El resplandor eterno de Martí
- Escrito por Susana Rodríguez Ortega
Foto: Martí, del pintor Dausel Valdés.
Dicen de Martí que era de apariencia frágil, pelo encrespado y ojos almendrados y brillantes. Más bajo que alto, más feo que apuesto; pero su palabra era poderosa y elevada su alma.
Transitaba con paso nervioso las calles heladas de Nueva York procurando la magia de estirar el tiempo. Comía poco, o no comía, con tal de ahorrar dinero para liberar a su tierra lejana; y llevaba los zapatos gastados por el uso, pero siempre lustrosos.
Cuentan que en una sola jornada podía escribir docenas de cartas, par de artículos e hilar incluso algunos versos.
“Su cerebro trabajaba con tal rapidez que las ideas le venían más ligeras de lo que la pluma podía escribir, al concluir me llamaba y me decía: ‘Mira, lee esto y dime qué dice aquí’, porque él mismo no sabía lo que había escrito”, relató en cierta ocasión María Mantilla, a quien el Apóstol amó con cariño de padre.
Cuando hablaba a los tabaqueros de Tampa, Cayo Hueso y Jacksonville su prosa no era prosa, sino poesía pura. Todos le creían después de oír tanta verdad y belleza juntas, luego de apreciar la expresión noble de su rostro y las cejas castañas y pobladas arqueándose ante “la sorpresa, la alegría y el desconcierto”.
A 166 años de su nacimiento, el pueblo cubano lo recuerda y venera. Hay mucho de sinceridad y gratitud en este homenaje. En lo particular me siento orgullosa de ejercer la profesión que él eligió como fe de vida, arma y tribuna: el periodismo.
Su legado es inconmensurable. Martí regaló su infancia, su juventud, su salud y su tiempo vital a la causa de la Patria. Edificó, enseñó y amó con locura a todo y todos a su alrededor. A decir del poeta Pablo Neruda: “…Aquel hombre vio lejos y vio cerca y ahora su mirada resplandece…”.
Sobre el Autor
Susana Rodríguez Ortega
Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.




