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Una tarea no apta para guanajos

Una tarea no apta para guanajos

Fotos: Yurina Piñeiro Jiménez.

No todos pueden criar guanajos. Es esta una tarea que requiere ciencia, conciencia, paciencia, arte, religión, folclore…

Todavía no amanece y ya las pequeñas crías se acercan a la casa reclamando el desayuno con su peculiar sonido: glugluglu, glugluglu, glugluglu… Ante la insistencia y sabiendo que no van a huir tan fácilmente –por muchos sonidos o aspavientos que haga–, Nilda decide levantarse para darles de comer. Debe tener pan y leche o algún tipo de pienso, en lo que invierte dinero y, hasta muchas veces, les cede su propio pan.

Luego de remojar un poco el alimento en un recipiente, realiza gimnasia matutina detrás de ellos para atraparlos y meterlos en un cubo, el cual ubica encima de la mesa de la terraza. Después, uno a uno les abre el pico y deposita en su interior el bocado. Mientras, inicia su habitual soliloquio: “Mira que ustedes me dan trabajo. Hace falta que aprendan rápido que tengo muchas cosas por hacer. Y no me cojan viruela por Dios santo y cuídense del ‘pegapollo’, que aunque ustedes no sean pollos, también los pega”.

Alguien que no sabe ni “j” del “oficio guanajeril”, la interrumpe: “Nilda, ¿y por qué tienes que enseñarles a comer, ellos no tienen madre?”. A lo que la educadora zoológica responde: “Sí mi’jo, sí tienen, pero es guanaja… Por suerte, esto dura solo unos días, después ellos comen solos…”.

Nilda con sus guanajos

No ha terminado con los guanajos más chicos, cuando los pichones “adolescentes” ya se hacen notar a la espera de su comida: glugluglu, glugluglu, glugluglu…

A estos los ignora un poco, porque precisa adelantar otros quehaceres en la casa. Pero qué va, es mucha la persistencia y decide salir de ellos. Ahí empieza la batalla épica entre los Meleagris gallopavo (alias pavos salvajes, alias guanajos de toda la vida), los pollos y los perros, en la que la paciente protectora tiene que intervenir a favor de los más débiles: ¡los de la guanajería, claro!

“No sean abusadores, dejen que coman, que ustedes se la buscan por ahí”, exige a Dánger y a Sultán, los canes del hogar, mientras los espanta a trapazo limpio y saca del cuadrilátero por las plumas, a gallinas, gallos y polluelos.

Transcurren unas pocas horas y la historia se repite. Así unas tres o cuatro veces al día, porque “mi’ja, los guanajos comen como los diabéticos, cada tres horas”.

Para que un guanajo se haga guanajo, pasan meses. “Imagínate tú, cuando crees que te vas a aliviar porque los del medio largaron la escobilla, otra guanaja ya empezó a sacar, y ahí comienza otra tanda; esto no tiene fin”, reflexiona, casi lamentándose, la madre adoptiva de los plumíferos.

Y cuando llegan las viruelas, Nilda pasa de domesticadora a cirujana-enfermera. En el horario de la mañana, la terraza no es terraza, sino un salón de operaciones: tijera, algodones con mercurio, violeta genciana, guantes y otros implementos conforman el botiquín de cura.

Cualquiera que no conozca bien el asunto puede pensar que la criadora pinareña obtiene muchas ganancias cuando finalmente logra vender las “promociones” mayores de las singulares aves. Sin embargo, entre lo que invierte en comida, los ejemplares que le roban, los que deja para la familia y algún que otro fallecido; el negocio más bien parece una constante “guanajá”. Aunque, pasión al fin, respetable y bella.

No todos pueden criar guanajos. Un colérico o sanguíneo les retorcería el pescuezo ante el primer glugluteo del día, el tropiezo de unos cuantos plumosos entre los pies o la persecución de ellos tras salir con un caldero al patio. La persona que pretenda hacerlo debe de tener ciertas características que mezclen paciencia asiática, nobleza pinareña y tenacidad africana. Porque un guanajo, señores, un guanajo no es un animal cualquiera.

Por eso a Nilda habrá que incluirla, cuando menos, en el libro Guinnes de Guanajuato.

Sobre el Autor

Yurina Piñeiro Jiménez

Yurina Piñeiro Jiménez

Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz de Pinar del Río, Cuba

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