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Juan Blanco, el pinareño precursor de la música electroacústica

Juan Blanco, el pinareño precursor de la música electroacústica

Cualquier libro describe el origen de la música electroacústica en el siglo XX europeo, cuando algunos artistas como Edgar Varese quisieron romper con los formatos orquestales tradicionales y buscar nuevas fuentes sonoras.

El mayor impulso científico para el género se concretó luego de la Segunda Guerra Mundial, con la creación de la cinta magnetofónica por sus posibilidades de grabación, reproducción y manipulación del sonido.

Lo que no todos saben es que un pinareño nombrado Juan Blanco (1919-2008) fue el precursor de este tipo de música dentro del contexto cubano y uno de sus innovadores en el plano internacional.

Su “primicia” fue en el año 1942, cuando diseña un especial instrumento que luego ganaría un puesto dentro de la colección del Centro Internacional Archivo-Memorial de la Ciencia y el Arte de la Música Electrónica, en París.

Sobre su creación expresó en una entrevista: “Lo denominé multiórgano, con él extendía las posibilidades del magnetófono existente en aquella época. Consistía en un teclado polifónico capaz de producir cualquier sonido susceptible de ser grabado en sets de loops de alambre –utilizaba un alambre como material magnetizable (memoria), pues aún no existía la cinta magnetofónica–, un loops por cada nota”.

El propio Banco refería que su multiórgano fue considerado el primer sampler (analógico) conocido, un antecesor del melotrón, creado y vendido dos décadas después, y de los actuales samplers digitales.

En 1961 presentó la primera pieza electroacústica en la historiografía musical cubana: Música para danza, producida con solo un oscilador y tres grabadoras de cinta magnetofónica.

Pero su magno “invento” fue el Taller (luego Laboratorio Nacional) de Música Electroacústica, el cual fundó en 1979 con el coauspicio del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos. El Laboratorio es hasta hoy además de una institución promotora, una escuela que contribuye a la capacitación de varias hornadas de creadores.

Con esta iniciativa, Blanco transgredió la praxis personal en virtud de la obra colectiva y en desarrollo del movimiento electroacústico.
También fue el primero en materializar la proyección foránea de la música cubana vanguardista con el Festival Internacional de Música Electroacústica Primavera en Varadero. Así inauguraba vínculos con compositores y artistas extranjeros, que repercutirían favorablemente en nuestro escenario nacional.

Nació en Mariel hace una centuria. Estudió en los conservatorios de Peyrellade y el Municipal de Música de La Habana, con José Ardévol y Harold Gramatges.

“Fue Alejo Carpentier quien lo puso en contacto en 1959 con las tendencias musicales de la vanguardia europea; en París, lo enfrenta a las audiciones de obras de Pierre Boulez, Pierre Schaeffer, Oliver Messiaen y Karlheinz Stockhausen, en el mismo momento en que estos compositores se habían planteado la creación de un nuevo mundo sonoro. Carpentier incitaba con su información, la imaginación de Juan Blanco, quien ya buscaba por medios propios, cambiar su lenguaje musical”, apuntó el investigador Radamés Giro.

Debió ser un artista inquieto, porque ciertamente fue vanguardista. Le interesaba lo novedoso y cómo se podía traducir a la escala tonal, las tríadas, los acordes... respetándolos a medias, con una composición irreverente.

“Cuando estoy trabajando no me detengo a pensar a quién debo seguir ni a quién debo esquivar”, dijo de sí el autor de piezas como Estímulos para sonar, Divertimento, Filmofonía y muchas otras obras inmensas concebidas para banda magnetofónica y orquesta. “Lo que busco es mantener el equilibrio y la unidad y no cumplir con una forma preconcebida, porque no me gustan las estructuras arquitectónicas”, afirmaba. Libertad era palabra de orden en su estética.

Compuso para ballet y teatro, su música incidental acompañó las películas El Mégano y Las doce sillas. No se limitó solo a las partituras. Empleó elementos plásticos como estímulos visuales, impregnando un carácter espectacular a las presentaciones; en las que se fusionaban “coreográficamente” grupos instrumentales, actores, coro y banda magnetofónica.

La musicóloga Alicia Valdés Cantero escribió: “Ante cada obra, Juan Blanco adopta una actitud que lo hace parecer otro compositor; sin embargo, sigue siendo el mismo. Porque representa para él un universo nuevo que debe descubrir, penetrar y dominar, hasta donde sea posible, sin ataduras anteriores”.

Tan versátil como la piel de un bongó y tan criollo como el son, innovó, experimentó, dejó una obra valiosísima, aún de vanguardia... y cultivó la semilla de lo que hoy es frondoso. Fue de esos hombres indetenibles, que solo agenció triunfos para el arte, el de todos.

Sobre el Autor

Yanetsy Ariste

Yanetsy Ariste

Licenciada en Historia del Arte. Periodista del Periódico Guerrillero

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