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Intransigencia

Antonio Maceo en la Protesta de Baraguá.

Hubo una ocasión en que el general español Arsenio Martínez Campos estuvo a punto de atrapar al Titán de Bronce.

“Creí habérmelas con un mulato estúpido, con un rudo arriero; pero me lo encuentro transformado no sólo en un verdadero general capaz de dirigir sus movimientos con tino y precisión, sino en un atleta que, en momentos de hallarse moribundo en una camilla, es asaltado por mis tropas, y abandonando su lecho se apodera de su caballo, poniéndose fuera del alcance de las que lo perseguían”, escribió el militar en mensaje enviado a Madrid.

Pero el destino movió sus hilos e hizo converger, una vez más, las vidas de aquellos hombres.

Corrían tiempos de sedición, caudillismo y regionalismo y era evidente el descrédito de una Cámara de Representantes cuyo mandato dejaba mucho que desear desde años atrás, cuando destituyó de su cargo a un presidente digno: el precursor Céspedes.

Sobre la situación del Ejército Libertador escribió en su diario el Generalísimo Máximo Gómez:

“Se nota una desmoralización completa y los ánimos todos están sobrecogidos; tanto por las operaciones constantes del enemigo como por la división de los cubanos”.

Martínez Campos supo aprovechar la desunión y emprendió una campaña pacificadora que alcanzaría su cenit en El Zanjón, localidad camagüeyana donde el Comité del Centro, adjudicándose funciones del gobierno de la República en Armas, rubricó un documento que proclamaba el fin de la Guerra de los Diez Años, ignorando así los objetivos por los cuales tan duramente habían peleado los mambises: la independencia de Cuba y la abolición de la esclavitud.

Una vez que Maceo estuvo al tanto del vergonzoso convenio envió una misiva al general ibérico solicitándole una entrevista y una tregua de cuatro meses. Solo lo primero le fue concedido. El 15 de marzo de 1878, en Mangos de Baraguá, se reunieron ambos contendientes.

En su libro Antonio Maceo, apuntes para una historia de su vida, el historiador José Luciano Franco expone lo acaecido aquel día:

“Martínez Campos llamó al brigadier Pola Vieja para que le llevara los documentos del Convenio del Zanjón que estaban en poder del coronel Moraleda.

“El rostro del general Maceo permanecía impasible. Solo el relámpago que iluminaba a ratos su límpida mirada, denunciaba la tempestad interior. Con su habitual gentileza impide, con un gesto, la lectura de las bases firmadas en la capitulación del Zanjón…. Con palabra mesurada, poniendo en cada frase la digna y expresiva firmeza revolucionaria de líder de un pueblo esclavo, responde al representante de la monarquía española que ni él ni sus compañeros orientales estaban dispuestos a aceptar las bases del Pacto del Zanjón que se había firmado en Camagüey sin consultarles... Tiene la esperanza de que la isla de Cuba, de que el pueblo cubano, encuentre al fin el sendero de la paz y la felicidad; pero ello sería imposible sin la libertad. No puede creer en la sinceridad de las reformas que promete Martínez Campos, porque estas deben ir precedidas de la abolición inmediata de la esclavitud”.

No hubo entendimiento posible entre el peninsular y el mambí. La Protesta de Baraguá, protagonizada por Maceo, trascendió a los anales de la historia como uno de los hechos más sublimes de nuestras gestas por la independencia, muestra de la intransigencia de la intransigencia del pueblo cubano en su afán de libertad.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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