Abelino Castro Vázquez: “Un hombre de Buey Arriba no puede vivir sin trabajar”
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
Abelino Castro Vázquez / Foto de la autora
El padre era un español acomodado, dueño de una finca cafetalera en Buey Arriba, Granma, al norte de la Sierra Maestra. Con mi viejo aprendí dónde estaba lo bueno y lo malo de las personas.
Si un trabajador se le plantaba delante: “Gallego, mis muchachos están enfermos y no tengo que darles”, papá le ordenaba a su tenedor de libros: “Hazle un vale para la botica y otro vale de 10 pesos para que vaya al almacén y le compre comida a los hijos”.
Él y mi madre se separaron cuando yo tenía ocho años. En el tiempo de antes si una pareja se divorciaba y había una finca de por medio, el hombre se quedaba con la propiedad.
Mamá se fue de criada para una casa de gente adinerada y me llevó con ella. Quise ayudarla y busqué trabajo en la finca de un hombre de Bayamo. Allí había que picar la tierra, abrir un hueco grandísimo, arar y dejar el terreno listo para sembrar caña luego.
Largué del tiro el pellejo de las manos. Mi madre me encargó comprar sebo de res en la bodega de Ramiro, que era como se llamaba el dueño de la finca. Las llagas se me curaron untándome sebo de res frito y orine.
A los seis meses y 13 días acabé el trabajo aquel. El mayordomo vino y trazó, midió, verificó lo hecho, calculó los vales de alimento que me había dado y concluyó: “Te quedan 36 pesos”.
Iba con la idea de comprar un túnico para mi madre, un pantalón mecánico de tirantes para mí y algo de comida. Cuando llegué a la finca el dueño me dijo:
-Qué tú vienes a buscar, mi´jo.
-El mayoral dice que me quedan 36.50.
- ¿Te quedan?, tú no tienes nada aquí.
- ¿Cómo que no?
-Eres un niño, y los niños no cobran. Si andas con duda llégate al cuartel y pregunta –se burló de mí–. Cuidado no te dejen durmiendo allí esta noche.
-Esto lo va a pagar un día –lo amenacé–. Me fui llorando por todo el camino hasta mi casa.
Me senté en un banquito con la cabeza recostada a las piernas de mima. Ella empezó a despurgarme, a pasarme la mano como hacen las madres cuando quieren de verdad a sus hijos.
-Te voy a pedir un favor, Abelino. Vete con tu padre. Él te va a mandar a buscar.
-Mi madre, ¿usted sabe lo que me está pidiendo?
-Va a ser lo mejor para ti.
Un hermano mío vino a recogerme. Me trajo una camisa, un pantalón y unos zapatos. A mamá le dejó 10 pesos. Partí con él para la sierra de Buey Arriba y como a los tres días me enteré de que mima se había muerto. Creo que fue de tristeza.
En la finca me castigaban por cualquier bobería. Mi madrastra no se entendía conmigo. Si yo me encontraba un mandarino en el monte, le cogía un par de frutas lindas y se las llevaba, adulándole a ver si no me maltrataba.
Un sobrino de ella golpeó un día a mi hermano chiquito y el niño empezó a llorar.
-Ya le diste, Abelino –me acusó ella como una fiera–. ¡Qué le iba a dar al inocente si lo quería con mi vida!
-Siempre la he respetado a usted, pero no tengo por qué seguir haciéndolo –le dije y halé por un machetico que tenía amarrado al cinto– Si me vuelve a tocar le voy a cortar las manos.
La mujer se quejó con mi padre y él se puso de su lado y me botó de la casa. Esa misma tarde agarré una hamaca de saco y me fui rumbo al campamento del Hombrito, donde estaban operando los rebeldes.
A aquel lugar le decían así por sus lomas rocosas, una parecía un hombrecito: la loma del Hombrito. Había cuevas y pasos de río y muchas lechuzas en la noche que me asustaban con su sonido extraño.
Los jefes me mandaron de vuelta a Buey Arriba para que contactara con los comunistas viejos de la zona y les ayudara en el trasiego de mercancías.
Papá medio que se reconcilió conmigo y me prestó un arria de mulos. Mi tarea consistía en trasladar la carga hasta el Banco del pueblo. Allí se realizaba un trasbordo y otro compañero se ocupaba de llevar los productos a los rebeldes.
Una vez, hablando con un vecino de mi padre le digo:
-Negro, tú tienes una escopeta y los alzados la necesitan.
-Yo se las entrego, niño, que vengan.
Y vinieron a buscarla el comandante Pablito, que por entonces era un simple soldado del campamento del 14, Néstor Lien y otro hombre.
-Coño si es nuevecita –reparó Néstor–. Claro que habrá que limpiarla un poco, porque estaba en el cafetal envuelta en un nailon, pero yo la veo buenísima, compay –le comentó al dueño de la casa y probó meterle un cartucho a la recámara–.
Néstor era grandísimo. Se entretuvo conversando, descansó la culata del arma en un escalón del comedor y pegó el cañón a su barbilla. La escopeta se le resbaló de pronto y un tiro le alcanzó la cabeza. Dio un salto y cayó en el piso de cemento, muerto.
Lo envolvimos como un tabaco en un encerado de tapar mercancías. Sus compañeros se lo llevaron amarrado en el lomo de un caballo.
Tuve que quedarme a limpiar los sesos dispersos en el suelo porque el señor y la señora de la casa empezaron a temblar. Creo que la cabeza rota de una gente echa toda la sangre del cuerpo. Recogí aquello con un trapo y casi llené una lata de cinco galones.
De allí salí para el cafetal, abrí un hueco en la tierra y vacié la lata. Serían las tres de la mañana cuando llegué a mi casa. Yo dormía en el cuarto donde se guardaba el café. Entrando por la puerta, me dice mi viejo: “Abelinito mi´jo, alístate, que los trabajadores ya están saliendo pa´l campo”.
Comí un pedazo de pan y un vaso de café claro, como se acostumbra allá en Oriente y me alcanzó la mañana sin haber pegado un ojo.
Un día el ejército de Batista comenzó a desalojar a los campesinos de la Sierra Maestra y mi padre tuvo que buscar un nuevo albergue para la familia. Me encomendó trasladar tres mulos, cargados con artículos de la casa.
Por el camino me atrapa la gente de Sánchez Mosquera, uno de los asesinos más grandes que hubo en la zona de Buey Arriba.
-A partir de ahora, estos mulos están al servicio del ejército –me dijeron–. Y tú, que andas colaborando con los rebeldes, o vienes con nosotros o eres hombre muerto.
Me rehusé todo lo que pude. Pusieron a cuatro hombres a velar al muchacho bobo que era yo. Un día empezaron a ahorcarme por diversión. Me amarraron una soga de enlazar reses al cuello y comenzaron a tirar fuerte desde la solera de una casa. Empecé a ver una luz roja y perdí el juicio. Desperté en la litera de un teniente de apellido González, quien me salvó la vida porque estaba enamorado de una hermana mía muy linda.
Me personé en el firme rebelde de La Gloria con la marca de la soga fresca en el cuello todavía. Allí mandaba el comandante Ramiro Valdés, quien me orientó presentarme en la comandancia de la Plata.
Por el camino conocí a un hombre que aguijaba a un mulito cansado. El animal llevaba a cuestas dos tanques de petróleo de 10 galones cada uno para la planta de Radio Rebelde. Le propuse ayudarlo con la carga e hicimos juntos el trayecto hasta La Plata.
De La Plata me mandaron a Mompié y de allí a la escuela de guerra de Minas del Frío. Le decían así por la neblina persistente y las lloviznas que helaban los huesos. Había que poner un nailon grande por encima de la hamaca si uno no quería amanecer mojado.
En una barraca de cinc quemado vivíamos cerca de 300 hombres. Día y noche vestíamos la misma ropa de caqui. Muchas veces nos acostamos sin probar bocado, porque ni una caña podíamos coger de los campesinos. Cuando sonaban las bombas, todo el mundo corría a esconderse en un túnel de una sola boca. Si por casualidad caía una bomba en el hueco nos sepultaba a todos vivos. Por eso yo prefería refugiarme detrás de un ocuje grande que ni tres hombres podían abrazar.
Fui sargento de primera de la columna número Uno. Combatí en Guisa y Contramaestre. En Guisa mataron a mi amigo Braulio y al cocinero Benicio, que servía un fonguito y medio y un puñado de sal por cabeza.
En la guerra los momentos son difíciles siempre. Vas a matar y a sobrevivir. Cuando ves a gente joven muriendo a tu alrededor, algo cambia para siempre dentro de tu cabeza. Llega la paz y no te hallas.
Los primeros días del ´59 avanzamos hasta La Habana en la Caravana de la Libertad. Entramos al cuartel de Columbia donde vivían los guardias de Batista. Según fueron de asesinos fueron de limpios porque tenían los locales brillando. Un combatiente de nosotros entró a uno de los baños y metió su vaso al agua de la taza y casi se la toma de no ser por alguien que lo alertó. Nosotros en la Sierra solo sabíamos de letrinas al fondo de los patios.
El Comandante Pinares nos convocó a formar el primer batallón de infantería que se hizo en Cuba y lo seguimos. Fue así como conocí Pinar del Río y me instalé en esta tierra con una mujer. Poco después me enviaron a Guanito; a la Isla de la Juventud, donde esperamos una invasión enemiga que nunca llegó; a Minas del Frío, para que se entrenaran los compañeros que no conocían las montañas; porque un batallón de infantería lo mismo sube lomas, que cruza ríos crecidos, que camina por el llano o por el fango.
La compañía mía se trasladó luego a Cojímar, guarnición militar de Fidel, y de ahí salimos para Managua. Por meses todo lo que vi delante de mí fue monte y monte. Yo queriendo estudiar sin poder, quedándome burro mientras otros se educaban.
En Managua agarré una ametralladora y empecé a disparar a un blanco imaginario. Tenía psicosis de guerra. Ingresé en el hospital militar y me desmovilizaron de las Fuerzas Armadas Revolucionarias con 27 años.
No me sentía bien en la casa, cobrando una jubilación, sin hacer nada. Entonces me hice operador de tractores, gastronómico, administrador, educador popular, activista del barrio... y es que un hombre de Buey Arriba no puede vivir sin trabajar.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.




