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Cuando hornear es un placer

Para Adrián el secreto de la buena repostería es trabajar con el corazón / Foto: Januar Valdés Barrios

Para Adrián el secreto de la buena repostería es trabajar con el corazón / Foto: Januar Valdés Barrios

Fue en internet donde vi por primera vez un trabajo de Adrián. Se trataba de una torta rellena de fresa, mermelada y crema de mantequilla, cubierta por una capa estimable de chocolate en la que flotaban cuatro cerditos de fondant.

“El fondant es una pasta comestible con una consistencia parecida a la plastilina que se usa mucho en repostería”, me explica el repostero de 26 años mientras moldea, para que yo comprenda el proceso, una rosa de este material.

Luego comenta algunos de los trabajos que ha asumido tales como un cake con la forma de una ficha de dominó, otro que recrea un estadio de pelota, un bafle a tamaño real, un parque jurásico, cuentos de hadas, personajes de Disney, una pista de carros, un tabaco enorme y hasta la graciosa estampa de un lecho nupcial en el que el esposo se recostó molesto porque la novia se pasó de tragos.

“El único límite aquí lo fija la imaginación de nuestros clientes. Jamás rechazamos un encargo, sin importar cuán loca sea la idea o el esfuerzo que nos cueste materializarla”, afirma.

“Las personas viajan mucho, navegan en la web, observan lo que se hace en otros países y cada vez más apuestan por un cake personalizado. Eso tratamos de ofrecerles aquí: un producto que se les parezca, que sea hermoso y agradable al paladar”.

Adrián realiza los decorados en una habitación climatizada a 18 grados, que luce más bien como un taller de arte. Hay pinceles, frascos de brillo comestible, moldes de silicona y decenas de herramientas pequeñas como un aerógrafo con spray de color para dar un acabado artístico a cada entrega.

En la pared de fondo se observan cuadros alegóricos a Chaplin y citas de pensadores famosos. Uno de los pensamientos pertenece a Albert Einstein y señala que “...hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”.

“El sueño mío era hacerme pintor. Hice incluso las pruebas de aptitud para la Academia de Artes Plásticas de Pinar del Río, pero no pasé. Parece que la vida me tuviera reservada otras oportunidades. Matriculé más tarde en la escuela de Economía y Comercio y trabajé por un tiempo en una carnicería, pero definitivamente aquello no era lo mío”, relata.

Su padre le cedió entonces un cuarto en los altos de su casa, en la calle Justo Hidalgo, para que montara allí su propia pastelería.
“Empecé a hacer pastelitos de hojaldre con Omar, un muchacho al que conocí casualmente en un banco. A las seis de la tarde arrancábamos y no nos deteníamos hasta las cinco de la madrugada.

“Éramos ambiciosos y queríamos crecer, así que un día nos propusimos elaborar cakes desde una óptica artesanal y nos lanzamos de lleno a la aventura.

“Todo lo que aprendimos fue de manera autodidacta. No tuvimos maestros ni pasamos curso alguno. Internet era y continúa siendo nuestra fuente principal de conocimientos.

“Al principio las cosas salían mal; pero de eso se trata un proyecto, de equivocarse y volver a intentarlo sin cansancio en un sistema continuo de prueba y error”.

Ambos dulceros idearon soluciones criollas ante la carencia de tecnologías y fue así como surgió el molinillo de azúcar que utilizan para micropulverizar la sacarosa. Igualmente trabajaron, de conjunto con un mecánico, en la concepción de una batidora de 30 litros.

“La gente nos decía: ´No se metan en eso, que es muy difícil´, pero la vida está hecha de riesgos y hay que afrontarlos”, asegura Adrián.

Foto: Januar Valdés Barrios Foto: Januar Valdés Barrios

En la habitación contigua a la suya, su compañero se encarga de conformar las mezclas y manejar el horno. Es un muchacho espigado. Sus ojos de un azul muy claro, constituyen el rasgo más revelador de su rostro.

“Nunca pensé que llegaríamos a este nivel”, advierte Omar. “Nuestros inicios fueron con una merenguera de mano que apenas batía siete huevos y ya ves, nos hemos superado a pesar de las carencias de materias primas y otros obstáculos que se presentan por el camino.

“Somos un buen equipo. Hay empatía y amistad y creo que eso es fundamental para que las cosas marchen bien”, prosigue.

El equipo completo de Adrian´s Cake / Foto: Januar Valdés Barrios El equipo completo de Adrian´s Cake / Foto: Januar Valdés Barrios

“Actualmente curso una licenciatura en la universidad de ciencias de la cultura física y el deporte Manuel Fajardo. Mi deseo es poder ejercer la profesión que estudio, pero seguir hallando tiempo para la repostería”.

Adrián, por su parte, añora ser cada día más hábil en su oficio:

“En mi familia dicen que soy el mejor dulcero de Pinar. Eso es porque me quieren mucho, claro que no me creo algo así. Tengo demasiado por aprender aún. Quisiera participar en eventos importantes de repostería, mirar lo que otros hacen, ¡quién sabe si lo logre algún día!

“Mientras tanto, continuaré estudiando, actualizándome, esforzándome por ser bueno y el secreto de ser bueno es amar lo que uno hace y tener palabra. Si quedas con un cliente en que la entrega se hará a las seis en punto no deberías tardarte ni un minuto.

“La gente me ve con el pelo pintado y se figura que soy irresponsable; pero me tomo muy en serio este trabajo”, manifiesta mi entrevistado. Adora los cakes negros con detalles en dorados, le gusta compartir en familia y su pasatiempo favorito es el Dota, un videojuego de estrategia en tiempo real en el que dos equipos de cinco o seis jugadores rivalizan a través de personajes denominados héroes.

Asombra cómo siendo tan joven, consiguió levantar un negocio sólido. Eulalia su abuela, no esconde el orgullo que el nieto le provoca: “Él es mi razón de vivir. Es un muchacho muy bueno al que le gusta la prosperidad. Así fue desde chiquito”.

De niño, Adrián vivía en la calle Rosario con su mamá, frente a una dulcería que aún radica allí bajo el nombre de La Nueva.

Cuentan que se sentaba curioso en el portal a observar cómo los trabajadores manipulaban los troncos secos, porque en aquel momento, pleno periodo especial, no había hornos modernos y los dulces se cocinaban con leña.

A veces se metía a explorar el interior de aquel sitio y a conversar con los reposteros. Una llama pequeña ardía desde entonces en él, sin que presintiera que aquel oficio se convertiría, más tarde, en el eje de su vida.

Foto: Januar Valdés Barrios Foto: Januar Valdés Barrios

Foto cortesía del entrevistado

Foto cortesía del entrevistado

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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