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Pasajes de la vida de Julio Ferrer Ferrer

Julio Ferrer Ferrer

Julio Ferrer Ferrer. / Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro.

Aunque en su carné de identidad consta que nació el 10 de marzo de 1943, lo cierto es que Julio vio la luz un poco antes, el 22 de diciembre del año '42.

AGUARDIENTE PURO DE CAÑA

Aunque en su carné de identidad consta que nació el 10 de marzo de 1943, lo cierto es que Julio vio la luz un poco antes, el 22 de diciembre del año '42.

“Mis padres hicieron una maraña con la fecha para poder cobrar la maternidad. Eso fue lo que me contó mi difunta vieja, que era muy ordenada y tenía los cumpleaños de los hijos apuntados en una libreta; pero no sé con claridad cómo influía en el cobro de ese dinero el nacer en un mes u otro”, relata desde su pequeña oficina en la Empresa Mayorista de Suministros Agropecuarios, donde lo sorprende nuestro equipo corrigiendo con una maquinita su barbilla perfectamente rasurada.

Su infancia en Consolación del Norte (hoy municipio La Palma) transcurrió bastante feliz porque, a pesar de la pobreza que señoreaba en su casa, tuvo la oportunidad de estudiar. “Mi maestro de sexto grado, José Porfirio Calzada, era una gente muy buena. Nos enseñaba a ser disciplinados y esas cosas pero, muchachos al fin, hacíamos de las nuestras.

“Yo andaba con dos que eran la candela. Los sábados en la mañana nos metíamos en los campos a recoger limones. Luego vendíamos a tres centavos la docena. Se nos pelaban los pies pregonando por el pueblo porque en aquel tiempo todo el mundo tenía su huerta con naranjas, frutabombas y limones y era difícil encontrar comprador. Así pasábamos el día, hasta reunir 60 centavos, que era lo que valía un litro de ‘Aguardiente puro de caña’. Así podía leerse en la etiqueta de la botella. Con un esfuercito extra conseguíamos comprar además una lata de manteca de cinco centavos.

“El domingo nos íbamos hasta la valla de gallos y recogíamos los gallos muertos que los guajiros botaban allí. Le quitábamos los cueros duros y freíamos la carne en trozos pequeños con sal y limón. Ese era el sala´ito para acompañar el aguardiente”. Julio se ríe a carcajadas de sus travesuras de antaño.

Pero estas ocasiones nunca han tenido que ver con la disciplina, honradez y resultados en sus relaciones familiares y personales.

Al culminar sus estudios secundarios se presentó a una plaza por oposición en el Instituto de Segunda Enseñanza de Pinar del Río y lo aprobaron.

“Un peso gastaba yo diariamente: 65 centavos me costaba el transporte hasta la ciudad y 25 el almuerzo. Me hice cliente fijo del Café Laviada. Ese era un sitio muy famoso que quedaba donde está hoy el restaurante La Casona. El dueño de allí hacía un refresco sabroso al que le decían hidromiel. Sabía a algo así como a cola con miel, pero la receta original nunca la compartió con nadie, se la llevó a la tumba”, evoca y prosigue:

“Otro lugar bueno para comer era la fonda El Kíkere, donde servían unas completas riquísimas de carne de cerdo, arroz congrí y plátano a puñetazos. Podías escribir una carta con el ombligo después de comer todo aquello.

“Llegó el momento en que los viejos míos no podían darme un caña diario y decidieron que me fuera a vivir a La Habana con mi abuela para continuar mis estudios de bachiller en el preuniversitario de La Víbora. En ese lugar me sorprendió el triunfo de la Revolución”.

EL MEJOR TIEMPO

Hacia 1960 partió rumbo a Minas del Frío para pasar la escuela de reclutas. Allí no solo se entrenó en los rigores de la vida de campaña, también conoció la gratitud de varios campesinos analfabetos a los que enseñó a trazar sus primeras letras.

“Por las tardes yo prestaba este servicio de maestro voluntario. Me alumbraba con un farol o lo que fuera, dormía en hamacas a la intemperie y comía malanga sancochada, pero con amor”.

Julio no imaginaba que el magisterio definiría con tanta fuerza el rumbo de su vida. Siete años después, pasaría en Ciudad Libertad un curso para afianzar la iniciativa de las escuelas militares Camilo Cienfuegos en todas las provincias del país. En aquel tiempo solo existía la de playa Baracoa, al oeste de La Habana.

“Una tarde, estando en medio de aquel adiestramiento, me convocó el comandante Juan Almeida al Ministerio de las Fuerzas Armadas junto a otros compañeros y en medio de su oficina de trabajo nos ascendió a subtenientes. ¡Fue un orgullo tremendo!”, confiesa.

“En la división permanente de Guanito se formaron los primeros Camilitos pinareños. En un comienzo fui subdirector docente. Luego estuve 16 años de director y traté de ser todo lo justo que pude. Si un alumno tenía la razón, un profesor no me podía presionar para que lo sancionara o lo dejara sin pase.

“El tiempo que dirigí Los Camilitos fue el mejor de mi vida. Nunca me sentí tan realizado como entonces”.

Y no es para menos, pues la institución educativa resultó ser la mejor de su tipo en el país durante cinco años consecutivos y Ferrer recibió, a través del periódico Granma, una felicitación del General de Ejército Raúl Castro, ministro de las FAR, también un vehículo automotor y la elección como delegado a la conferencia del PCC del Ejército y al II Congreso del Partido.

Pero lo que más le satisface es el número creciente de egresados cuya formación y calidad es indiscutible. Habla Ferrer con orgullo de sus alumnos y pone ejemplos, entre ellos cita a Pedro Díaz Jiménez, General de Brigada y actual jefe militar de la provincia.

AVENTURA EN GANGASOL

“En 1982 me enviaron a Luanda, Angola, como jefe de la residencia del presidente en Futungo de Belas. Eso era una vega con unas edificaciones tremendas. Si me hubieran dejado fijo allí, creo que no habría vuelto para Cuba”, bromea. “Imagínate, yo soy un negro subdesarrollado, a mí lo que me gusta es la paleta y allá tenía aire acondicionado para dormir. Nunca antes viví tan bien.

“Un sábado en la mañana me pasaron un telefonema: ‘Preséntese listo para cumplir misión’. Me dieron la tarea de pasar a la lucha contra bandidos como jefe de un regimiento en Gangasol, jurisdicción de Malanje.

“Tenía bajo mi responsabilidad a 83 cubanos y a 1 600 angolanos. A estos últimos tuvimos que entrenarlos en el tiro al blanco y otros ejercicios propios de la guerra.

“Intenté por todos los medios hacerme amigo del soba, líder de la comuna. Le obsequiaba cigarros y comestibles a fin de ganar su confianza y que me avisara en caso de que la Unita se acercara a nuestro campamento.

“Los habitantes de la zona vivían en pequeños quimbos. Los hombres se quedaban en casa, pegados al pico de una botella de coporoto –bebida típica angoleña– mientras sus mujeres doblaban el lomo en el campo. Era cosa rara de entender para nosotros.

“Cerca de allí vivía un maestro con su mujer jovencita y con la tía de esta. Se decía que el maestro dormía con ambas.

“Un día me acerqué a la muchacha y le propuse, en mi mejor portugués, que me lavara la ropa. Yo le pagaría el servicio y le daría además el sabonete (jabón).

- No hay problema, pero tengo que consultarlo con mi marido, me dijo.

- Pero cómo, si él no es quien me va a lavar a mí, eres tú, objeté, a lo que ella respondió:

- Nada puedo hacer sin que mi marido lo autorice, porque él me compró.

“Se me erizó la piel al escucharla. Las mujeres más serias y fieles eran esas que habían sido compradas. En caso de que engañaran a sus maridos, sus familiares debían devolver todo lo que les fue dado a cambio de ellas, por ejemplo: una yunta de buey y un galón de coporoto.

“Otra cosa curiosa era cómo celebraban los entierros. El muerto ahí y la gente bailando a su alrededor. Fulano traía un saco de maíz, Mengano un ternero, Ciclano un puerco; y se la pasaban festejando tres días con sus noches.

“Quisiera que vieras como comían mondongo. A veces comprábamos una novilla para la tropa y ellos fácil nos canjeaban un cerdo de 200 libras por las tripas de la novilla”.

A su regreso a Cuba fue nombrado segundo jefe del departamento militar del Partido, luego jefe del Estado Mayor de la retaguardia en la provincia y por último jefe de la dirección provincial de Atención a Combatientes. A lo largo de su carrera militar mereció los grados de teniente coronel de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

En su trayectoria como militar, en reconocimiento a su conducta, le fueron impuestas 26 medallas y condecoraciones de diferentes tipos, 22 de ellas otorgadas por el Consejo de Estado las otras entregadas por organismo como el Ministerio de Educación, entre otros.

“Estudié Derecho también y ahora me desempeño como asesor jurídico de esta Empresa. Nunca hasta ahora me han dado regular en un control. A las siete de la mañana puedes verme en mi puesto, listo para pinchar”, advierte divertido y serio a la vez. Julio es campechano por naturaleza, afable en su trato con los demás y muy cubano.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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