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Comandante Julio Camacho Aguilera.

Comandante Julio Camacho Aguilera. / Foto: Ladyrene Pérez.

A mi abuelo le brillaba el rostro cuando hablaba del Comandante Julio Camacho Aguilera. Se podía percibir dentro de sus verdosos ojos cuánto respeto y admiración profesaba hacia el hombre combatiente. Cuando lo veía en la televisión me decía sin tapujo: “Ese es el ejemplo de dirigente que necesitamos, el que lucha junto al pueblo y predica con el ejemplo”. Lo honraba fiel a su ideario.

Mi dulce infancia se ligó profundamente a los pensamientos idealistas y bien fundamentados del abuelo. Con esa base cimentada de opinión que engendró, fue como hallé en un imaginario primitivo a Julio Camacho. Pasó a ser un personaje mítico, al estilo más autóctono de esas historietas épicas de superhéroes que extrapolan placer a los pequeños infantes.

El paso del tiempo permitió comprender, ya con una visión madura del pensamiento, quién era el excelso combatiente. Conocí a través de las mágicas clases de historia sus proezas belicistas y la importancia de aquel alzamiento cienfueguero que protagonizó con liderazgo puntual. La trayectoria directiva del también Comandante del Ejército Rebelde crecería vertiginosamente luego del triunfo revolucionario de 1959, llegando a deparar a nuestro Pinar del Río un luminoso destino cuando ocupó el cargo de primer secretario del Partido en la provincia.

Me atrevo a decir con total seguridad, ajustado a los hechos, que el currículo político de Camacho ha sido impoluto e infinitamente servil a las causas más nobles de la nación. Quizás por eso el “viejo”, un guajiro sencillo de Minas de Matahambre, lo idolatraba tanto. Una posición admirativa que poco a poco se afianzó en mí con raíces profundas. Ya no era el niño de historietas, sino el joven que deseaba conocer en persona al hombre que a fuerza de honradez conquistó el cariño de todos.

Paciente esperé el instante. A raíz del paso por el extremo occidental de Pinar del Rio del huracán Michael, pude verlo a través de la televisión en plena faena recuperativa. No sospechaba siquiera, observando las ejemplares imágenes, que tan cerca estaba de poder conocerlo. Aquella llamada azarosa del destino cambió la espera por la inigualable sensación de la realidad misma. Se vislumbraba al fin la oportunidad idónea. Cerraba el penúltimo mes del año y en medio de su vorágine típica acudo al inminente encuentro. Alrededor de las 11 de la mañana hace su entrada al Museo Provincial de Historia el gran Julio Camacho. Con su cotidiano traje verde oliva y lleno de una sencillez natural, lo reciben los pioneros que entre vítores y poemas le dan la bienvenida.

Todos los que transitaban contiguos al centro histórico acuden curiosos, colmando de miradas agradecidas al otrora líder revolucionario y partidista. Era visible mi rostro placentero, evocador en todo momento al abuelo que no estaba físicamente, pero a quien percibía disfrutando con su espíritu jovial el instante.

Desde todos lados se escuchan comentarios hipotéticos que buscan la respuesta del protagónico personaje. De pronto, una interrogante mantiene a los congregados expectantes, cuando un hombre pregunta:

-Compañeros, ¿qué edad tiene el Comandante Camacho?

A lo que, al parecer uno de sus ayudantes personales, responde:

-El próximo mes de abril el Comandante cumplirá 95 años.

Nadie podía imaginar semejante respuesta que dejaba al desnudo la fisonomía incrédula de todos. Cierto resultaba, solo que Julio aparenta con su portento físico, lucidez y ansias de seguir trabajando, una edad mucho menor a la real. Lo demuestra en ese encuentro, en el que pasa varios minutos platicando con los pinos nuevos. A ellos les resalta de forma amena cada detalle de las luchas libertarias y el significado omnipresente de Fidel para esta generación. Se muestra emocionado al hablar del pasado triunfal y al dejar inaugurada una galería fotográfica sobre la Península de Guanahacabibes, lugar donde dirige desde hace varios años la Oficina para el Desarrollo Integral de la zona.

Después de concluidas las actividades programadas, el Comandante inquiere por el muchacho que le había pedido una foto junto a él. Sagaz me personé a su lado, aunque confieso que los nervios invadieron al instante todo el cuerpo. No podía desaprovechar la oportunidad para hablarle y dejar plasmado de forma personalizada un recuerdo.

Charlamos durante breve tiempo, interesándose por las proyecciones futuras de estudio. Casi en la despedida, luego de estrecharle la mano al ilustre combatiente, solo dispuse a darle las gracias por tan comprometida labor revolucionaria, iniciada hace poco más de 60 años. Equivocado nunca estuvo el abuelo. Era una de esas afirmaciones que a pasos meditabundos me hacía durante el regreso a casa. Y es que Camacho llenó de orgullo, pero también de modestia cada rincón de aquella sala, cual si fuera un simple hombre del pasado que aún debe acción a la historia. Mas su actuar es digno de un ser revolucionario que engrandece concepciones y ejemplariza con su quehacer a las nuevas generaciones de cubanos que, como yo, lo admiramos.

Sobre el Autor

Raciel Guanche Ledesma

Raciel Guanche Ledesma

Estudiante de Periodismo

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