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Céspedes y el sueño de la libertad

Asamblea de Guáimaro.

Asamblea de Guáimaro.

Cuando el 27 de octubre de 1873 Carlos Manuel de Céspedes fue depuesto por la Cámara de Representantes de su cargo de presidente de la República en Armas acató resignado el hecho, pues era consciente de que una negativa suya podría provocar una disputa entre los cubanos capaz de mellar a la revolución.

Tuvo oportunidad de refutar la ridícula orden, ya que José de Jesús Pérez, brigadier del Ejército Libertador y uno de los hombres alzados en Demajagua, ofreció sus tropas para resistir a la Cámara, pero el Padre de la Patria no secundó esta idea.

“Yo obediente a la Constitución y las Leyes, no sería causa de que se derramara sangre cubana”, explicó en su diario este hombre inmenso capaz de todo sacrificio.

La injusticia cometida contra él no acabaría con el propio hecho de su destitución; también lo despojaron de sus escoltas y ayudantes y se vio forzado a seguir al gobierno durante tres meses completos.

Una vez trascurrido este tiempo se dirigió a Cambute. Pretendía reunirse en Jamaica con su esposa e hijos, pero el permiso para viajar le fue negado por sus detractores, “porque el gobierno no cree conveniente en manera alguna, que sin causa poderosa y justificada salgan fuera de su territorio los que en él militan y le deben forzosamente sus servicios”.

Fue así como “el presidente viejo”, otrora aristócrata y dueño de innumerables tierras y esclavos, acabó estableciéndose en San Lorenzo, un poblado nacido en las faldas de la Sierra Maestra. Cuentan que allí encontró el amor de una dulce muchacha, Panchita, a quien doblaba la edad. El tiempo se le iba entre sus lecturas, las partidas de ajedrez y las clases de escritura que impartía a dos niños del caserío.

Un día llegaron los españoles a San Lorenzo y descubrieron el retiro del cubano. Armado con un revólver, salió este del bohío y corrió por su vida.

Le perseguían un capitán, un sargento y cinco soldados. Procuraban capturarlo vivo pero el patriota, sabiéndose perdido, les disparó sin detener su huida.

Finalmente lograron neutralizarlo y se despeñó por un barranco con una herida de fusil en el corazón. El coronel del Ejército Libertador Manuel Sanguily describió con gran lirismo los últimos minutos del bayamés:

“Céspedes no podía consentir que a él, encarnación soberana de la sublime rebeldía, le llevaran en triunfo los españoles, preso y amarrado como un delincuente. Aceptó sólo, por breves momentos, el gran combate de su pueblo: hizo frente con su revólver a los enemigos que se le encimaban, y herido de muerte por bala contraria, cayó en un barranco, como un sol de llamas que se hunde en el abismo”.

Se perdía así al fundador, al libertador de esclavos, al hombre que salvó la conspiración adelantando el alzamiento en armas para evitar así la detención de los conjurados dictada por el capitán general Francisco Lersundi. Ello hubiese retrasado el proceso por tiempo indeterminado.

Sobre el patriota escribió Martí en su artículo Céspedes y Agramonte verdades que erizan la piel:

“…Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a una tigre su último cachorro…”.

Más adelante refiere el autor: “…¡Mañana, mañana sabremos si por sus vías bruscas y originales hubiéramos llegado a la libertad antes que por las de sus émulos; si los medios que sugirió el patriotismo por el miedo de un César, no han sido los que pusieron a la patria, creada por el héroe, a la merced de los generales de Alejandro; si no fue Céspedes, de sueños heroicos y trágicas lecturas, el hombre a la vez refinado y primario, imitador y creador, personal y nacional, augusto por la benignidad y el acontecimiento, en quien chocaron, como en una peña, despedazándola en su primer combate, las fuerzas rudas de un país nuevo, y las aspiraciones que encienden en la sagrada juventud el conocimiento del mundo libre y la pasión de la República! En tanto, ¡sé bendito, hombre de mármol!”

Pudo tener una vida larga, colmada de lujos y placeres, pero eligió redimir a su nación, vejada por los intereses de una metrópoli abusiva. Hasta a su hijo Oscar tuvo que renunciar cuando las autoridades españolas le instaron a salvar la vida del muchacho a cambio de que depusiera las armas.

“Duro se me hace pensar que un militar digno y pundonoroso como vuestra Excelencia, pueda permitir semejante venganza si no acato su voluntad; pero si así lo hiciere, Oscar no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueren por nuestras libertades patrias”, respondió al gobernador y capitán general de la Isla Antonio Caballero y Fernández de Rodas.

Carlos Manuel de Céspedes.Carlos Manuel de Céspedes.

Cuando Céspedes murió el 27 de febrero de 1874, nada tenía. Ni ropajes caros, ni oro, ni grados… Estaba por demás bastante solo aquel ser apasionado, amante de la música, el teatro y la poesía, diestro en los idiomas, elocuente orador, bailarín de pies ligeros que lo mismo enamoraba a una mujer con la cadencia suave de su voz, que arengaba un pueblo a romper sus ataduras y arriesgarlo todo por el sueño de la libertad.

"Ciudadanos, hasta este momento habéis sido esclavos míos. Desde ahora, sois tan libres como yo. Cuba necesita de todos sus hijos para conquistar su independencia. Los que me quieran seguir que me sigan, los que se quieran quedar que se queden, todos seguirán tan libres como los demás".

Carlos Manuel de Céspedes

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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