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“No pidan que elija entre cerámica y medicina”

Doctor Benjamín Cuní. / Fotos: Januar Valdés Barrios.

Doctor Benjamín Cuní. / Fotos: Januar Valdés Barrios.

Esta historia se remonta al año 1927 del pasado siglo, cuando el doctor matancero Benjamín Cuní y su esposa María Perfecta se mudaron al poblado pinareño de Mantua.

La pareja se estableció frente a la Iglesia, en una de esas casas con muchas ventanas y patio grande.

El médico pasaba el día consultando a los lugareños mientras María Perfecta, a quien el nombre le venía justo, se ocupaba de cuidar cada detalle del hogar, ya fuera ventilar las habitaciones o cubrir las mesas con graciosos tapetes. Era excelente repostera y gustaba de los filmes musicales.

Su marido también adoraba la música. Por un tiempo había figurado como primer oboe de la orquesta sinfónica de Matanzas; pero ahora toda su atención se enfocaba en la medicina y en ser buen padre para su hijo.

Los años pasaron veloces. La casa solariega acogería más tarde el nacimiento de dos nietos varones. El más pequeño de los cuales, Víctor, desarrollaría un fuerte apego por Benjamín:

“Me complacía acompañarlo a hacer sus visitas médicas a bordo de aquel cacharrito del ´29 que conservaba como una reliquia. Otras veces nos llevaba a mi hermano y a mí a bañarnos en la playa”, rememora Víctor, a quien todos en Mantua llamaban “El Gallego”, porque era regordete y colorado como esos españoles que en el pasado levantaron sus bodegas en la Isla.

“Sentía una admiración profunda hacia mi abuelo. Me pasaba horas enteras mirando las figuras de sus libros de anatomía. Mi decisión de estudiar Medicina estuvo marcada, en cierta medida, por esa vocación que plantó en mí de niño.

“Nunca los eché en falta a él o a mi abuela; ni siquiera cuando mi hermano y yo nos mudamos a Pinar del Río con mamá, tras su ruptura con mi padre. Los viejos viajaban a menudo para vernos y nos visitaban en la escuela al campo. Siempre estuvieron ahí para nosotros.

“Mi madre fue a su vez otro personaje esencial. Asumió el divorcio con una positividad tan grande, que sus hijos apenas sufrimos la separación. Era una enfermera tremenda. Se mantuvo trabajando casi hasta el final de sus días. Ella influyó sin duda en mi comportamiento ético ante la vida”.

BARRO SANADOR

Doctor Benjamín Cuní

Tal como había resuelto desde la infancia, Víctor ingresó en la Facultad de Ciencias Médicas. Le bastó rotar una sola vez por Ginecobstetricia para enamorarse de esta especialidad.

“Decidí que sería ginecólogo, y que sería uno bueno. Trabajé duro en ese sentido. Una vez graduado fui a hacer el servicio social a Sandino. Fueron momentos de mucho sacrificio. No había tiempo para otra cosa que no fuera la medicina.

“De estudiante sí me divertía más. Era actor aficionado en un grupo de teatro de la Facultad que se llamaba El Greta. Una vez hasta me desnudé durante la presentación de la obra Los Novios”, se ríe mientras evoca su audacia.

Hubo un tiempo en que el ajetreo laboral, esas interminables noches de guardia en Maternidad, mellaron un tanto la salud del doctor.

“Enfermé de dos úlceras de estrés que no tenían cura. Estaba seco, verde, todo me caía mal. Alguien cuya opinión valoro mucho me aconsejó evacuar todo ese malestar a través de la creación artística.

“Me fui entonces a trabajar el barro con un amigo. Pedro Pablo Palacios, que ha resultado un hermano a lo largo de estos años. En el patio de la casa de sus abuelos, en el dos y medio de la carretera a Viñales, sobre una mesa de escuela desahuciada, concebimos nuestros primeros trabajos.

“Luego nos unimos al taller del artista Uldis López, quien nos dio muchas luces y nos mostró otros caminos en el trabajo con la cerámica. Fue en el taller de Uldis donde surgió CERART, iniciativa que fue tomando forma y que consiste hoy en un colectivo de creación artística vinculado al Fondo Cubano de Bienes Culturales que asume, entre otros retos, la ambientación de espacios.

“Como ceramistas al fin, ansiamos rescatar el protagonismo del barro pinareño, considerado por muchos creadores el mejor de Cuba. Sus potencialidades debieran aprovecharse en la concepción de tejas para embellecer las fachadas de esta ciudad. Nos preguntamos por qué no se realizan más enchapados artísticos a base de losas de barro en lugar de usar losas importadas de una estética cuestionable”.

LA FAMILIA QUE UNO CONSTRUYE

A pesar de que la artesanía constituye su principal fuente de ingresos, Cuní nunca ha descuidado su trabajo de médico. Desde hace 30 años labora como especialista en Ginecobstetricia en el policlínico Pedro Borrás.

“No me pidan que elija entre cerámica y medicina. Me gustan apasionadamente las dos. Disfruto el arte, los colores y las formas; pero igual gozo me produce atender a esas mujeres en edad fértil que fueron mis pacientes intrautero cuando yo era apenas un joven recién graduado.

“Conozco bien a mi población y doy mucha importancia a la atención primaria de salud. Quizá tiene que ver con la herencia recibida de mi abuelo, médico de campo, que dominaba al dedillo las taras y las enfermedades de las familias del vecindario.

“Yo sé, por ejemplo, que si una muchacha me nació prematura, su hijo tiene grandes probabilidades de nacer igual.

“Reconozco muchos, muchos, muchos valores en la mujer. Una mujer que no tenga buena salud, es como una planta enferma. Tratar de sanarlas, procurar que se reproduzcan en el mejor momento de sus vidas, con las mejores condiciones de salud para enfrentar el proceso de la maternidad, es mi premisa, mi razón de ser como profesional”.

Una tercera afición tiene Cuní: cultivar amigos. Cuenta que de niño, siempre había seis o siete muchachos invitados a jugar en la casona de Mantua. Este creador es de los que opinan que los amigos son esa familia que uno construye.

“No me siento solo en ningún momento gracias a las amistades que tengo. Me gusta saber que puedo confiar ciegamente en una persona, revelarle un secreto, estar seguro de que me cubrirá las espaldas cuando yo lo precise. Igualmente no hay nada más gratificante que ser el confidente de un amigo, disfrutar sus éxitos y ofrecerle tu hombro cuando este lo necesite más”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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