Un día con Juan Cabanas
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
Juan Cabanas. / Foto: Januar Valdés Barrios.
Lo primero que conocí del periodista Juan Cabanas fue su voz, su acento elegante y peculiar llegando a mí a través del teléfono. Lo llamé para pedir orientación sobre unos trabajos que debía realizar en Minas de Matahambre para mi periódico y se ofreció a acompañarme durante todo el trayecto.
A bordo del Asia de Guerrillero recorrimos los difíciles senderos de su pueblo, llenos de baches y gibas que no parecen encontrar solución en el tiempo.
Juany iba haciendo fotos al paisaje con su celular y llevaba los ojos llenos de asombro como si fuera la primera vez que observara aquellas montañas y los puentes de madera que se conservan aún en el camino a Sumidero.
Para este reportero los recuerdos son “fósforos que nadie puede apagar”. Me contó que los momentos más bonitos de su infancia transcurrieron en El Mamey, Veguita y Nombre de Dios, donde vivían sus parientes cercanos y donde su abuelo José tenía una casa mágica o “casa despierta”, que solía visitar en las vacaciones con el mismo entusiasmo de un cosmonauta al explorar el espacio exterior o de un espeleólogo recorriendo una nueva gruta.
Parece como si Cabanas conservara intacto el arrebato de la niñez. Le vi caminar contento por entre los surcos de tabaco y dialogar cordialmente con unos cosecheros, que le ofrecieron humildes par de puros torcidos y una bolsita de café sin moler que este obsequió a su vez al fotógrafo y a mí.
¿Dónde encuentras las historias que publicas luego en Radio Minas?, me interesé.
“La historia está en el ser humano y el ser humano puede estar en cualquier parte: en el parque, en su casa, en un estadio de pelota, en una funeraria, a la orilla del mar…”, respondió él.
“El periodista ha de ser como un niño, capaz de llorar o de reírse con su entrevistado. Creo que más allá de la rigidez y objetividad que describen los libros de texto, esta es una profesión de mucho desgarramiento. Estamos trabajando con personas que te cuentan sus vivencias y no podemos quedar indiferentes.
“A lo largo de mis años como periodista me he topado con gente increíble como Abundio Loaces, un productor que a los 80 años todavía laboraba en el campo. Siendo muy joven perdió a su esposa en un accidente doméstico y tuvo que asumir la crianza de sus hijos solo. Les enseñó a labrar la tierra y a ocuparse de una casa, pero también les mostró como ser honrados.
“Conocí además a una señora que logró salvar sus riñones gracias a la donación de su hermano. Ella necesitaba vivir para atender a su hijo que yacía postrado en cama.
“Me llaman la atención estos seres humanos cuyas vidas transitan en silencio, no se las cuentan a nadie; sin embargo, son relatos impactantes”.
Además de hacer periodismo, Juany escribe libros. Le han publicado el volumen de testimonios Atravesando la neblina y los cuadernos de minicuentos Recuerdos de una casa despierta y Últimos juegos en el framboyán. Este último, dedicado a su hija Verónica Lucía, recrea las aventuras de una niña en el umbral de la adolescencia.
“Así me dijo mi hija:
-Papá, mira a ver que tú haces, no digas que soy yo la niña de esos cuentos porque después me caen en el aula: ‘Verónica, Verónica, vi tu libro’. Y yo no estoy pa` eso, papá. (Juany se ríe mientras evoca esta anécdota).
-Bueno tranquila, en la obra te vas a llamar Lucía a secas, le prometí.
“Es muy creativa. Le encanta hacer videos y editarlos. Me gustaría que fuera directora de cine en un futuro, o guionista, vamos a ver. Lo que decida estudiar está bien para mí. También tiene actitud para el maquillaje. Ella y su mamá son lo único que me va quedando en este mundo.
“Mi esposa es licenciada en economía”, prosiguió hablando orgulloso de la familia que ha creado. “La conocí hace muchos años en la playa de Río del Medio. Te voy a decir cómo fue:
“Estaba metida en el agua, de espaldas y distante como a 10 o 12 metros de mí. Me quedé observándola y le pedí a un compañero que se le acercara y la animara a mirar en mi dirección”.
-Oye, no te metas con Yanelkys. Es muy buena muchacha, y tú eres un hippie, mi hermano. (Yo llevaba los pantalones apretados, lo que era bastante polémico en aquella época).
-No importa, ve y dile que mire un momentico para acá, casi le ordené.
“Cuando ella finalmente se viró, la punzada que sentí en el estómago fue tan grande, que tuve que salir de la playa sin oxígeno.
“Llegué a la casa de mi hermana con tal expresión en el rostro qué se alarmó:
-¿Qué te pasó, Juany?
-Acabo de conocer a la mujer con la que me voy a casar, le aseguré y ella se echó a reír.
“Yo tenía 19 años y cursaba el primer año de la licenciatura en Español en el Pedagógico. Yanelkys, por su parte, era apenas una quinceañera a punto de iniciar sus estudios preuniversitarios en la Vocacional.
“No sé en qué momento exacto le pregunté su nombre. El caso es que lo escribí en la arena y ella me lo borró con el pie. Fueron cosas así de raras.
-¿Oye, muchacha, de dónde tú eres?, le pregunté
-No te importa.
-Sí que me importa, ¿eres de Las Minas?
-De Santa Lucía, mintió ella.
“Se acabaron las vacaciones y no la vi más. Pero lo que está para uno, está para uno y tiempo después me la encontré de nuevo.
“Yo acostumbraba a bailar los fines de semana hasta las dos de la madrugada. Todo el mundo me conocía en Las Minas como Juany Pepillo. La gente a veces decía: ‘Oye, ven para que veas a un hombre que echa humo’, y ese era yo, te podrás imaginar el nivel de temperatura del cuerpo mío.
“Una vez salí empapado en sudor del cabaré y me senté en el parque de enfrente a refrescar. Me recosté en un banco y una mano chocó sin querer con la mía. Se trataba de la muchacha de la playa y me pareció por un momento que aquello no era real.
“Entonces sonó el pito de la mina anunciando las 12 de la noche, tipo Cenicienta, y ella argumentó que debía irse porque su madre la esperaba despierta.
-Pero no te vayas así, dime al menos si podré verte otra vez.
-Es posible, dijo ella pícara y se alejó camino de su casa.
“Y así nos fuimos viendo de a poco. Hasta que nos hicimos novios y finalmente tuvimos nuestra ceremonia de bodas”.
Juan Cabanas, narrador de historias por naturaleza y por elección, tiene también una de vida increíble, que amerita ser contada más allá del pueblito donde ha echado sus raíces.
“Minas de Matahambre es un lugar muy bonito, aun cuando te reta todos los días. Uno quisiera que hubiese aquí una buena galería o un teatro al que pudiese venir Lizt Alfonso con su compañía… La gente de acá es tan bondadosa que merece tener más prosperidad.
“En cambio, atesoramos otras cosas, el silencio ideal para la creación, la combinación mágica del mar y la montaña y personajes curiosos que han quedado en el imaginario popular, como el callejero Barbera. Hay crónicas de mineros que todavía no escribo y escenarios que se prestan para un cuento”.
¿De dónde sacas energías para trabajar y vivir del modo en que lo haces? ¿Qué te inspira?, indagué por último.
“Eso nació conmigo. Eso es Cabanas. Igualmente llevo mucho llanto por dentro, guardo mis dolores y frustraciones como cualquiera, pero trato de vivir a plenitud los pequeños momentos de felicidad y de dilatar esa dicha todo lo que pueda.
“La brevedad de esta vida me ha demostrado que no vale la pena hacer daño a los demás. Al final, lo único que queda es todo el bien que has hecho.
“A veces añoramos un teléfono Samsung Galaxy, ropa de marca, una velocidad enorme de conexión a internet en nuestras casas, yo qué sé, pero ¿dónde está el ser humano con el que vas a abrazarte, a llorar, a reír, a contarle tu rutina?”, se cuestionó el escritor.
Juany y yo almorzamos juntos ese día en casa de Abundio Loaces, el campesino del trabajo periodístico que describió antes. No paraba de elogiar el flan que nos sirvieron allí.
Me encantó conocer a este cronista, capaz de percibir la grandeza en los detalles más pequeños como pasar por debajo de un almendro “en el que cantan 100 pájaros”, caminar con su hija por el parque solitario donde existen “ocho columpios de hierro, la tierra y otra vez la tierra”, o sentir el viento chocando ligero contra los árboles y batiendo las hojas de éstos sobre su cuerpo, sobre su alma plena, de fe.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.




