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Día para los domadores de adultos

Día para los domadores de adultos

Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro.

Hay un montón de frases, teorías y argumentos para idealizarlos; su defensa ha inspirado actos heroicos; son considerados paradigmas de inocencia, honestidad y alegría; trabajamos porque se supone hemos de legarles el futuro, pero lo cierto es que desde ahora son dueños del presente.

En condiciones ideales, son fruto del amor y su nacimiento una decisión cuidadosamente pensada, son como una luz que desde pequeño sabes que algún día puedes alcanzar, certeza de madurez y estabilidad.

Cuando te preparas para hacerte responsable de uno por primera vez, los que tienen experiencia se sienten en la obligación de advertirte: “Tu vida cambiará… nunca volverás a ser la misma persona… ahora lo verás todo diferente…” y muchas cosas más, solapadas entre sonrisas y vaticinios de felicidad. Te anuncian también que perderás ya por siempre el sueño y la tranquilidad.

Con la euforia de quien va a iniciarse te apegas solo a lo positivo y das por sentado que esas verdades de Perogrullo, sabidas por los siglos de los siglos, no son tan drásticas y tú que vas a ser el mejor manejador de todos vas a estar a salvo de errores repetidos por otras generaciones.

No hay libros que contengan todo el conocimiento necesario para “adiestrarlos”, tampoco hay manuales a prueba de fallos, no puedes deshacer las operaciones que realizas y menos para criarlos con la seguridad del éxito; aunque similares, cada uno es irrepetible, por lo que funcionó en algunos casos provoca estruendosos fracasos en otros.

Arriban con una imagen indefensa, pequeños y desvalidos, con un aroma que nos embriaga y da sensación de complacencia con solo inspirarlo; pero, ¡cuidado!, están dotados de dos armas letales: el llanto y la risa que han sido descritas como instrumentos infalibles de dominación de adultos.

El empleo indistinto de ellas creará un estado de encantamiento en la habitación y varios metros a la redonda, donde todos los seres con implicación afectiva, se subordinarán a lo que suponen sea la voz de mando, para satisfacer sus deseos, necesidades o caprichos.

Sí, son ellos los niños. Todos alguna vez lo fuimos, aunque con frecuencia hay tendencia al olvido y no solo porque haya una etapa de la infancia donde no se atesoren recuerdos, sino porque es un periodo efímero al compararlo con el resto de nuestras vidas.

En sus días buenos son un surtidor de dicha y alegría; en los malos nos colocan en el medio del pecho la asfixia de la angustia, a veces con rabietas y malacrianzas, sin embargo, el verdadero ahogo proviene de verles padecer ya sea física o emocionalmente.

Un niño enfermo o triste es la mayor pena imaginable; y uno saludable y feliz irradia más luz que cualquier estrella; todos son hermosos y fascinantes, cada cual, a su manera, con las peculiaridades que heredó por genética o que adquirió del entorno social.

En ellos se anida la esperanza y la promesa del mañana, por eso son la mayor riqueza de cada familia, pueblo o nación. En la nuestra tienen aseguradas condiciones que en otros muchos lugares sonarían a privilegio y, aun así, no es suficiente.

Porque no basta con darles derecho a la instrucción y a la salud, hemos de propiciarle el desarrollo pleno de sus capacidades y habilidades, en ambiente de confort y seguridad; no todos están rodeados del cariño y los cuidados necesarios, ni gozan del mismo bienestar material.

Y no es un asunto de idealismo, sino de pragmatismo; no tenemos que construirles un futuro, debemos formarlos para que lo forjen, como hombres y mujeres capaces, distinguidos por el buen obrar en cualquier esfera de la vida; legarles un país erigido sobre la justicia y la equidad, talladas a la perfección para que sean los pilares sobre los que se yergan con fuerza cuando les toque a ellos multiplicar los niños.

Siempre conscientes de que ese periodo breve es donde se fertiliza la simiente del espíritu, para que en él florezcan los dones y virtudes que puedan hacer luz, aun en tiempos de penumbras.

Cuidemos de la infancia, no porque seamos responsables de la vida que creamos o por el amor que nos inspiran, sino porque ese es el grial de la pureza, el talismán que nos protege del raciocinio desmedido, el más perfecto hechizo para la inmortalidad, la melodía inacabable de la vida y crucemos los dedos para que ellos triunfen donde nosotros fracasamos, que a fin de cuentas sus éxitos nos regocijan más que los propios.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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