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El bregar de una mujer que camina con el corazón

Yamira Carmona Cuba y su madre. / Foto: Heidy Pérez Barrera.

Yamira Carmona Cuba y su madre. / Foto: Heidy Pérez Barrera.

Si a Yamira le preguntaran qué significa para ella la Asociación Cubana de Limitados Físico-Motores (Aclifim) respondería sin vacilación: “Una oportunidad”, en tanto ve en ella no solo la opción de integrarse al mundo de todos, sino de ser importante a pesar de las circunstancias.

Alrededor de las cuatro de la tarde de un día del pasado diciembre tuve cita con ella en su propia casa. Apenas la conocía por teléfono y ya me resultaba agradable: de voz segura, entusiasta y sin desconfianza me invitó a visitarla, pues tenía muchas cosas que contarme sobre la asociación a la que pertenece.

Mientras hablábamos, la miraba atentamente y llegué a sentir admiración por ella tan solo transcurridos los primeros cinco minutos de intercambio.

Yamira Carmona Cuba tiene 42 años de edad y desde los 13 anda sobre un sillón de ruedas, tiene incontinencia urinaria, sus piernas no la ayudan y sus manos no le responden en muchas ocasiones, pero es fuerte, decidida, con un corazón grande y muchas ganas de vivir.

ÍMPETU Y DESEO

Mi abuelo siempre dice que un hombre sin voluntad es un hombre sin fuerzas, y a esta mujer le corre por las venas la energía y el ánimo de seguir, propios de una exdeportista que nunca vio el cansancio.

El ciclismo tal vez influyó en su preparación física y espiritual, pero la familia fue, sin duda, el sprint que la impulsó hasta esta época, casi 30 años después, con una sonrisa para ofrecer y la mirada bien en alto para inspirar.

Su carrera hasta hoy ha sido larga, intensa, difícil, a veces imposible, mas, continúa, insiste, quiere, lo vuelve a intentar, lo consigue todo porque Yamira se lo propone.

“Actualmente coordino un comité de base conformado por 147 discapacitados pertenecientes al consejo popular Hermanos Cruz del municipio de Pinar del Río. Me encargo de las asambleas, del cobro de la cotización, de las actividades recreativas, del levantamiento de necesidades, así como de la inclusión de las personas a la Asociación, pues por experiencia propia, convenzo a aquellos que están en situaciones similares a la mía para que pertenezcan a la Aclifim.

“Me respetan mucho. Los asociados en su mayoría son de la tercera edad, somos muy pocos los jóvenes, por lo que me malcrían y me dicen ‘mi chiquitica’, ese cariño me lo he ganado, pues respeto a todo el mundo y ellos a su vez a mí, no importa que sea mujer ni que en ocasiones pudiera parecer su hija, les hablo segura de mí y con sentido de la realidad.

“A esas personas que no quieren vincularse porque el destino jugó con ellos, les diría que vengan, que todos juntos podemos trazarnos metas y cumplirlas como cualquier ser humano y sentirnos parte activa del mundo, ya que tenemos beneficios de estudio, incluyendo carreras universitarias y empleos acorde a la discapacidad.

“No solo los motivo a darle el frente a la vida, también a integrarse a las asociaciones como la Aclifim. Desde allí se abren las puertas al deporte, a la cultura, entre otras áreas, pues el país pone a nuestra disposición determinadas políticas y gracias a ellas logramos una inclusión.

“Desde mi rol lucho por la equiparación de oportunidades en función del bien común e individual para mejorar la vida de todas las personas, que al igual que a mí, se les dificultan las sensaciones o el traslado físico motor”.

PUNTAL ALTO Y FUERTE

“Mi familia es maravillosa. Mi madre me ha brindado su apoyo incondicional desde el primer instante. Ya sin fuerzas apenas continúa sin mostrar cansancio, en la misma rutina todos estos años, pero feliz de cierta manera porque yo no desisto”, me dice con desbordante amor en sus palabras y sus ojos.

Uno de los regalos de los últimos tiempos es una pequeña que aún no rebasa los dos añitos, Mía Luciana, una sobrina que aprende rápido y la llama por Tata, “sin levantar un metro del suelo ya es capaz de hacerme muchas de las cosas que mi mamá con tanto amor y dedicación me hace, adoro cuando me da besos”.

La vida suele ser en ocasiones mala. Yamira un día acompañó a su hermana a las prácticas de tiro como deportista también que era y una bala perdida quiso truncar su caminar, en ese entonces para su familia y amistades significó el final, menos para ella: sabía que vivía en un país que le devolvería nuevamente las esperanzas, no las de caminar, pero sí las de mirar los días con otra luz que igual brilla.

Es una mujer bonita, elegante, vive en el “Hermanos Cruz”, cerca de la parada de tejas, en un edificio que eliminó sus barreras arquitectónicas en función de facilitarle su marcha; uno que otro día se le ve pasear por las calles, saluda a todos, conversa un rato con sus amigos, hace sus mandados y regresa a casa satisfecha, aunque confiesa que le gusta la casa, levantarse temprano, estar sentada en su sillón apenas muestra el alba sus primeros rayos.

Ve su discapacidad como una cuestión de percepción, pues sabe que su trabajo lo hace bien y ya eso significa que es importante para alguien. Agradece a su hermana, a sus tres sobrinos, a sus vecinos por cada granito de solidaridad, pero infinitamente a esa señora que la ve gigante: a Teodora Margarita Cuba Prat, la madre, la guerrera, la amiga, la compañera, sus pies, sus manos, su corazón… su vida entera.

Sobre el Autor

Heidy Pérez Barrera

Heidy Pérez Barrera

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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