A punta de aguja
- Escrito por Yolanda Molina Pérez
Fabiola González Díaz. / Fotos: Vania López Díaz.
En la zona rural del entronque de San Diego, en el municipio de Los Palacios, está su casa. Un pequeño jardín la circunda. Las rosas cultivadas por la madre son el elemento que más resalta al llegar a la morada de Fabiola González Díaz, donde vive una artista.
Ya adentro, en las paredes hay varias obras que indican el inusual decorado para un hogar campestre; la mayoría son de su autoría y si algo se constata en la primera mirada, es que el color forma parte del discurso pictórico de esta joven graduada de Artes Plásticas.
LOS INICIOS
Durante más de un año trabajó como profesora de Grabado en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. Por razones de índole personal, debió regresar al hogar paterno y su condición de madre soltera le obligó a buscar medios de comercializar su creación. Abandonó la pintura y comenzó a incursionar en el parche.
Confiesa que, si bien en un inicio la motivación fue puramente económica, le gustó, se sintió bien haciéndolo y empezó a incorporarle otros elementos; hoy lo siente como una manera auténtica y legítima de expresión. Le molesta que algunos artistas la minimicen, como si el hecho de hacer artesanía le restara valor.
Entre puntadas, retazos de tela, pintura y otros elementos atrapa imágenes de tema rural, del campesino, de animales, del sembradío con realismo y dándole un toque de espontaneidad que conecta sus creaciones con el arte naif.
Ha participado en varias exposiciones colectivas, aunque en ninguna personal.
Atesora como una experiencia maravillosa la ilustración del libro Historias para colorear un mosquitero blanco, de la escritora Zahilys Ferro, residente en Estados Unidos y publicado en ese país, con quien confiesa la une un montón de recuerdos, porque crecieron juntas y muchas de las historias se referían a su niñez. “Fue algo personal, no me costó trabajo y me gustaría volver a hacerlo, lo que no he tenido otras oportunidades”, acota.
DE CASTA LE VIENE…

Como grabadora, Fabiola prefiere la Colografía, la inaccesibilidad a los recursos necesarios la llevaron por otros caminos; en la pintura también se siente cómoda, reconoce que lo que no puede faltarle es el color y eso lo tiene con el parche, en el cual también hay posibilidades ilimitadas para expresarse: “Tengo piezas que los detractores llamarían como arte más serio, donde lo empleo. Es motivador con retazos, de cosas que por separado no tienen valor, conformar algo hermoso solo con el hilo y la aguja”.
Paralela a la temática campesina desarrolla otra línea enfocada en retratos, aunque admite dedicarle menos tiempo que a la primera.
Según Fabiola, el parche necesita hoy de comprensión, no mirarlo como una manifestación menor, considera que es muy pequeño el velo que separa el arte de la artesanía y le ofende que todavía algunos la miren con sorpresa cuando dice haberlo escogido, como si hubiese algo vergonzoso en ello.
Nacida en una familia campesina, el entorno le fue propicio, pues su padre dibuja, aunque no lo ha hecho nunca de forma profesional, ni su madre que posee muchas habilidades manuales, entre ellas la de coser y de manera empírica desde hace años trabajaba el parche. La pequeña de la casa ya prefiere los lápices de colores y las pinturas a otros juguetes.
Rompen con los cánones del típico clan de labriegos, pero la tranquilidad del hogar para disfrutar un libro y dedicarle el tiempo a su creación, le resulta idónea.
En las manos de Fabiola, el hilo y la aguja dejan de ser útiles de costura para convertirse en surtidores de color y vida.