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El vértigo de las relaciones

Pareja al atardecer

Al principio parecía imposible. Y en más de 25 años procuraron que fuera para siempre.

Él tenía un trabajo normal y también un salario corriente con un buen horario. Allí la conoció. Y le gustaba inventar escusas para verla o fantasear con nombres secretos y citas de contrabando. Podía describir de memoria el balanceo de sus brazos cuando caminaba o cómo se esforzaba en disimular su falta de visión porque no le gustaba usar espejuelos para ver de lejos o el gesto de levantar la mano si era la última en la cola del pan o su forma de tocarse la nuca si quería preguntar algo o su manera de cruzar las piernas cuando se sentaba en el banco de la esquina. Ella, en cambio, lo suponía indeciso, tímido y hasta infantil. De vez en cuando aceptaba, con una mueca casi burlesca, algunos de sus elogios, aunque los creía incongruentes. Pero algunos la hacían reír. Sus visitas a la panadería se hicieron más frecuentes. Y apareció un viernes con un primer encuentro y una siguiente y el proceso se mostró reiterativo por más de un año. Entonces hubo boda con un cake que corrió por los amigos del trabajo. Y más tarde llegaron tres hijos, una casa que levantaron con sus manos y hasta un perro medio cojo sin una raza definida. El asunto era arriesgado. A veces muchas ganas y poco tiempo y en otras demasiado tiempo y faltaban deseos. Algunos momentos resultaron monótonos e imprecisos, de hastío y de lúbricas fantasías, interesantes y de conversaciones aburridas. Durante 25 años la escena continuó como una historia épica. Fueron amigos incondicionales, amantes, conocidos casi indiferentes, enamorados, amigos de nuevo y una pareja convencional. Y sucedieron peleas, distancias, perdones y muchas palabras. Pero nunca han parado de intentarlo.

Sobre el Autor

Elizabet Colombé Frías

Elizabet Colombé Frías

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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