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Robaina y la autenticidad de sus puros

Robaina y la autenticidad de sus puros

Fotos: Silvino Corveas Becerra.

Haberse convertido en el más renombrado productor de Tabaco de Cuba en el mundo, debió ser un logro impensable para quien de joven solo tenía como sueño comprarse un caballo y luego una bicicleta. Alejandro Robaina aprendió de su padre a amar la tierra y cultivar la mejor hoja de la Isla en los suelos fértiles de San Luis, donde desde la década de 1920 su familia había construido las primeras terrazas para el cultivo.

Si la vida le hubiera permitido cumplir su voluntad de vivir 120 años para ver en qué iban a convertirse sus nietos y biznietos, este 2019 celebraría su centenario. A los 91 años falleció, en 2010, pero sus historias aun provocan sonrisas por lo sagaz de su espíritu y auténtico de su carácter.

Contaba con orgullo que García Márquez le dijo que había pasado uno de los días más felices de su vida en la finca con él, que Fidel no le pudo convencer de cooperativisar el cultivo del tabaco en su vega, porque consideraba que era una cuestión de trabajo en familia como su padre y abuelo le enseñaron, y que allá por los años cincuenta y tantos había puesto unos bancos en una casa de tabaco; un cartón pintado de prieto para la pizarra; tizas hechas con yeso y unas libretas para alfabetizar a sus trabajadores. Cuatro meses más tarde construyó una escuela de mampostería y el siguiente año tuvo que irse al Cuyaguateje y comprar guano y madera para levantar otra.

Con picardía citaba en las entrevistas aquella anécdota de un periodista suizo que pretendió inquirirlo sobre la calidad del tabaco cubano al decirle que no entendía cómo los bichos no picaban la hoja del toscano y la del de Cuba sí. Robaina, no dudó en responder: “Los bichos no comen mierda”. Nadie podía cuestionar aquello de lo que los campos y la experiencia le habían convencido desde muy joven: el tabaco cubano era el mejor del mundo.

Como Embajador del Habano, título con el que también se le reconocía, en los últimos 20 años de su vida visitó las pirámides de Egipto, la Torre Eiffel, la Puerta de Alcalá, las ruinas del Circo Romano, las Torres Petronas, entre múltiples lugares hasta donde llegó para hacer valer la autenticidad de los puros de esta Isla.

No tenía reparos para hablar de cómo había ganado todo lo que tenía por mérito propio y el esfuerzo humilde de su gente. Decía: “si mi trabajo me ha puesto en el lugar de los hombres más elegantes, bueno, parece que eso es cosa de la naturaleza. Cuando nuevo no tenía dinero ni para tirarme una foto. Sinceramente, me siento a gusto con la gente sencilla en mi Pinar del Río y en Cuba”.

Su nombre no es fácil de separar del aroma y la textura del tabaco. No importa si a los nueve años fumó su primer puro y pasó la “borrachera” escondido para que su padre no lo viera o si nunca usó un calzoncillo atlético porque le amarraba mucho. Robaina, el hombre, el tabaquero, el más célebre de los vegueros de Cuba florece cada siembra en las hojas de sus vegas y el éxito de su legado.

Sobre el Autor

Vania López Diaz

Vania López Diaz

Periodista y fotorreportera del Periódico Guerrillero.

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