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Sandra y sus esencias

Sandra Haidée Díaz Solís.

Sandra, la ingeniera agrónoma, investigadora, genetista, profesora, hija, tía, esposa y madre de varios proyectos que contribuyen al mejoramiento de la producción de arroz. / Fotos: Vania López Díaz.

La mayor parte de su vida ha transcurrido en Los Palacios, desde allí ayuda a cambiar el mundo, el suyo y el nuestro. Una mujer singular, que puede comunicarse en japonés, ha estado en tres continentes y hace que sus conocimientos germinen en mejores plantas.

Sandra quería estudiar Medicina, le faltaron algunas décimas en su promedio para acceder a esa posibilidad; el rechazo a las matemáticas la llevó a elegir, entre otras opciones, la Agronomía. Y así, de una relación concertada por conveniencia, surgió un gran amor.

La pasión ya dura 25 años, el mismo tiempo que lleva laborando en la Unidad Científico Tecnológica de Base (UCTB) Los Palacios, perteneciente al Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas (INCA), donde llegó en 1994 a realizar el servicio social, una vez concluidos sus estudios en la universidad Hermanos Saíz Montes de Oca en Pinar del Río.

Desde el año 2000 posee el grado científico de máster en Ciencias Biológicas. Ha estado implicada en dos decenas de proyectos investigativos y los resultados de estos avalan la obtención de más de 20 premios, uno de ellos internacional en la LX Reunión Anual de la Sociedad del Programa Cooperativo Centroamericano para el Mejoramiento de Cultivos y Animales (PCCMCA).

También le han concedido cinco condecoraciones; son tres las veces que recibió adiestramiento en el extranjero y seis los eventos foráneos en los que representó a Cuba, de los más de 300 en que ha participado; en tanto artículos de su autoría están publicados en 40 revistas.

Esas son estadísticas reflejadas en su currículo profesional, que incluye además su desempeño como docente, tutora y estudiante, pues la superación ha sido reto constante para esta mujer que acumula los saberes acreditados por más de 45 posgrados, sin embargo, entre tantos logros no se esfuma la esencia de Sandra Haidée Díaz Solís.

LA PALACEÑA

Aunque nació en La Habana, siempre ha vivido en Paso Real de San Diego, comunidad perteneciente al municipio de Los Palacios. Con apenas 10 años tuvo que aprender a lidiar con la diabetes mellitus tipo II y reconoce que tal condición generó un sentimiento sobreprotector en sus padres y hermano, no obstante, nunca la limitaron, lo convirtieron en apoyo incondicional a todos sus proyectos.

La etapa de sus estudios universitarios coincidió con el inicio del periodo especial. Guarda un profundo agradecimiento para todos aquellos que contribuyeron a su cuidado asegurándole medios como un refrigerador en su cuarto para la preservación de la insulina y los alimentos; a los médicos de la residencia que siempre estuvieron atentos; al claustro de profesores; compañeros de estudio y a sus padres que cada semana, a pesar de las difíciles condiciones, la visitaban para llevarle comida y que tuviera lo indispensable.

Nada en Sandra anuncia fortaleza, es delgada, de suaves maneras, locuaz, y el simple hecho de que no permitiera a la enfermedad dominar su destino, ya habla de su voluntad: “Lo he logrado. Aprendí a cuidarme, y paso tiempo fuera de mi casa, a veces hasta varios meses, sé lo que tengo que hacer y el médico dice que estoy bien, así que eso no es problema”.

Esa misma determinación la pone a cada proyecto, lo que le ha permitido a lo largo de los años superarse a sí misma y proseguir en la búsqueda de resultados que contribuyan a mejorar la resistencia de las variedades de arroz al clima, a las enfermedades e incrementar los rendimientos productivos.

A juicio de algunos especialistas, la creación de variedades genéticas es como jugar a ser Dios, porque es la selección intencionada de prevalencia de una característica sobre otra, y Sandra lo confirma: “Lo primero es saber a dónde quieres llegar y para nosotros los cubanos es muy importante satisfacer la demanda. Se requieren alrededor de 700 000 toneladas y solo se cubre el 42 por ciento, por eso, si buscamos calidad del grano, tenemos que hacerlo también con rendimiento”.

Destaca que es un propósito alcanzable. A partir del 2012 puede hablarse de una recuperación de la producción de arroz, pero todavía están lejos del potencial.

Por otra parte, resalta la importancia del trabajo en equipo y el valor del intercambio directo con los campesinos, pues ellos le aportan elementos prácticos y la observación sobre el comportamiento de cada variedad.

Para los estándares internacionales el rendimiento por campo es de ocho toneladas por hectárea y Cuba está a mitad de camino. Con los cultivares (campos de plantas seleccionadas artificialmente) en otros lares obtienen 12 toneladas por hectárea, y ese indicador es muy superior en el caso de los híbridos.

Es mucho lo que todavía deben aportar los especialistas para satisfacer el consumo nacional de arroz, aunque por supuesto, no será desde el laboratorio con una fórmula mágica que se logre alcanzar tal propósito.

Sandra refiere que ya en el campo interfieren muchos elementos desde la preparación de tierras, la nivelación del suelo hasta el seguimiento a cada cultivo, especialmente la fertilización en el momento y cantidad adecuados para evitar enfermedades.

En tal sentido exalta la cultura de los japoneses, muy estrictos en el manejo, algo que los cubanos todavía no incorporan a las rutinas laborales.

Abriga la esperanza de que se alcance esa responsabilidad tecnológica y mientras tanto, no renuncia al sueño de que las cosechas sean suficientes para cubrir la demanda y sigue empecinada desde el laboratorio del INCA en hacer sus aportes para lograrlo.

En el colectivo son tres las mujeres dedicadas al mejoramiento del arroz. Dice que trabajan muchas cosas juntas y aunque solo ahora está en preparación de sus primeros cultivares, los resultados adversos de las colegas les han sido muy frustrantes.

LOS PENDIENTES

Admite que entre las cosas que le quedan pendientes está el doctorado. Todavía no se decide si optar por un tema asociado a la mejora genética o al campo de las ciencias sociales. Aclara que a partir de la participación en el Programa de Innovación Agropecuaria Local (PIAL) y el Proyecto de Bases Ambientales para la Seguridad Alimentaria Local se ha involucrado de lleno en el trabajo de la equidad de género; es además un área de investigación en la cual los métodos y la aplicación de técnicas dependen de menos condicionantes que las que lleva implícito el montaje de experimentos de campo.

Sobre este particular acota: “Mañana yo siembro y tengo que estar durante cinco meses realizando vistas diarias al cultivo para chequear cómo va el nivel del agua, qué le corresponde en cada momento y hacerlo; luego evaluar la altura, los componentes de rendimiento, diferencias entre los ciclos y aunque estoy enamorada de lo que hago, cualquier elemento ajeno a mí puede alterar el resultado”.

Sobre la posibilidad de combinar ambas líneas en una misma investigación acepta que aunque le gustaría, y la presencia de la mujer en la agricultura es numerosa, hay pocas dedicadas al cultivo del arroz y menos al mejoramiento genético.

Esa fue su apuesta y no duda en asegurar que las investigaciones en que ha participado son los hijos que no tuvo, a pesar de llevar casi 20 años casada: “Entre los cursos, la diabetes y que ya no es tiempo, pero tenemos sobrinos; compartimos vida y trabajo, mi esposo es analista de matemáticas, un gran apoyo, nos complementamos”.

FINAL ABIERTO

Si de algo no carece es de sueños, entre ellos, poder contar en su amado INCA con las tecnologías modernas que se emplean hoy en el mundo y así poder perfeccionar su trabajo.

Aunque se reconoce como una mujer realizada –personal y profesionalmente–, devota de la familia, apasionada con su labor, deja bien claro que es una especialidad con mucho campo en el cual se pueden obtener éxitos y que es como la medicina, pero que en vez de curar cuerpos te ocupas de plantas. Este es su mensaje para aquellos jóvenes que dudan qué materia elegir para cursar estudios universitarios; para ella su vida y el arroz son una misma cosa. Dicha de los que encuentran satisfacción en su quehacer del día a día y esencia de Sandra.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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