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Instantes fugaces

Instantes fugaces

Foto: La prensa.com

La duración de nuestras vidas, al compararlas con el Universo, es más breve que el paso de una estrella fugaz, ese es el tiempo que disponemos, hacer un buen uso de él, depende de un conjunto de decisiones personales.

Hasta el momento la única certeza que acompaña al nacimiento es la muerte, pues por numerosas que sean las leyendas y mitos que refieren la eternidad, nada refuta la ley natural de que todo lo que nace, fenece. Para algunos solo pensar en el encuentro con la parca, les quita el sueño, pero la sabiduría popular establece que, ante lo inevitable, el camino es la aceptación.

Si sabes el desenlace, disfruta del tiempo que dure la obra; no te amargues por la felicidad ajena, no vivas pendiente de lo que otros dicen o hacen, ocúpate de tu personaje y dale la máxima intensidad posible, todos tendrán el mismo fin.

Hay personas con una predisposición natural a la felicidad, para esas existe la contraparte y si durante años soñaron con tener la luna, en el momento en que la poseen la sienten gélida e insuficiente para sus expectativas, añorando entonces dejarse abrasar por el sol. Y es lógico ante cada meta conquistada, ampliar las expectativas, pero es preciso darse el tiempo para celebrar las victorias, que no se llega a la cima de la montaña con un solo paso.

Los detalles cotidianos nos engrandecen el alma, y a veces basta un saludo afectuoso, mensaje, o encuentro fortuito para arreglarnos el día y viceversa, pero dejar llevarse por las nimiedades, nos empequeñece espiritualmente.

La mayoría de nosotros quiere disfrutar de la vejez, con plenitud de fuerzas y capacidades, eso no va a suceder, pues estos imperfectos cuerpos que nos regaló la naturaleza pierden hasta en el mejor de los casos sus propiedades.

Aunque cada etapa tiene sus encantos y se puede ser un anciano con excelente calidad de vida, máxime en un país como el nuestro, asumir que determinadas cosas no serán como antes, ayuda a enfrentarlas.

De cualquier forma, está demostrado que no es la angustia, la frustración y la mala vibra la senda hacia la felicidad, ni es un estado de gracia permanente y duradero, es más el predominio de una sensación sobre otra, surge de apreciar las cosas buenas que tenemos habitual o esporádicamente.

La muerte puede ser el resultado de una larga y penosa enfermedad, el azar del destino que le colocó en el momento y lugar equivocado, el saldo fatal de la imprudencia, o quizás hasta una viruta dentro de un cataclismo de grandes proporciones.

Ahora que sabemos que el meteorito que cayó en Viñales liberó una energía similar a la de 1 400 toneladas de dinamita y que hemos visto cómo en pocos minutos un tornado arrasó La Habana; y pongo estos dos ejemplos por infrecuentes, tenemos mayores razones para asirnos con fuerza al valor de cada instante.

Solemos pensar que nuestras luchas, son las más importantes, que son los problemas del día a día de la existencia propia los de mayor complejidad, o que la mala fortuna se ensañó con alevosía en el contexto donde estamos, pero basta una mirada despojada de egocentrismo para percatarnos de que nos ahogamos en un vaso con agua.

Encasillarnos en el rol de infelices, propicia más desdicha y sufrimiento, creernos el centro del Universo cuando somos una insignificante parte de él, aleja la perspectiva de la realidad y no es que, por fugaz, se minimice la existencia del ser humano, al contrario, es que la brevedad nos demanda intensidad.

Concentrarnos en lo verdaderamente valioso e imprescindible, deja que el vecino viva a su antojo, sigue su ejemplo; que no te preocupe ni ocupe nada ajeno a darle un propósito a cada jornada, respetando el derecho de los otros, aportando a esa suma que es la sociedad, pero desde la satisfacción individual.Solo al lado de personas dichosas se puede ser feliz y recuerda, nunca hagas a otro lo que no quisieras te hicieran a ti, si todos los seres respetáramos esa máxima, no estaríamos hablando de buscar la paz mundial.

Dicen que febrero es el mes del amor, pues borremos el resto del calendario y quedémonos en esos días, para querernos nosotros mismos, no como caracoles encerrados en sus conchas sino como cuerpos luminosos que deshacen sombras a su alrededor, si somos estrellas fugaces, ocupémonos de estar entre las más brillantes.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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