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Tranquilino Sandalio de Noda

Tranquilino Sandalio de Noda.

San José de los Manantiales era una hermosa finca en las estribaciones de la Sierra del Rosario. Allí vivía un niño blanco que respondía al nombre de Tranquilino Sandalio de Noda. Era en extremo curioso. Le gustaba recorrer senderos, observar la vida de los animales y conversar por horas con los esclavos de las dotaciones vueltabajeras. Gracias a estos diálogos aprendió las lenguas mandinga, conga, carabalí y lucumí.

Un emigrante francés permitió al muchacho acceder a su biblioteca personal y fue así como descubrió el fabuloso mundo de la lectura. Cientos de miles de volúmenes pasaron ante sus ojos anhelantes. Dichos libros le enseñarían nuevos idiomas como el inglés, el portugués, el italiano, el griego, el francés y el hebreo.

Luego se propuso dominar el oficio de la agrimensura y cayó en cuenta de que necesitaba un maestro. Empezó a asistir entonces a la casa de José María Dau, quien no solo lo instruyó en lo tocante a la medición de tierras, sino además en gramática, aritmética, álgebra y latín.

Se dice que Tranquilino pintaba maravillosamente; tanto así, que el obispo Juan José Díaz Espada y Landa le compró, por el precio de 500 pesetas, seis obras en madera alegóricas a historias sagradas. Era capaz también de reproducir al óleo las imágenes que sus retinas captaban durante las incontables aventuras que vivía.

Reveló la existencia de varios islotes y puntos costeros de la geografía cubana y fue el primer explorador conocido del Pan de Guajaibón.

Un día, mientras desandaba las cuevas del Cajío en el extremo Sur de Güira de Melena, le llamó la atención unos peces pequeños de boca hendida, cabeza cubierta por piel rugosa y ojos diminutos y atrofiados recubiertos por una membrana, que dotaban a los animales de un aspecto bastante siniestro. Los peces ciegos fueron perfilados sobre el papel, con todo el rigor por Tranquilino. 27 años después del hallazgo, enviaría estos dibujos a Don Felipe Poey, notable investigador y científico que incluyó a la especie en su libro Memorias sobre la Historia Natural de la Isla de Cuba.

A decir de sus biógrafos, Noda incursionó en otras ramas como Economía, Estudios Históricos, Agronomía, Agricultura, Astronomía, Botánica, Cartografía, Matemática, Mineralogía, Telegrafía, Topografía, Topo-nimia y Pedagogía, entre otras.

Cultivó la narrativa, la poesía y la crónica, legando a la posteridad textos de innegable valor patrimonial como La excusión al Guajaibón, Tradiciones Cubanas, Cartas a Silvia, El Cacique de Guajaba, Cordero, y El Cacique de Güines: Habanaguex, esta última inconclusa.

Entre sus obras científicas más relevantes figuran La Introducción del Sistema Métrico Decimal en la Isla de Cuba; Proyecto General de Caminos de Vueltabajo e Itinerarios para vapores; así como sus trabajos de Agrimensura y mediciones del Occidente.

El intelectual Esteban Pichardo comparó la cabeza del sabio con un almacén ambulante de conocimientos diversos, retenidos por una memoria prodigiosa: “…es un erudito, en el riguroso sentido de la palabra; fácil, verboso, sin afectaciones; puede lucirse oralmente improvisando en la sociedad más culta; priva sin embargo, al mundo literario de utilizar su instrucción y talento, porque nada acaba ni combina en grande: el Sr. Noda ha trabajado mucho y bien; su obra maestra sobre esa parte occidental que conoce palmo a palmo; debe ser la de las haciendas que tiene medidas y ligadas por una serie de triángulos, desde la costa sur, hasta la norte en Cayo San Diego”.

Cuentan que antes de concluir un proyecto, ya le entusiasmaba la idea de otro nuevo, dejando muchas veces los trabajos inconclusos. Su temperamento no le permitía la quietud. La vida era en sí, un aprendizaje para él.

Martí lo calificó como “El pasmoso Noda”, llamándole con esto prodigioso, portentoso, estupendo…

No hubo tiempo para esposa en su vida ni para hijos ni para grandes afectos. Su legado a la posteridad fue de otra naturaleza, subsistió entre viejos papeles de la Sociedad Económica de Amigos del País y en las páginas amarillentas de las revistas del siglo XIX; pero fue grande, mucho más grande que eso.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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