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El lenguaje de los abanicos

El lenguaje de los abanicos

Foto: María Isabel Perdigón.

No es una tendencia de la moda para el año, sino que las altas temperaturas de este verano ardiente han dado un gran protagonismo al abanico, prenda surgida en Cuba a mediados del siglo XIX.

Si subes a un ómnibus del servicio público, en cualquier calle y a cualquier hora, en el centro de trabajo y hasta en la mismísima playa, ahí está el abanico, moviéndose según el ritmo que le imprima la mano de su dueño, llevando el frescor que atenúa el intenso calor.

Y es que se ha hecho imprescindible por estos meses habitualmente calurosos, si se tiene en cuenta que en Cuba en reiteradas ocasiones en la actual etapa los reportes en estaciones superan los 35 grados y la máxima de 39,1 grados celsius de este 30 de junio registrada a las 3:30 de la tarde, en Veguitas, provincia de Granma, constituye un nuevo récord nacional absoluto de calor.

La poca nubosidad y la debilidad de los vientos favorecieron el intenso calentamiento vespertino en el área –según expertos- mientras un sistema de altas presiones en los niveles bajos y medios de la tropósfera influía sobre la región oriental.

En la etapa del surgimiento del abanico en la Isla, su preferencia generó una competencia entre los importados de Europa y los fabricados en la mayor de las Antillas por artesanos y decoradores, según referencias de EcuRed.

Comprados sin decoración, posteriormente eran pintados o bordados o utilizados como autógrafos. Agrega la fuente que el accesorio ganó celebridad, pues comparados con los europeos, su autenticidad estaba basada en el toque de cubanía imprimido por sus fabricantes.

Se dice que la primera fábrica de abanicos en Cuba fue fundada por el veneciano Bonifacio Calvet y Rodríguez, por la década del lejano 1830 y estuvo ubicada en la calle Cuba número 98.

Los hubo entonces de carey con detalles en oro y plata, de madera, hueso y marfil, plumas, pero el más popular resultó el llamado pai pai o flabelo, el más sencillo y antiguo, pues sus orígenes se remontan a la propia evolución del hombre.

Ese modelo se usó en principio para ahuyentar a los insectos y refrescar un intenso calor y su conformación es sencilla: un mango y una pieza generalmente redonda.

De acuerdo con páginas digitales, su nombre procede del latín vannus y del verbo portugués abanar, que significa aventar y posee un lenguaje universal, referido al modo en que lo empleaban las damas para poder comunicarse con un caballero de una manera discreta.

Varía en función del país y la época, pero generalmente abanicarse despacio significa falta de interés o indiferencia hacia el galán; apoyar los labios en su borde se traduce como desconfianza o incredulidad; apartarse el pelo de la frente con él indica “no me olvides” y deslizar el dedo índice por las varillas ¨tenemos que hablar¨.

Lenguaje aparte, lo que sí ha trascendido es su valor utilitario, aunque también prevalece la teoría de estudiosos de los astros, que afirman es buena suerte tener un abanico, toda vez que al moverlo, su brisa puede quitar del camino de la persona que lo lleva, todo lo desagradable.

Y siendo así, desde ya se puede vaticinar su existencia por los siglos de los siglos.

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