Una luchadora por la justicia
- Escrito por Heidy Pérez Barrera
Aida Marina Ortega Castro. / Fotos: Heidy Pérez Barrera.
Aida Marina Ortega Castro fue reconocida por la junta directiva de la Organización Nacional de Bufetes Colectivos (ONBC) con el Premio a la Excelencia en el año 2018. Sirva este trabajo para graficar su entrega a la abogacía durante 40 años.

Creyó que la llevaban por vieja, apenas por ser contemporánea con su colega Felito. Casi sin ánimos se fue a La Habana donde sin esperarlo notó que la señalaban, le pedían que permaneciera de pie; había perdido el hilo de la reunión y se sorprendió entre aplausos y algarabía.
Sin reaccionar, Aidita apenas sonreía. “Eres tú, el Premio a la Excelencia”, dijo alguien, mas ella seguía inmóvil, sorprendida, nerviosa. Le jugaron una buena pasada, pues en ese momento entendió porqué era obligado participar, amén de que sus fuerzas no la motivaran. Comprendió la confabulación de uno de sus hijos cuando le insistió en ir y las razones de vestir elegante después de llegar a la capital.
Ella, por sus méritos, por su trabajo, por su experiencia fue reconocida en todo el país, y Felito no fue más que una excusa, ni siquiera estaba en aquella asamblea: no era por vieja, fue por su profesionalidad, esa que desde el año 1979 demuestra desde su ejercicio como abogada, la misma que le valió para usar con orgullo la toga de honor.
LA PASIÓN DE DEFENDER
Aida Marina Ortega Castro no cree en edad de retiro, se le ve cada día entre los pasillos de la unidad Uno de la Organización Nacional de Bufetes Colectivos (ONBC) en Pinar del Río, esquivándolo a sus 65 años, en tanto piensa que aún puede ayudar a defender los derechos de los demás.
Suele vérsele tratar asuntos de diferente índole, dígase penal, civil o administrativo, y es que en el decurso de todos estos años se ha convertido en la abogada de muchas familias de pinareños, “pues en ocasiones el cliente se asocia tanto conmigo que me buscan para todo, incluso para contarme sus problemas personales. Soy parte de ellos, más que letrada, amiga”.
Cuentan que un ángel caído del cielo fue Aidita para aquella señora que enjugando lágrimas vino tras una asesoría y para su sorpresa salió riendo.
“No venía por un contrato, sino a aclarar dudas, a desahogarse, lo que le expliqué no era nada conveniente para ella, pero lo hice con la verdad en la mano, ya que no es justo engañar a nadie ni abrigarles falsas esperanzas. A pesar de ser dura la realidad, las personas vienen, lloran y el dolor se respeta.
“Lo principal en estos tiempos es no mentirles a los que necesitan de ti, siempre aclararles sobre la base de la ley y el hecho real de la mejor manera, sin maltratar.
“Amo mi trabajo, lo disfruto. Tengo un sentido de pertenencia hacia este lugar que considero al bufete como mi casa, es un gusto laborar con los más jóvenes. Aquí somos varias las generaciones y yo me siento bien, tanto con los viejos como con los nuevos. Siempre trato de ser ejemplo para los que me anteceden, a quienes ayudo y converso sobre otros temas, estudio hasta sus asuntos para poder explicarles, entre ellos me siento muchacha también”.
Nunca pensó estudiar Derecho sino Arquitectura, sus sueños tenían más que ver con números, pero no se arrepiente: las leyes son su pasión. No obstante, se imagina arquitecta entre sus casos y los conocimientos empíricos sobre el tema la han ayudado en disímiles ocasiones a favor suyo.
“El Derecho es mi vida. A veces me despierto de madrugada pensando en un caso que no le he encontrado solución, y a esa hora se me ocurre y escribo algo que me dé la pauta para lo que voy a decir. El trabajo del abogado es como el del escritor: queremos crear y no encontramos la musa, pero como todo es contra término, sin importar la presión hay que contestar demandas, redactar, entre otros asuntos.
“Nunca sería ni juez ni fiscal, siento una pasión desbordante cuando tengo delante a un hombre al que todos lo consideran indefendible. El abogado saca de donde no hay, se esmera para hacer su defensa bonita porque es su trabajo.
“Hoy es muy fácil el ejercicio de la abogacía, mira mis dedos; cuando me gradué era en máquina de escribir, tenía que repetir la misma demanda dos y tres veces, escribíamos de la mente a aquel teclado rígido”.
DE SUS AMORES
Y pudiéramos escribir un libro con las anécdotas de Aidita. Abogada al fin, habla mucho, pero historias interesantes, conmovedoras, además de instructivas para la vida; pero la emoción la sentí a flor de piel cuando por transitividad al hablar de leyes tuvo que referirse a Filiberto Ávila Álvarez de la Campa, su “doctor Ávila”, su esposo, compañero, amigo y colega.
Él también era abogado y al indagar sobre ellos me insistió que fue el matrimonio más bonito que ha conocido. “Él me llevaba 19 años, falleció y aun no existiendo lo respetan, lo admiran y lo quieren. Trabajábamos los dos en la misma oficina, nos íbamos juntos a los procesos de cada uno, él conocía de mis asuntos y yo de los de él, era justamente en este mismo espacio.
“Era eminente. Hoy en talleres, conferencias, en todo lo que se haga en la provincia sobre Derecho Penal se menciona a mi doctor Ávila. Nos dieron juntos el reconocimiento por el trabajo desplegado durante más de 30 años”.
A su lado formó una familia de dos hijos varones con los cuales compartieron hasta hace 10 años que él murió. “Disfrutamos hasta el último momento de los nietos, los que –no por esconder la edad– pero me dicen tía; espero que alguno de ellos algún día se incline por el ejercicio, ya que nuestros hijos nunca lo hicieron”.
Las esquinas son peligrosas para esta señora, pues corre el riesgo de que alguien la conozca y la invite a una cerveza o a compartir algunos instantes, no sería la primera vez, eso lo da la buena vibra que siempre la acompaña. “Ahí va mi abogada, esa mujer es buena”, así se refirió alguien hacia su persona, con el mayor respeto y admiración, un día desde el margen de un bar.
“Diariamente me paran en la calle para hablarme de los juicios que he hecho, de los cuales a veces ni me acuerdo porque son muchos, sobre todo diferentes, pero eso me reconforta. Otros dicen ‘¡mi abogada!’, como si los defendiera todos los días o me hubieran comprado. Estoy por pensar que soy de la gente y no de mi casa”.
Me habló de la ética, la cual considera trascendental en todo momento, en tanto “nosotros somos abogados en cualquier parte, no podemos salir desaliñados para la calle, pues es como si lleváramos el título en la mano, nos ven como alguien importante, cuando menos lo esperas te abordan”.
Los años han pasado, ya no se le nota nerviosa cuando entra a una sala a entregar el corazón para que sus clientes salgan al menos satisfechos. Puede estar tensa, preocupada, es normal, pero al final el regocijo crece a mil cuando siente el encanto de llevar sobre sus hombros los principios de su toga.
Aida Marina no para de estudiar, al igual que su esposo quiere morir ejerciendo la abogacía, en tanto su mayor deseo es estar entre aquellas paredes que han sido testigo de sus arrugas por muchos años. Aquel es su bufete, su idiosincrasia.
Pero Aidita me quiere regalar un pedazo de esa identidad y me sugiere para concluir mi trabajo unas líneas que cuelga en su pared cual tesoro preciado, ella no es periodista ni domina el arte de este oficio, pero insiste en que “ustedes, al igual que nosotros, deben luchar por el derecho, pero el día que encuentres un conflicto entre el derecho y la justicia, lucha por la justicia”.
Sobre el Autor
Heidy Pérez Barrera
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.




