La historia detrás de un viejo madero
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
“Esta niña que abrazaba a un leño al que llamaba `Mi Nene`, me convenció de que debía consagrar mi trabajo a una Revolución que transformara esas desigualdades”, escribió Alberto Korda. / Fotos: Januar Valdés Barrios y cortesía de la fuente.
Alberto Korda era un hombre bastante exitoso. Había montado un estudio en N y O, en el Vedado, para dedicarse a la fotografía publicitaria y de modas. Sus servicios eran contratados por grandes empresas como Sabatés, especializada en la comercialización de jabones y cosméticos.
Un día le encomendaron un trabajo por Pinar del Río, en un lugar olvidado de la mano de Dios, conocido por el nombre de Sumidero. El mismo se ubicaba en el municipio Minas de Matahambre.
En sus andanzas por los senderos intramontanos y las vegas finas de tabaco, se topó con una pequeña de pelo oscuro y mirada intensa que sostenía un leño al que llamaba “Mi Nene”. El madero vestía una camisa de papel periódico cual si fuese una persona en miniatura. La niña lo había tomado de la construcción de una casa de tabaco según le contaron al fotógrafo poco después.
Korda accionó el disparador de su cámara e inmortalizó la imagen de aquella criatura, sin presentir que esa instantánea le cambiaría su vida de un modo tan significativo.
A partir de entonces resolvió consagrarse a la fotografía social y al fotoperiodismo, convirtiéndose en el fotógrafo cubano más conocido internacionalmente. Captó a través de su lente importantes momentos de la historia posrevolucionaria y fue el autor de la famosa foto del Che mirando el cortejo fúnebre de los caídos en el sabotaje del barco La Coubre que los críticos relacionan como uno de los 10 mejores retratos de todas las épocas y el más reproducido en la historia de la fotografía mundial.
Korda viajó por el mundo, trabajó con revistas y periódicos de renombre, se codeó con notables personalidades políticas y culturales, acumuló fama y prestigio; pero cuando se sentía agobiado de la vida citadina, retornaba a los campos de Sumidero a visitar a la nena de la fotografía y a convivir unos días con los familiares generosos de ella, que ofrecían al viajero todo cuanto de bueno tenían sin importar la escasez.
Korda logró captar en esta imagen la relación tan tierna entre Aracelys y su hermana menor, Paula María.
Hubo un tiempo en que Paula María (así se llamaba la niña), llegó a atesorar decenas de juguetes; pero jamás se deshizo de su muñeca de palo.
La voz de Aracelys cobra tonos más suaves cuando habla de Paulita.
“Cuando se fue a casar, ella quiso arreglarla un poco, darle algo de vida. La barnizó y le hizo un nuevo vestido con una cinta roja”, me cuenta Aracelys Seijo Loaces, hermana de la muchacha y prosigue:
“Paula era bajita de estatura, muy seria y responsable. No porque ya no exista digo estas cosas: es la verdad. Estudiaba enfermería en Pinar y llegó a ejercer de auxiliar de enfermera en el policlínico de aquí del pueblo. Solía ser tierna con los niños y estos la querían mucho, incluso cuando era ella quien los vacunaba”.
Paula posa para una foto con su muñeca de palo el día de su boda.
Dos años después de desposarse con su amor, un joven maestro de secundaria, la enfermera de apenas 22 años debutó con una enfermedad en la sangre que consumió su cuerpo y energía vital en apenas siete meses.
“No imaginas cuántas veces he contado esta historia”, advierte Aracelys. “La gente me cuestiona si sufro haciendo esto, pero es mi manera de tener a Paula cerquita, de no dejarla ir.
“Una vez llegué a una tienda en Pinar y me tropecé con un cartel con su fotografía. Le pedí al gerente que me lo obsequiara, porque todo lo que veo de ella por ahí lo quiero tener. Ya van a ser 40 años que me falta, pero cada día la evoco de un modo u otro”.
Aracelys y su padre Nicolás en la fachada de su antigua casona.
Aracelys vive con su hija, sus nietas y su padre Nicolás en una casa de placa curiosa y aseada. A pocos metros se divisa el hogar de su infancia. Es una casona colonial que ya cumplió 210 años de creada. El artesonado está resentido y hace incómoda la vida allá adentro, pero la fachada muestra intactas sus altas columnas, así como la puerta y ventanas de maderas preciosas pintadas en azul.
“Esa casa es una reliquia del vecindario de Sumidero. Su dueño original se llamaba Fortunato Ferro y era un terrateniente muy rico. Papá era empleado suyo. Vivía con nosotros en la parte de atrás pues era el encargado de custodiar el almacén, donde se guardaban pacas de tabaco y de maíz”.
“Cuando triunfó la Revolución nos dejaron la vivienda y la tierra. En el portal jugábamos mi hermanita y yo a las maestras. Los alumnos eran pedazos de piedra y las tizas trozos de carbón”.
“Fuimos muy felices allí a pesar del accidente doméstico en el que murió mamá. Así que mi padre nos crió solito. Lo recuerdo pegado al fogón, cocinando para nosotros después de la jornada fatigosa del campo”, dice Aracelys y mira con ternura a su viejo desmemoriado, que escucha, sin escuchar, lo que conversamos y tiene un rostro serio y respetable.
En el cuarto de Nicolás, cerquita de su cama, hay un objeto de valor que me muestran al final de la entrevista. Se trata del patrimonio más grande de la familia: un madero negro que a simple vista no tiene forma alguna, pero si se le mira detenidamente, si uno fuerza la imaginación tan solo un poco, puede que descubra la silueta de una muñeca.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.