que supo ser.

No existen fórmulas mágicas que ayuden a sobrellevar la muerte, ni en tu hogar, ni en la redacción del periódico al que te consagraste; estarás retenido entre dos mundos, porque los vivos te evocaremos y cuando el tiempo ayude a cicatrizar la herida que abrió tu partida, lo haremos con alegría, porque sabías que íbamos hasta ti a pedir ayuda y siempre nos recibías con una sonrisa, y eso, lo tenemos que honrar.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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